ESPECTACULOS TEATRO

Mi hijo el dramaturgo

A fines de marzo de 1964 mi vida pegó un cambio fundamental: estrené mi primera obra teatral, Nuestro de fin de semana y nació mi primer y único hijo, Mariano.

El elenco de Coronados de gloria, la obra que habla de cómo se gestó el Himno Nacional, que se presenta en el Teatro del Pueblo.
El elenco de Coronados de gloria, la obra que habla de cómo se gestó el Himno Nacional, que se presenta en el Teatro del Pueblo. Foto:tiff

A fines de marzo de 1964 mi vida pegó un cambio fundamental: estrené mi primera obra teatral, Nuestro de fin de semana y nació mi primer y único hijo, Mariano. Fui dramaturgo y padre primerizo en cuestión de unas pocas horas. Mi profesión definitiva, escribir teatro, y mi hijo iniciaron su camino juntos.

Mariano creció  como todo chico de clase media nacido en nuestro país: buena comida, cama caliente y la necesaria educación. Cuando empezó a convertirse en un ser humano me pareció que se inclinaría por alguna rama de la ciencia. Pero un día, ya adolescente, me dijo que quería ser músico. Le respondí que me parecía bien. Lo mismo le hubiera dicho si se inclinaba por otra profesión, siempre y cuando fuera una vocación auténtica.

Y fue una vocación auténtica. Eligió la música y el teatro.  En 1982 compuso la partitura para uno de los espectáculos de Teatro Abierto. Y me dejó una anécdota: estaba decidiendo la convocatoria a los músicos cuando me informó que  había pensado en  Arturo Penón. ¡¿Cómo?! Penón era el primer bandoneonista de Osvaldo Pugliese, un prócer, y el joven músico no pasaba los 18 años.

Y ahí me dije: la cosa va en serio, el músico empezaba a marchar. Decenas de músicas para la escena, en Buenos Aires y en otras ciudades del mundo. Y un día llegó la dramaturgia, en principio para espectáculos para niños, con el apoyo de los títeres.

Mariano se radicó un tiempo en México donde avanzó en su calidad de músico y adaptador. Obtuvo en ese país un importante reconocimiento profesional. Ya de regreso a Buenos Aires compuso partituras musicales para numerosas experiencias, incluidos los teatros San Martín y Cervantes.

El gran maestro georgiano Robert Sturua lo convocó para escribir la música de  su versión de Madre coraje de Bertolt Brecht en el Teatro Cervantes.

Hasta que llegó el momento en que leí Spaghetti –su primera obra para adultos– escrita por Mariano con la colaboración de su amigo, el periodista Gabriel Pasquini. El texto me sorprendió. Más allá del amor filial me dije “es un autor”. ¿Qué quiere decir ser autor-dramaturgo? La capacidad de escribir textos que no van a parar a un libro sino a un escenario, personajes bien trazados, diálogos que pertenecen a los personajes y no al autor y una historia significativa. Spaghetti cumplía con todas esas reglas. Y otro dato alentador: la obra no tenía nada que ver conmigo. Es decir, una obra que yo no hubiera escrito, que no entra en mi imaginario autoral,  una pieza que nace de hechos históricos, basado en las aptitudes culinarias de Leonardo da Vinci, aunque el texto se proyecta a espacios más profundos. Spaghetti obtuvo el  primer premio de dramaturgia del Instituto Nacional de Teatro. Nadie dijo “es el hijo de Tito”. Mariano llegaba a la comunidad de los dramaturgos por méritos propios.

Ya en tiempos más cercanos, Mariano escribió Coronado de gloria, hoy representada en el Teatro del Pueblo con dirección de Daniel Marcove. Lógicamente conocí la obra antes de su estreno, pero con el texto terminado. Y comprobé lo que ya sabía: el buen pulso que tiene Mariano para el escenario. Como en Spaghetti la obra nace de una profunda investigación sobre hechos históricos. En este caso, las peripecias que rodearon la escritura del Himno Nacional y los padecimientos del autor de su música, el catalán Blas Parera. Una obra que se interna en el vínculo del artista con los hechos políticos y con sus principios morales.

Conocí las dos obras cuando ya estaban escritas. Posiblemente aporté un par de consejos, trampas del oficio. Nada más.

Finalmente, llegó el día en que debíamos trabajar juntos. Desde hace un par de meses empezamos a escribir el borrador de una futura obra de la cual no queremos, por ahora, hablar mucho. Nació de una situación entre dos personajes, pretexto bastante habitual en la dramaturgia. Escribí unas carillas y me empantané. El texto requería algunos conocimientos científicos de los que carezco absolutamente, ni siquiera para navegar por internet. Y nos sentimos muy bien trabajando juntos. Por ahora, Mariano escribe más que yo. Nos reunimos en mi departamento, un día por la semana a la caída del sol, nos servimos unos whiskies y le damos pa’lante. A mí me sirve, además, para comprobar la calidad autoral de Mariano.

Palabra de padre. Palabra de dramaturgo.


*Dramaturgo. Escribió, entre otras obras, el clásico La nona.



Roberto “Tito” Cossa