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“Me aterra que me vean como un viejo ridículo”

El cantante, que se presentará la semana próxima en GEBA, asegura que no le molestan sus casi 70 años, y que le dedicó un capítulo de su autobiografía a su cabellera, porque la tiene completa.

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Foto:Cedoc perfil

Me aterra la idea de que se me vea como un viejo ridículo. De que me pregunten sobre el Viagra u otras estupideces así. El tiempo pasó, y es innegable, y no es que adore tener casi 70 años, pero tampoco voy a negarlo y nunca lo escondo, ni tampoco voy a atarme a algo que no está. Fue una vida hermosa, lo sigue siendo. Fue una vida hedonista, como pocas, y ahora es más familiar. Pero todos los días es un paseo al sol. Desde ser el hijo de un plomero en Escocia a esto han pasado mil vidas. O una demasiado única. Pero es mi vida y quiero cuidarla.” Con esas palabras, Rod Stewart, el Sinatra más moderno, el mejor adaptador de canciones del rock (ya lo decía Nick Hornby hablando de su versión del clásico de Dylan Mama, you been on my mind y Stewart lo sabe: “Oh, fue tan gentil al hablar de mi capacidad de reconocer canciones hechas con el alma. Creo que eso y el carisma han sido mis armas en esta locura”) habla desde Los Angeles, desde su mansión que es parte de su patrimonio de US$ 120 millones, con PERFIL. “El secreto de envejecer es ser sentimental sin chorrear: cuando me di cuenta que pensaba una y otra vez sobre el pasado fue cuando decidí escribir mis memorias” dice respecto del instante que reconoce como “un nuevo nacimiento, que me llevó a Time, mi último disco, que compuse en su mayoría y que ahora me lleva nuevamente a Buenos Aires, ciudad que amo (antes por sus mujeres pero ahora ya no)”. Es verdad: Stewart renació con Rod (Plaza y Janés), un libro extremadamente autobiográfico y pícaro (“si, hay imágenes de modelos rubias amamantándome, lo sé: ¿Qué puedo decir? Las modelos rubias han sido mi perdición y mi miedo a las mujeres, a pelearme con ellas, la otra) y que decía “un capítulo entero está dedicado a mi pelo, que gracias a Dios está ahí todavía”, y lo ha traído nuevamente a Buenos Aires, el próximo 22 de febrero en GEBA.

“Por un instante, creí que no iba a escribir más: ya todos saben lo que me cuesta escribir canciones, puede haber semanas de distancia entre una línea y otra, o la melodía. No soy ningún Dylan.” Y sigue Stewart: “Siempre fue así: estando en The Faces, cuando hice Every Picture Tells a Story o Gasoline Alley (dos discos invencibles en la carrera pre-disco de Stewart), escribiendo Maggie May, The First Cut is The Deepest, The Killing of Georgie o I Was Only Joking.”

—Arrancaste haciendo protesta, tuviste tu éxito cuasi disco en Do You Think I´m Sexy, pasaste los últimos años por varios American Songbook y antes de Time habías editado un disco de canciones navideñas... ¿Te costó volver a encontrarte?
—No iría tan lejos como no encontrarme, amigo. Pero sí, no diré que ser una estrella es difícil pero sinceramente te ven en todo instante. Entonces cosas que le pasan a cualquier humano adquieren otro tono: he hecho cosas que creo son basura (como Behaviour y algunos otros discos) pero ya están ahí. A fines de los 90 también podría haberme quedado callado. El Songbook fue jugar con lo que mi voz podía hacer a esta edad, ser un Sinatra al menos más travieso pero también más sentido. No quiero engañar a nadie: quiero hacer música justo hasta el instante donde la gente me tenga pena cuando salga del escenario. Ahora, encontrarme no sería el verbo, sino liberarme, darme cuenta que había más cosas en mí, historias personales (aunque Time no es lo autobiográfico como se dice por ahí), formas de procesar la nostalgia o mejor dicho los recuerdos de una manera en que no me hicieran daño.
—¿Hay recuerdos que duelen todavía?
—Bueno, el tiempo enseña a moldear esos dolores, pero descubrís dolores enormes, distintos del arrepentimiento, o te das cuenta de fantasmas que están siempre ahí con vos. Da tremenda tristeza, dolor en el alma, cuando mueren compañeros de ruta, cuando te das cuenta, por ejemplo, Harrison y otros no están; o cuando te frenás y ves que somos todos viejos y estamos festejando el cincuenta aniversario de tal cosa o tal otra. Todavía me acuerdo hacer covers de Dylan en Brigthon Beach a la gorra como si fuera ayer, mi vida de trovador cockney de clase obrera, y hay hasta algo de esa incredulidad que me inundó cuando empecé a tener éxito. No sé, mi nariz era algo muy mío y tuve que operarme por pólipos: digo, cambiás aunque no quieras. No es tanto dolor, es algo para lo que creo no hay una palabra todavía.
—Pero tu fama hedonista debe haber generado de las otras memorias. Digo, salir con dos modelos Playboy al mismo tiempo, jugar a ser doctores detrás del escenario con Ronnie Wood, tomar drogas por los orificios menos pensados y eso es solo la superficie...
—Historias, hay tantas... Y la mayoría suelen ser verdad. Amaba a las mujeres. Amaba aprovechar la vida salvaje que pensé nunca podría haber tenido si no era una estrella. No podía dejar de pensar “en cualquier momento se acaba”. Sí, he hecho esas y otras cosas, algunas que no se pueden contar. Aunque la droga siempre fue algo más social que otra cosa: nunca he comprado droga en mi vida. Y mi amor por el fútbol siempre me hizo cuidar mi cuerpo, amo jugar al fútbol todas las semanas y amo cuidarme para cuidar a mi familia, a Penny (Lancaster, su pareja en los últimos 14 años y madre de dos de sus ocho hijos). Entre el libro y las entrevistas ya casi han compilado todas esas historias, las que se pueden contar y las otras. Pero tengo una de la Argentina que he contado pocas veces (Ver Recuadro).
—¿Vas al mundial?
—No, no, lo veré en casa. Y pienso que no hay forma que el campeón del próximo mundial no sea sudamericano. Messi me parece un jugador excepcional, aunque prefiero jugadores más pasionales como Falcao o, mi favorito, Luis Suárez de Uruguay, que juega en el Liverpool. Creo es un jugador excepcional.
—¿Alguna canción favorita?
—Mirá, después de cantar algunos temas, sin mentir, miles de veces te convertís en un experto para emocionar con esa canción pero no podes sentir siempre lo mismo. He escrito cosas que quiero que le queden a mis hijos cuando me entierren, otras que sean risas en una fiesta (o varias), otras que se conmueven en esos lugares que todos tenemos y no podemos explicar.



Juan Manuel Domínguez