ESPECTACULOS DOLORES FONZI - SANTIAGO MITRE

La violencia de género, en jaque

Son pareja y se conocieron rodando La patota, la remake de la película de Daniel Tinayre con Mirtha Legrand acerca de una mujer violada por un grupo de hombres. La actriz cuenta que el miércoles, en los garages del centro, le decían “si vas a la marcha, acá no hay lugar”.

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Foto:Enrique M. Abbate
Faltan sólo un par de semanas para su estreno, pero La patota, remake del film protagonizado por Mirtha Legrand y dirigido por Daniel Tinayre, hace rato que está haciendo ruido. La historia de una joven abogada que, contra la voluntad de su padre, vuelve a Formosa para dar clases de Política en una escuela suburbana y es violada por un grupo de hombres viene de quedarse con los premios de la Semana de la Crítica en Cannes y el Fipresci, y ya fue vendida a Francia, España, Brasil y Grecia, entre otros países. La nueva versión, comandada por Santiago Mitre y Dolores Fonzi, tiene muchos puntos en común con la de 1960. Además de que (como Legrand-Tinayre) ambos son pareja en la vida real, Mitre afirma que “la gente que tiene muy presentes ambas películas dice que hay más relación entre los trabajos de la que yo creía, porque vi la original solamente una vez”. Fonzi agrega que, en su caso, “Santiago no quería que la mirara antes de filmar, sólo miré algunas cositas. Hace tres días la vi por primera vez y debo admitir que, desde entonces, siento que creció la película. Sí, es una remake”.
—¿Tampoco hablaste con Mirtha Legrand?
FONZI: No hablé nunca con ella antes de grabar, lo hice ahora. Mirtha le dejó un mensaje muy emotivo a Santiago y yo la llamé. Fue divina, está súper contenta con el personaje. Me mató, estaba muy emocionada. Está muy contenta, porque para ella también es la película que produce su nieto, la misma que rodó su marido…
—¿Es lo mismo filmar una remake que un material completamente tuyo?
MITRE: Igual no es, pero a la película la siento como una mía. Tuve libertad para desarrollar las cosas que quería de la manera que quería. Es cierto que el origen es diferente, yo venía de trabajar en una estructura de cine artesanal y esta es de forma industrial y eso impone condicionamientos. La verdad es que con Mariano Llinás, el coguionista, trabajamos intentando olvidar el origen de la película, obligándonos a tener la mayor libertad posible.
—¿Cómo fue la experiencia en Cannes?
M: Ideal en todo sentido. Fuimos con mucha expectativa y miedo, porque era la primera vez que se pasaba la película en público y en el contexto del festival más importante del mundo, donde están las películas de los mejores directores del planeta. La patota es una propuesta particular, pero nos dimos cuenta de que funcionaba muy bien y además se dio esa cosa fortuita de ganar premios.
—¿Deseás proyectar tu carrera internacionalmente?
F: Sí. Una como actriz es imposible que no piense en hacer películas en todo el mundo o trabajar con los directores que admirás de otros lugares. No iría a buscar los papeles, sino que los papeles debieran venir en base a lo que ya soy. Si porque hice La patota viene un director y me ofrece algo que tiene que ver conmigo, lo haría. Las fronteras se rompen, pero tampoco me permitiría viajar mucho porque mi vida está acá. Todo lo que quede bien en mi agenda y en la de mis hijos, me gustaría.
—La temática de la película es fuerte y de mucha actualidad. ¿De qué manera se vive contar este tipo de historias?
F: La patota trae un debate que ya no debiera existir: una mujer debe ser libre de elegir su camino. La patota es necesaria, revolucionaria e imperdible, y a la vez cae en un momento justo donde se están replanteando estructuras ancestrales que ya no van más, que ponen en desequilibrio a la sociedad. Todo lo que hable de eso está bien.
M: Es una gran responsabilidad tocar estos temas. Nosotros trabajamos e investigamos como para que el tema no se abordase de mala manera. El punto es que trabajo desde una perspectiva cinematográfica y mi objetivo principal es que sea una buena película, además de que genere consciencia y debates.
—Natalia Oreiro también protagoniza una ficción donde su personaje sufre una violación y afirmó que cualquier mujer tuvo miedo de que algo así le sucediera. ¿Coincidís?
F: Claro. Estamos tan acostumbradas a lidiar con eso que capaz que no nos damos cuenta que estamos con esa tensión ahí. Todavía es un desastre todo. El miércoles fui a la marcha y quise dejar el auto en un estacionamiento y un tipo me pregunta: “¿Vas a la marcha?”, cuando le respondo que sí, me contesta: “Entonces no hay lugar”. A la siguiente cuadra, voy a otro garaje y ante la misma pregunta digo que no iba a marchar. En ese me dejaron estacionar, y antes de irme me dicen: “No sé por qué no se van a hacer una marcha al cementerio de Chacarita”. Lo cuento y me da piel de gallina. Una violencia contenida que aparece cuando las cosas salen de debajo de la alfombra.
—Pasaste de dirigir “El Estudiante”, sin apoyo del Incaa, a una que contó con otro presupuesto. ¿Qué diferencias encontrás entre uno y otro?
M: El estudiante no tuvo los beneficios del Incaa porque perdimos un concurso, no porque nosotros no quisimos apoyo. Ellos no quisieron, de modo lícito, y padecimos la previa, y todo el tiempo estábamos en riesgo de no poder pagar la película. En cambio, este proyecto nació de manera particular porque casi que me llegó como un encargo. Ya en la propuesta inicial estaba incluida una idea de producción que yo acepté y quise planteármelo como un desafío. El rodaje lo vivimos muy bien, con la misma gente que trabajó en El estudiante. Tengo una responsabilidad de público enorme, que me genera mucha presión como director.
F: El estudiante la vi en un avión. Cuando se lo dije casi se muere. Yo no vivía acá y me habían hablado mucho de la película, así que cuando tuve la primera oportunidad la vi en una pantalla chiquita, pero me encantó. Si me parece buena en el avión es que es muy buena. En La patota se puede ver otro despliegue, planos y locaciones, pero lo que tienen ambas películas es que Santiago es un bocho, un talento, hay alguien pensando lo que se dice en un guión brillante. Las películas a veces pecan de no decir mucho, acá se habla todo. Mi personaje fue lo más difícil que hice en mi vida.
—Estás grabando “La leona” con Nancy Dupláa y Pablo Echarri, para televisión. ¿Por qué volviste a hacer una tira?
F: Siento que tengo energía expansiva. Tuve un momento más introspectivo de crianza y hacer peliculitas, y a partir del año pasado todo se ordenó de una manera en la que siento que tengo ganas de expandir. Pero sucede naturalmente. Entonces, estoy grabando una tira, filmé La patota y Truman (del catalán Cesc Gay, que estrena en septiembre), con Ricardo Darín en España. Todo me divierte. Me cuesta administrar el tiempo, pero estoy muy contenta.

Alfredo Mera