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Ninguna guerra es ajena

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Foto:Gentileza Metzger

A cien años del inicio de la Primera Guerra Mundial, el eco de los cañones no ha terminado de apagarse. Ahora mismo resuena en Crimea, en Gaza, en Irak, en Libia, en Afganistán, en Somalia o en Mali. El rumor se escucha cada vez más cerca desde Europa occidental, pero América, que no es ajena a muchos de esos conflictos, todavía parece sorda a los tambores.

Es que con contadas excepciones (entre otras, la disputa por el Chaco boreal entre paraguayos y bolivianos desde 1932 hasta 1935; el ataque a Pearl Harbour que marcaría el ingreso de Estados Unidos a la Segunda Guerra en 1941, o Malvinas en 1982), en general los teatros de operaciones han respetado el continente, y los americanos, en especial los del Norte, han dado sus batallas fuera de allí: en Japón, Europa, Vietnam, Corea o el Golfo.

El caso de Argentina ha sido paradigmático. Salvo la aventura militar de la dictadura en Malvinas, en lo formal el país ha sido inmune y ajeno a los conflictos, y la proverbial neutralidad de sus gobiernos, en teoría, lo ha puesto a salvo de la Historia.

Pero, ¿hasta qué punto?

Además de Malvinas, que sin embargo todavía tiene algo de ajeno, las dos guerras que en el último siglo más han tocado a los argentinos sucedieron lejos. La  catástrofe de España entre 1936 y 1939 se vivió en el país a través de terceros, aunque muchos fueran íntimos, y de la Segunda Guerra Mundial, además de algún aprovechamiento económico, se sufrió el espionaje y una especie de guerra secreta preparatoria, y luego el exilio de los vencidos.

Ese es el tema, puesto en un contexto latinoamericano, que plantea Continente nazi, el documental exhibido por History Channel.

Durante diez meses, bajo la dirección de Jesús Braceras y la fotografía de Mariano Monti, el film se fue rodando en Argentina, México, Colombia y Brasil, donde se realizaron en total quince entrevistas y recreaciones, grabadas en Buenos Aires, en las que participaron una treintena de actores. La película trata sobre las tareas de inteligencia y la infiltración de los nazis en esos países, y sigue sus pistas hasta el final.

En el caso de Argentina, el documental se detiene en las historias de Adolf Eichmann, el arquitecto de la llamada “solución final”, y Hans Rudel, dos de los llegados al país.

Entre 1947 y 1952, Argentina se convirtió en el refugio seguro para los miles de nazis que huían de la Europa en llamas. En oleadas sin control, complacientes y confundidos con algunas de sus víctimas, por el puerto de Buenos Aires entraron comandantes de campos de concentración, burócratas del exterminio, ejecutores en masa de civiles y científicos de la muerte.

Con una tolerancia rayana en la complicidad, el Estado les dio protección, cobertura legal, identidades, casas y trabajos. Los ayudó e insertarse en una sociedad que en buena parte no veía en ellos nada demasiado reprochable, y los dejó asimilarse a su historia. La experiencia tuvo sus costos, y al país le llevaría décadas sacudirse el estigma de nazifascista que había sabido conseguir.

Mejor actitud tendrían otras naciones del continente, como Brasil, Bolivia o Chile, que limitarían su protección a unos pocos casos puntuales y aislados, y finalmente  dejarían a los fugitivos librados a su suerte.  

Continente nazi muestra bien las condiciones que hicieron posible esa complicidad. En algunos casos eran sociedades ideológicas, y en otros simples corruptelas por sexo o por dinero. El resultado, al final, era el mismo, y terminaba formando una red de vínculos y relaciones que antes de la guerra serviría para espiar y hacer sabotaje y, tras la derrota, para recibir y esconder a los fugitivos.

Sin formularlas de manera explícita, el documental deja planteadas algunas preguntas inquietantes. En lo que hace al caso argentino, ¿quién sabe, todavía, cuáles habrán sido las consecuencias de esa inmigración, y cuánto tuvo que ver con las cosas que iban a suceder después? ¿Cuánto de oscuridad habrán agregado esos huéspedes malvenidos a la noche que empezaba a adivinarse?

Los argentinos, dice el lugar común, bajaron de los barcos. La sentencia, que se refiere a los bienvenidos, tiene algo de cierto: las guerras lejanas los acercaron a la fuerza, y a ellos les tocó construir casi todo lo que somos hoy.

Es que, bien mirado, ninguna guerra es ajena por más lejos que ocurra. John Donne lo escribió a principios del siglo XVII: “Nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti”.

Si no fuera por la locura mesiánica de Malvinas, podría decirse que Argentina nunca hizo la guerra, pero que las guerras –aun las secretas que plantea Continente nazi– acabaron por hacer parte del país.

*Periodista, escritor. Es autor de Odessa al Sur y América nazi, entre otros libros.



Jorge Camarasa