ESPECTACULOS

En libertad contra lo mediocre y los prejuicios

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Foto:Gza. Sebastian Rojas
En el Maipo, convertido en una suerte de cabaret donde amarrar miedos y desilusiones, The Hole (El agujero) es una invitación a liberarse sólo por el gozo de dejarse llevar.
 Arriba del escenario abre la puerta Moria Casán y ahí todo puede suceder. Desde ver a la madama con nombre alemán, los mayordomos, el “pony loco” en desesperado raid por encontrar sexo, hasta el ratón Cristóbal, el “nuevo amor” de la diva. Como reza Peter Brook, “si estás en una isla desierta, recuerda sólo dos palabras. ¡Estás ahí!”. Y así, El agujero se transforma en un pasaje hacia un mundo onírico, creado con maestría desde el diseño de escenografía, el vestuario y las luces que acompañan con sentido el rechazo a lo mediocre, a los tabués de la sexualidad y a la discriminación, para aceptar amar a quien te toque el corazón, así sea Cristóbal. No se trata de una obra convencional, sino que mezcla varieté, music-hall, extraordinarias contorsionistas (las “supernenas”, Mariana Limeres y Natali Rucker), trapecistas y números circenses, sumando el ingrediente de desnudos masculinos y femeninos. El espectáculo ha dado la vuelta al mundo, siempre con éxito, y se entiende por la propuesta innovadora en la que cada detalle se siente trabajado y pulido. Moria no desilusiona y en sus diferentes y picantes monólogos –en algunos hace intervenir al público– destila todas sus posturas sobre el medio artístico, los enemigos y amigos, y su particular forma de ver la vida.
Apunta en el conmovedor alegato final acerca de la necesidad de que, para ser feliz, hay que abrir todos los agujeros (hole) sin prejuicios a lo largo del tiempo vivido en el “mundo real”. El sorprendente final la lleva a las alturas: sostenida por arneses, la anfitriona sobrevuela sobre los espectadores demostrando
que siempre está un poco más allá de todos. The Hole va por el camino de la transgresión y logra un espectáculo con gran espíritu de placer.
Hay circo, cabaret, baile y Moria, siempre Moria, contabilizando todo lo bueno y lo malo que le pase. La calidad de esta experiencia nos hace salir de la sala más livianos. Casi en el aire. Son dos horas en un mundo feliz.

Marita Otero