ESPECTACULOS FENOMENO TEATRAL

Los límites de un gesto

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Foto:Gza.Vivian Porras

Y  si lo político hoy consistiese en multiplicar alternativas para crear otros modos de estar juntos? ¿Y si ya no se tratase de decir cosas importantes y lo importante fuese encarnar lo que nos inquieta sin representarlo? ¿Y si esto no fuese una tarea exclusiva del arte? ¿Si lo artístico fuese una matriz vital que permitiese des(cubrir) una manera de estar en el mundo?
Teníamos mucho miedo de hacer teatro por las mañanas, de hacerlo en una pequeña sala periférica sin un aparato publicitario que comunique nuestra acción. De hacerlo con una obra croata que a priori, sólo podía parecer una elección exótica. Mirarnos a los ojos y revisar nuestro deseo fue lo que funcionó como única condición para enfrentar el desamparo y abrazar un proyecto.
Vivimos en el desamparo, no nos acostumbramos a la intemperie y la convertimos en nuestra fortaleza. El Estado carente de algún tipo de plan que sepa darnos marco para desarrollar una labor creativa se limita a subsidiar de modo asistencialista la realización de una actividad que necesita de ese dinero pero mucho más aún de alguien que la piense en su potencia. No estamos pensados más que como un atractivo gourmet para el disfrute de un grupete social nauseabundo. En el mejor de los casos somos la experiencia sensible un único sector… el mismo al que pertenecemos la mayoría de los artistas de teatro que gozamos de cierto reconocimiento. Aquellos cuya situación social es más apremiante, en líneas generales, no tienen acceso a nuestra producción ni a producir. ¿Y somos los artistas quienes deberíamos ocuparnos del diseño de políticas sociales inclusivas? ¿No se le paga a todo un grupo de funcionarios que tendrían que trabajar para tal fin? Luego, suponiendo que haya alguna gente queriendo “hacer bien las cosas”, ¿qué pueden articular para incluir a ese otro que vive al margen de muchas de las necesidades básicas y –de entre ellas– la del acceso a la producción artística? ¿Qué pueden hacer si –por ejemplo– un teatro que disfruta una minoría absolutamente privilegiada se lleva el más alto presupuesto de cultura de toda una ciudad? El sentido común o la ingenuidad indicaría que el mayor caudal de recursos que tiene el Estado tendría que atender a los sectores más desfavorecidos. Claro que la solución no es privatizar el Colón y que Buenos Aires pierda un patrimonio de todos. Lo grave es que esa realidad no sea un síntoma de nada. No produzca siquiera una vergüenza infinita.
A la luz de este estado de las cosas, el “éxito” de nuestro gesto y de cualquier otro gesto de nuestro sector tiene un alcance reducido: nuestra felicidad tiene el límite de la realidad. No obstante no dejamos de inventarnos porque en esta pequeña grieta del barrio de Balvanera convidamos la posibilidad de respirar una pequeña brisa. Sucede un movimiento leve con el que correrse de la asfixia. La estetización de la política, la imposición de lógicas de mercado a la producción artística… nos marcan un rumbo: no podemos encontrarnos para reproducir esas prácticas abyectas. Emerge una afirmación vital cuando reconociendo ese “estar fingiendo” nos convocamos a crear un tiempo y un espacio para que tenga lugar un “estar sincero”. El nuestro es el caso donde la diferencia boceta otros posibles. Jugamos en un campo minado de contradicciones, que a veces, nos ganan la partida. No nos hemos convertido en los dueños de ninguna verdad, sólo nos toma enteros una sensación ligada al ejercicio de lo amoroso circulando en los lazos. Y más que la impresión de protagonizar una respuesta, nuestra resistencia consiste en convidar una poesía física.
Denunciamos que tenemos límites para la expansión de nuestra alegría, de nuestra fiesta y que nuestro límite no nos lo pone un enemigo tangible, nuestro límite nos los pone una trama siniestra de la que somos parte. Eso sí, en dicha trama hay posiciones de poder que rotan sus lugares para tornarse inasibles, hegemonías cuya militancia en la aniquilación de la fiesta opera invisible para convencernos de que esto es una mera casualidad. Ellos quieren ser la fiesta, pero sepamos que esa fiesta es un disfraz cínico de lo thanático.
Hecha la denuncia, volvamos a la fiesta y a lo que anuncia en sus ganas de ir por más: nos puede ir mejor si nos va mejor a todos. A todos siendo ese “todos” el conjunto de las diferencias puestas a producir desde su irreductible tensión.
A producir alternativas conectados con que lo existente no nos satisface.
Sí, nos podría ir mejor.

Guillermo Cacace es director y docente teatral. Dirige Mi hijo sólo camina un poco más lento, de Ivor Martinic, los sábados a las 14 y 16.30, y los domingos a las 11.30 y 14, en su sala teatral Apacheta, Pasco 623.



Guillermo Cacace