ESPECTACULOS CARLOS LOPEZ PUCCIO / LES LUTHIERS

“La política fue tomando un tono épico-bélico”

Integrante del exitoso grupo, que triunfa en la actual temporada porteña, habla de la competencia, se diferencia del humor popular, critica el uso de las malas palabras, advierte sobre la exposición de los humoristas y señala lo que sucedió con Charlie Hebdo como síntoma de la actualidad.

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Foto:Claudio Divella
Les Luthiers son un clásico que ni siquiera parece necesitar renovaciones para mantener la fidelidad de sus seguidores. Y eso queda confirmado en la exitosa nueva temporada –repite la de 2014– de su espectáculo Viejos hazmerreíres, en el Teatro Gran Rex, los sábados y domingos. Carlos López Puccio, uno de sus emblemáticos integrantes, hace de vocero del grupo que comparte con Daniel Rabinovich –ahora reemplazado, por problemas de salud, por Tato Turano y Martín O’Connor–, Marcos Mundstock, Carlos Núñez Cortés y Jorge Maronna. Sobre el reiterado uso de materiales creados años y décadas atrás, hace despertar una sonrisa en el autoelogio: “Cuesta un montón armar un nuevo espectáculo. Además, hay mucha gente que todavía quiere ver Viejos hazmerreíres, es un show espectacular”. La fina ironía propia reaparece cuando la pregunta va a la experiencia de 2014, al reunirse en el Colón, con Argerich y Barenboim: “Fue genial. Fue muy importante para ellos. Me han dicho que él ahora está haciendo carrera en Europa”.
—¿Qué cambió a lo largo de las décadas en el grupo?
—Que fuimos aprendiendo, fuimos juntando algo así como sabiduría para desempeñar mejor un oficio que –curiosamente– había que inventar a medida que avanzábamos. Cuando empezamos, no sabíamos muy bien hacia dónde iría Les Luthiers. Luego, a medida que probábamos y experimentábamos y nuestro público creció y aumentó su devolución, fuimos descubriendo leyes, normas, técnicas, maneras, caminos. Eso nos sirvió para mejorar el producto. Creo que ahora lo hacemos mucho mejor que antes y que nuestros espectáculos fueron mejorando con los años.
—¿Estudian qué clase de público es el que consume las propuestas de Les Luthiers?
—Ya no. Lo hicimos muy poco en una época lejana, para tratar de encaminar mejor nuestros pasos. Fue con sociólogo y todo, en los ochenta. Luego cobramos coraje y nos dejamos guiar por la intuición y la experiencia creciente que nos iba dando el enfrentarnos a diario con el público.
—¿Se identifican con el humor popular? ¿El de Olmedo?
—El humor de Les Luthiers funciona en una frecuencia diferente que la de ese humor popular, hasta te diría que en sentido inverso. Un humorista “popular” como Olmedo parte de lo conocido, de lo que está de antemano en la cultura del oyente, y se mete afectivamente en la gente. Su temática es popular desde el inicio. Así deja, en el mejor de los casos, un recuerdo cálido, entrañable. A nosotros nos emociona más que el público recoja ideas nuestras y que esas ideas calen de a poco y se vayan convirtiendo en “populares” sin haberlo sido antes. Por su contenido más que por su carga afectiva. Pienso en tantos casos, como por ejemplo “el que piensa pierde” o el Cabo Anastasio López (secretario de Cultura) o “perdimos otra vez” o “Cultura para todos”… en su horario habitual de las 2 de la madrugada. Muchos de nuestros chistes-ideas han pasado lentamente a formar parte de lo cotidiano de la gente, y eso nos llena de orgullo. Para mí, el gran humorista popular nacional, no superado, es Landriscina, un excelente narrador que siempre utiliza materiales nobilísimos.
—¿Qué pesa más en sus espectáculos: los textos o la música?
—Les Luthiers sería poco atractivo si los espectáculos no incluyeran el humor. Como show de sólo música seríamos un fracaso. Pero al mezclarlas, las dos vertientes se armonizan y se potencian. Siempre sentimos que si Les Luthiers no fue un grupo más, si se destacó de entre los muchos conjuntos de Café Concert o del Di Tella de los ’60 y ’70 (musicales o humorísticos), fue justamente por esa balanceada combinación de los dos elementos, música y humor. Son ingredientes imprescindibles e inseparables para definir nuestro género propio. Los instrumentos, conservaron  la alegoría del concierto académico, en la imagen simbólica representada por esos raros instrumentos, que son una parodia dentro de la parodia mayor.
—¿Tuvieron censura alguna vez? ¿Se autocensuraron?
—¡Claro! Un ejemplo obvio de autocensura: durante el Proceso, un chiste podía ser hasta riesgoso para la vida. Creo que la mayoría de los argentinos ejercimos en mayor o menor medida la autocensura durante esos años terribles. Pero, obviamente, los humoristas estamos algo más expuestos, porque los objetos de burla o los temas que elegimos, a veces, pueden ser considerados –con otra mirada– sacros, intocables, venerables, revolucionarios, etc., etc. Salvando las distancias, basta acordarse dolorosamente de Charlie Hebdo. Censura explícita, o por lo menos control estatal, sufrimos en nuestro primer viaje a España en el ’74: todavía vivía Franco. Nos exigieron de antemano el libreto de lo que presentaríamos en Madrid. Pero luego, durante esa primera gira, los censores no vinieron a controlar: tuvimos tan poco público, que nos habríamos dado cuenta de que había gente en la sala.
—¿Qué gobierno argentino se prestó para el humor?
—Seguro que los militares, no. Esa sería una buena pregunta para Tato Bores, no para nosotros que jamás hicimos humor con el gobierno de turno. Pero volviendo a la pregunta, creo que Menem fue el único presidente que comió con Tato Bores en cámara, no una, sino varias veces y participaba de la charla con libreto convenido y todo.
—¿Por qué últimamente faltó tanto el humor político, un clásico del humor argentino?
—Creo que una importante razón es el peligroso tono épico-bélico que fue adoptando la política en Argentina. Hoy, cuando los partidarios políticos de alguien se autodenominan “soldados de...”, siento un miedito parecido –aunque en una medida mucho menor– al que sentía en el Proceso. Uno hace humor para la gente, no para los soldados. Ya sabemos que los soldados son temibles, que empuñan armas (del tipo que sea) y hacen prevalecer sus ideales por la fuerza.

Analía Melgar