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Game of Thrones: La serie que se transformó en un reality

Tras muertes sorpresivas, sólo queda un personaje que busca conquistar el Trono de Hierro.

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Foto:Cedoc

Muertes, humillaciones, castigos y más muertes. Así finalizó la quinta temporada de Game of Thrones, con un capítulo que en Estados Unidos alcanzaron a ver 8,1 millones de personas –récord histórico para la serie, que superó la marca anterior de 7,99 millones con el capítulo inicial de la misma temporada–.

Una audiencia masiva –mucho más si se toma en cuenta que estuvo disponible sólo para clientes premium del servicio de televisión por cable– que vio cómo un derrotado Stannis Baratheon era (¡al fin!) ejecutado por Brienne de Tarth, cómo la despiadada Cersei Lannister era obligada a pasear desnuda delante de la población de Desembarco del Rey que aprovechaba para insultarla, cómo Arya Stark quedaba ciega luego de haber matado a alguien por venganza y cómo Jon Snow era ejecutado, “a la” Julio César, por sus rivales dentro de la Guardia de la Noche.

Es decir: pasaron cosas, muchas, y los fanáticos de la serie en todo el mundo no tardaron en volcar a las redes sociales sus muestras de júbilo o de furia ante los últimos acontecimientos. Y es que ya comienza a transformarse en una tradición que en cada final de temporada –o en el penúltimo capítulo de cada año– haya algún baño de sangre que tienda a modificar el statu quo del mundo imaginario creado por George R.R. Martin.

Y, en esa expectativa cada vez más concentrada, la serie, casi sin desearlo, comienza a parecerse demasiado a un reality show. Con mejores decorados y motivaciones más inteligentes que los vegetales que habitan el Gran Hermano, el mecanismo resulta similar: “¿quién abandonará la casa?” es reemplazada por “¿quién se morirá sorpresivamente?”.

Quizás, entonces, el punto más fuerte de Game of Thrones termine por ser su eslabón más débil. Si en la primera temporada, con un golpe maestro, Ned Stark, a quien todos considerábamos protagonista de la serie, moría ejecutado en una plaza pública –y no para aparecer luego como fantasma sino para ser borrado definitivamente–, era la clave para que el espectador comprendiese que cualquiera podía morir y agregar un elemento de tensión constante –similar a lo que se había intentado hacer en Lost, donde en el guión original del primer capítulo Jack moría y luego lo cambiaron–.

El problema, sin embargo, es que la tensión por dilucidar quién se morirá termina por barrer con algo indudablemente más importante, que es la historia y su lógica. Las muertes decretadas por George R.R. Martin resultan sorpresivas, sí, pero justamente no se las espera porque ocurren en cualquier momento, cuando los personajes aún no terminaron de desarrollarse. O, dicho de otro modo, son muertes que suceden por causas que se conocían hace demasiado tiempo –la venta del alma a la magia oscura por parte de Stannis, optar por ir contra la corriente entre sus colegas en el caso de Jon Snow–. Entonces, si las causas ya existían, ¿por qué no murieron antes? ¿Por qué esperar? La respuesta se acerca peligrosamente a: caprichos del autor.

Tan centrales son estas muertes sorpresivas que, a esta altura, sólo queda un personaje que sigue en su consciente y planificada –e improvisada– búsqueda por conquistar el Trono de Hierro: Daenerys Targaryen, con su nuevo asesor político estrella, Tyrion Lannister, bastante más eficiente que Duran Barba. El resto por ahí anda, en medio de venganzas y temores, intentando esquivar el decreto del autor de una muerte sorpresiva.

Este último final de temporada tiene un condimento especial: finaliza donde culminan los libros originales publicados. Es decir: a partir del próximo año se verá en la pantalla chica –si se paga el abono extra de HBO o se opta por la descarga ilegal por internet– lo que George R.R. Martin aún no ha publicado pero ya coordinó con los productores de la serie. Es decir: si antes quienes habían leído los libros solían ser un peligro para los vírgenes de la lectura porque les podían adelantar quiénes morían, a partir de ahora todo será pura emoción. O sea: más muertes sorpresivas.



Diego Grillo Trubba