ESPECTACULOS HISTORIA DE UN CLAN

Los Puccio | El grupo de mano de obra desocupada

A diferencia del film de Trapero, la serie de Ortega muestra la relación íntima entre Arquímedes y ex integrantes de la dictadura. Awada, Cedrón, Gustavo Garzón y Tristán explican cómo es explorar ese mundo tétrico.

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Foto:Cedoc

Que un muy buen debut el de Historia de un clan. No sólo por los 16,2 puntos que promedió el miércoles o por haber derrotado cómodamente al Signos de Julio Chávez (quien, curiosamente, rechazó encarnar a Arquímedes Puccio en la miniserie), sino porque mostró que se le podía dar una vuelta de tuerca al retrato familiar de la película de Pablo Trapero. Es probable que el éxito del film protagonizado por Guillermo Francella (lleva hasta el momento casi 2,2 millones de espectadores) le haya atraído televidentes, como también que el público encuentre rápidamente las diferencias, y una de las más visibles es la banda de secuestradores que conforman Alejandro Awada, Gustavo Garzón, Pablo Cedrón y Tristán, en un registro que en 55 años de carrera todavía no había probado.

Hago el mismo personaje que Francella, pero no es lo mismo. Me enriquece lo que hizo Guillermo, pero son trabajos muy distintos. No hay modo de comparar la película con la miniserie. Son formatos, directores, actores y guionistas distintos. Una hora y media versus once… no hay punto de comparación. Entiendo que se alimentan mutuamente, porque el tema está recontra instalado”, explica Awada sobre la ficción que emite Telefe con producción de Underground y el Incaa.

—¿Cuánto de lo que pasó en la vida real le pusieron a los personajes?
AWADA: Leí todo lo que pude en relación a Arquímedes, tanto reportajes como parte del expediente. Vi entrevistas, pregunté bastante. El punto de partida es lo que se conoce de este señor, pero después hay que comenzar a indagar en los mundos internos de alguien con unas características cercanas a la psicopatía y el sadismo. Entiendo que era un hombre muy inteligente que se dedicaba a hacer lo que hacía y al mismo tiempo, se vendía como un ser encantador, expresión que se dedicó a mantener hasta el último día de su vida.

TRISTAN: Es un cambio dentro de mi carrera. Era una asignatura pendiente y se lo agradezco a mis compañeros. Fueron todos muy generosos conmigo. Alejandro me dio una mano grande, me guió por momentos. Es que hacer a un coronel… (ríe) Ni la colimba hice. Me corté el cabello al estilo militar y traté de hablar como creo que lo hacen. Me metí en lo que creo que es un coronel. Creo que mi papel va a andar bien.

CEDRON: No sabía demasiado, pero claro que había oído sobre la historia. Preferí leer sólo los guiones del programa, nada sobre la vida real. No busqué detalle, tampoco referencias en la película. Rara vez veo cine argentino. Bueno, últimamente no veo ningún cine.

GARZON: No trabajo con ese método. Si algo no parezco es un secuestrador asesino, así que tuve que hacer un trabajo para creérmelo primero y después para que la gente también lo crea. Físicamente parezco más un gerente de banco que un secuestrador (ríe).

—¿Creen que ese clima de humor que maneja la banda antes de planear lo trágico fue así en la vida real?  
A: Habrá sido así. Ahí tenés el talento de Luis Ortega… De estar comiendo una picada con un vaso de vino, haciendo los chistes más bajos y conversando de fútbol, a planear quién sería la próxima víctima... Contar con la protección de un teniente coronel como socio les daba una impunidad importante. La miniserie arranca en 1982, pero se comenta que Arquímedes había tenido participación en secuestros que no figuran en la causa, pero que arrancarían en 1973. Imaginate el grado de protección que podía tener en esa Argentina terrible.

C: Lo interesante de estos personajes es un poco eso, aunque creo que hace mucho que lo venimos viendo. Ya desde Tarantino que se muestra que están esperando para liquidar a alguno mientras hablan de cualquier otra cosa. Recuerdo un poema de Borges que decía: “Decimos / porque la realidad es mayor / cosas indiferentes”... Estamos todos hechos de cosas mundanas.

—¿Se puede trazar un paralelo entre las bandas de secuestradores formadas por mano de obra desocupada de la SIDE y el Ejército, con las que pueden existir hoy?
G: No soy un especialista en la materia. Para mí, estos son delincuentes comunes. Esta historia podría haber pasado en cualquier época. Son unos psicóticos, enfermos de poder y locura, energúmenos que secuestran y matan gente. No es una cuestión política, son asesinos patológicos. ¿O no hay secuestradores ahora?  

T: Son momentos totalmente distintos. Hoy parece más al boleo. En esa época era todo más planificado, sabían mejor a quién y por qué. Un tipo retorcido como Puccio era capaz de secuestrar y matar a un amigo de su hijo. Nada le importó. Yo gracias a Dios ni en la dictadura, época en la cual trabajé, ni en democracia tuve un hecho que me haya llevado a un miedo como el vivían la víctimas.

—Justamente, ¿hay un temor equiparable al que vivía esa sociedad, que veía paralizada los secuestros a plena luz del día?
A: Conocí el miedo varias veces, pero creo que ese pánico lo sentí siempre que fui apuntado por un revólver. Tener un arma en la cabeza es algo que viví dos o tres veces en robos y es algo que no puedo describir.   

G: Cuando me robaron en casa, me maniataron dos horas y me apuntaron con un arma en la cabeza, entendí lo que era el miedo. Antes de que supuestamente me fueran a matar, pensé que me iba a morir de un ataque al corazón. Es horrible estar amenazado, que el otro en cualquier momento pueda violar a tu mujer o a vos mismo… Todo es posible cuando alguien te está amenazando con un arma.

—¿Alguna vez dispararon un arma?
C: Fui cazador muchos años, me gustan las armas, pero no tiene nada que ver con esto. Anduve mucho en el campo, donde la gente anda con armas encima y no para cacería, lugares muy alejados donde se roban caballos, pero tampoco es lo mismo. Obviamente, esto es mucho más siniestro, aunque como actor no tengo prejuicios. Antes los actores creían que había poner cara de lo que ellos sentían que eran malos, y lo más atroz es que los malos son iguales que cualquiera.

G: Le tengo un gran rechazo a las armas. Hice el Servicio Militar en el ‘76. Cuando entré nos pusieron en dos filas: de un lado los que sabían tirar y del otro los que no. Los que sabían iban a formar los grupos de tareas, los que no, nos quedábamos en la oficina… A la noche volvían a las cuatro de la mañana los equipos de tareas, conscriptos que sabían tirar, que salían a la noche a secuestrar gente. De casualidad no fui un desaparecido o un secuestrador. Gracias a no saber tirar me salvé de cosas tremendas. Hoy tengo siete compañeros del Servicio Militar desaparecidos.



Alfredo Mera