ESPECTACULOS EL GENIO DE SHAKESPEARE

‘Macbeth’: un montaje acerca del poder

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Foto:Cedoc Perfil

Es posible que Macbeth sea la obra más política de Shakespeare, pero de lo que no cabe duda es de que es la más divertida, original y misteriosa. Tiene brujas, fantasmas, muertos que caminan, asesinatos, decapitaciones y traición. Pero si algo la hace perfecta es que todos estos oscuros atributos vienen de la mano de la pareja más ambiciosa e inescrupulosa que el teatro haya creado jamás.

Macbeth y su esposa son un perfecto artefacto político cuyo único alimento es una voraz ambición acumulativa de poder, sin otro proyecto que la autosatisfacción narcisista. El trono constituye para ellos la vacua aspiración de poseerlo per se, como plataforma de consagración hacia su beneficio material y su vidriera social. Dicho de otro modo: exactamente lo opuesto de lo que supone ser un “buen rey”, orientado a la paz interior, la concordia y el bien común, que lo hace merecedor del respetuoso cariño de todo su pueblo.

A estos impostores del poder no se los puede, a mi entender, analizar como individuos. Shakespeare ha creado un extraño organismo bifronte organizado morfológicamente como un ser dual; son una especie de siameses adheridos entre sí por un pegamento inviolable: la ambición de tenerlo todo. Y para conseguirlo utilizan la mentira como arma predilecta, perfeccionada y acompañada de una excelsa hipocresía en sus comportamientos públicos. “Mostremos el más grandioso espectáculo hipócrita de estas épocas: la máscara amable de un rostro falso, para ocultar lo que sabe un corazón falso”. Estas palabras salen de boca del propio Macbeth, recién convencido por su esposa para asaltar el poder y engañar a la opinión pública.

Juntos constituyen la fascinante creación de un genio, que supera a cualquier otra pareja del teatro shakespeareano, como una especie de “lado oscuro” de Romeo y Julieta. Son la manifestación de una corriente eléctrica de doble vía, que se mueve siempre hacia delante con la ceguera deslumbrante que les inyecta el poder. Jamás retroceden y, cuando uno vislumbra la menor duda, el otro lo espolea con la crudísima brutalidad de un idiota insensato. Y ese es otro aspecto que resulta fascinante, ya que son dos seres perfectamente brutos, frívolos y carentes de profundidad espiritual. El buen Hamlet, con sus escrúpulos éticos y su sensibilidad artística, sería atropellado por Macbeth en la cola de la caja del supermercado cayendo de bruces sobre la góndola de los lácteos, ante la sonrisa estúpidamente socarrona de la parejita real escocesa que le quita el lugar. No hay nobleza en Macbeth y su esposa; son demasiado parecidos a un goleador argentino en el fútbol italiano y su novia semiporno. Sólo que estos son inofensivos y de su banalidad no depende la suerte de sus conciudadanos.

Pero Shakespeare se reserva aun más sorpresas con estas dos artes casi sublimes, compone a esta pareja con rasgos de ambigüedad reveladores. Sus roles de hombre-mujer parecen intercambiarse con enorme funcionalidad y ellos fluyen de uno a otro con sorprendente versatilidad. Es otra de las brillantes percepciones de Shakespeare que no hacen más que ratificar, a mi entender, que más que una pareja de dos individuos se trata de un nuevo ser (una suerte de “organismo” hermafrodita) adaptado perfectamente a la única función de acumular poder. No veo siquiera en ellos el erotismo al que suele aludirse, ni placer sexual ni genitalidad, a mi modo de ver. Están erotizados por el lujo y el poder. Punto.

Y por último, el asunto de la soberbia. Se creen predestinados, invulnerables, intocables, dueños de toda razón y verdad. Aunque sus estrategias de mentira y simulación los convierten en cínicos sinvergüenzas más que en zonzos engreídos. Claro que hay que ser bastante bruto y peripatético para creer a pie juntillas como lo hace Macbeth, que sólo perderá el poder “cuando los árboles del bosque que rodea su castillo se acerquen caminando”. Un cóctel perfecto entre imbecilidad y soberbia (¿serán la misma cosa?), porque, como los hechos lo demuestran todo el tiempo, los árboles del bosque siempre terminan viniendo a paso indetenible, aunque el rey no pueda creerlo.

La reina de las brujas lo dice sin eufemismos: “Macbeth se burlará de la muerte y su ambición pasará por encima del saber, de la virtud y del miedo: el peor enemigo de los hombres es la confianza”. Pero avanzar ciegamente, a raja cincha, despreciando lo evidente, creyendo que no va a morir nunca, es la divisa que rige a la básica mente Macbeth. ¿Alguien puede dudar de la extraordinaria sabiduría dramática de Shakespeare? ¿No deberían algunos políticos leerlo un poco más concienzudamente?

Pero el verdadero asunto con Macbeth, al fin y al cabo, es de naturaleza artística: ¿qué significa montar esta obra hoy, en Buenos Aires, qué cuestiones de lenguaje escénico se ponen en juego, qué partido escenográfico, iluminación y vestuario tomar? ¿Qué cuestiones de posicionamiento o vanidades personales se juegan ante el medio y los estándares del mundillo cultural? ¿Cómo pararse frente a la historia de los miles de Macbeth que nos anteceden? En fin, dirigir Macbeth hoy es, se quiera o no, un hecho político cultural, de múltiples sobredeterminaciones que “ensucian” la tarea. E implica también lidiar con cierta desmesura artística y con complejos problemas específicos de lenguaje escénico. Brujas, diosas de inframundo que se dejan ver, fantasmas que llegan, se van y vuelven al ratito, dagas voladoras, bosques andantes, ejércitos invasores, niños asesinados en escena. La materialidad escénica que Shakespeare propone es complicada y muchos directores eligen el camino de los enormes dispositivos escénicos, las escenografías acromegálicas y una abundante tecnología aplicada a efectos especiales. Nunca tomaría ese camino. Creo firmemente en que tampoco era el plan de Shakespeare. Confío en que el camino para llegar al alma del espectador es el de la sencillez, la austeridad, la fe en el relato, en el arte de los actores y en la deslumbrante sabiduría escénica del autor teatral más popular y entretenido de la historia.

El viejo zorro inglés acaba de cumplir 450 años. Si miramos alrededor, acá nomás, están las pruebas de que se conserva mejor que nunca.

* Director de Macbeth, el sueño de las brujas.



Carlos Rivas