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Imaginar, diseñar, pensar y soñar un teatro público

Una vez que acepté el compromiso de asumir la dirección general y artística de nuestro único Teatro Nacional –el Cervantes–, encaré de lleno el desafío de pensar el teatro.

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Una vez que acepté el compromiso de asumir la dirección general y artística de nuestro único Teatro Nacional –el Cervantes–, encaré de lleno el desafío de pensar el teatro. Pensarlo en todas sus complejidades. Pensarlo como edificio y como límite, como caja de resonancia, como punto de referencia, como un lugar de pertenencia de la comunidad teatral, como un foro de reflexión, como un espacio de formación de nuevos públicos. Un lugar donde todo pueda ser dicho, un teatro que piense la ciudad en la que está emplazado, que piense el país en el que está construido. Volver a asumir el riesgo en lo público; que un espacio público sea eso: público (nada más sencillo, nada más complejo), caja de resonancia de lo que nos pasa, lo que nos duele, lo que nos ocupa, lo que nos preocupa, lo que nos conmueve. Un teatro que sintonice con estos tiempos, que dé cuenta de la trama social, que ponga a la comunidad frente a expresiones artísticas en las cuales reflejarse o negarse, un teatro que discuta los modelos dominantes. Sí: un teatro público que no vampirice la experiencia del teatro independiente ni replique la estructura de la producción comercial. Un teatro público que se haga cargo de su especificidad: el espacio para que los artistas puedan hacer lo suyo desde la experimentación, el desafío, el riesgo y el error.

Todo esto que hoy se articula en discurso y que deseamos sea acción a partir de enero del año próximo no hubiera sido posible sin la colaboración de Ariel Farace, Carlos Gamerro, Gabriela Massuh, Oria Puppo y Rubén Szuchmacher. Ellos y yo, juntos, estamos pensando el Teatro Nacional Cervantes en todos los frentes posibles. Desde hace ya varios meses, estamos diseñando las bases de lo que queremos sea la futura gestión.

Y paralelamente a este proceso de pensar nuestro teatro nacional, tuve el privilegio de trabajar con Marilú Marini en el montaje de Todas las canciones de amor de Santiago Loza, espectáculo que estrenamos hace sólo algunas semanas en la sala Pablo Picasso del Paseo La Plaza, de la Ciudad de Buenos Aires. Y este hecho no fue menor a la hora de acompañar este período de imaginar, diseñar, pensar y soñar (por qué no) un teatro público. Trabajar con Marilú obliga –de manera gentil pero inexorable– a ser honesto en la tarea. Y no es una mera fórmula: es un viaje extraordinario que uno hace junto a Marilú. La honestidad con que Marilú encara su tarea es ejemplar, y el milagro de la escena no podría ocurrir si uno, como director, no acompañara esa decisión a cada momento. Marilú va a ciegas, sabiendo que el territorio a explorar puede ser peligroso, y en ese abismo uno se aventura con ella, haciendo las veces de guía y, muchas veces, dejándose guiar por la incertidumbre, el miedo al fracaso y la fragilidad de lo que se va, lentamente, armando. La obra, entonces, se despliega con todos sus horrores y todas sus maravillas. Los ensayos son el territorio inexplorado: siempre. Marilú Marini se sumerge en el silencio y el misterio: tiene el poder del alquimista; logra aquello que el mismo Loza dice en su texto: “Lo insignificante unido a otro insignificante crean, finalmente, este esplendor”.

Acompañar este proceso de creación, ser parte de todo el equipo que gestó Todas las canciones de amor (Marilú Marini, Oria Puppo, Diego Penelas, Ignacio Monná, Omar Possemato, Ernesto Donegana, Martina Nosetto, María Belén Buda, Diego Pando, Ariel Stolier y Pablo Kompel) fue, es y sigue siendo el espacio perfecto para acompañar esta transición en la dirección del Cervantes (gracias plenas también a Rubens Correa, Claudio Gallardou y todo el equipo del Cervantes, que permite día a día que el trabajo sea un territorio habitable y confiable). Llevar adelante, conducir la labor creativa de esta obra de Loza y acompañar su despliegue diario frente al público fue y sigue siendo modélico para pensar y conducir la tarea de dirigir el Cervantes: aventurarse en lo por venir sabiendo que, con honestidad y trabajo, el resultado no puede sino ser feliz para todos lo que creemos que un nuevo espacio de pertenencia es posible.

*Director teatral y autor. Director general y artístico del Teatro Nacional Cervantes a partir de enero de 2017. Dirige a Marilú Marini en Todas las canciones de amor, de Santiago Loza, en el Paseo La Plaza.

Alejandro Tantanian