ESPECTACULOS GINO BOGANI

“No visto a mujeres que no piensan”

El célebre modisto está a cargo del vestuario del ballet de El cascanueces en el Teatro Colón. Recuerda las oportunidades en que confeccionó prendas para Maia Plisetskaya y Lola Flores.

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Foto:Cedoc

Hoy culminan, en el Teatro Colón, las funciones de un clásico navideño de la danza, El cascanueces, con la conocida música de Tchaikovski, y ahora con coreografía de la directora del Ballet Estable, Lidia Segni. La compañía brinda no sólo la calidad de sus intérpretes sino también la elegancia del vestuario que, en este caso, es creación de Gino Bogani. No es la primera vez que el modisto de los famosos incursiona en los escenarios del primer coliseo porteño; ya había diseñado el vestuario de La Cenerentola en 2012, cuando la ópera fue dirigida por Sergio Renán. En esta ocasión, se atreve a vestir a este ballet lleno de personajes de fantasía.

—¿Qué particularidad tiene hacer ropa para calle y ropa para bailarines? ¿Y específicamente para “El cascanueces”?
—Son cosas completamente diferentes. Los cantantes necesitan comodidad para poder emitir bien sus voces, que nada les apriete su diafragma o su garganta. Y los bailarines se tienen que poder mover, saltar. La moda que hago desde hace 56 años es terrenal. Y como El cascanueces es un cuento de niños que se desarrolla durante la Navidad, permite mucha fantasía, la imaginación infinita de los chicos. Todo eso me hace rejuvenecer: a mis 72 años, me hace volver a la edad de cuando esperaba la Navidad. Hay soldados, copos de nieve, el cascanueces que se transforma en príncipe, y ratones que no son Mickey Mouse, sino ratones con touch a lo Gino Bogani. Pero hay algo en común entre ópera, ballet y moda: un estreno es como largar una colección y, por eso, los últimos días no duermo y estoy hasta último momento con la lengua afuera.

—¿Cómo describiría los talleres de realización del Teatro Colón?
—Son enormes. Hay mucha gente trabajando en zapatería, marroquinería, peluquería; están los que hacen flores, adornos de la cabeza, coronitas de las bailarinas, sastrería de hombres; para la de ropa de mujeres, algunas bordan, otras incrustan, otras recortan. Nunca me he drogado porque nunca he querido estar fuera de mi control, pero el Teatro Colón es una droga, es apasionante. Yo soy adicto a mi trabajo, a la adrenalina que te levanta el espíritu todos los días.

—¿Cómo es el proceso para conseguir los materiales que utiliza en sus creaciones?
—Si bien hay una persona encargada de buscarlos, muchas veces voy yo mismo y recorro el Once. No todas las casas dan muestras; en cambio, si voy yo, me conocen y me las dan. Algunos me reciben con las puertas abiertas, pero otros, chicos jóvenes que cortan telas, me ven y simplemente me dicen: “¿Qué desea, señor?”. Ahora hay que luchar un poco, porque faltan en plaza ciertos materiales, ciertos accesorios. A lo mejor, por los impuestos que se pagan, los distribuidores no quieren traerlos... Si usted va a comprar canutillos, va y consigue; ahora, si usted busca canutillo dark navy blue, ese azul marino sin reflejos violetas, no. Para ciertos preciosismos, faltan materiales, pero con creatividad y con ingenio todo se logra.

—En su trayectoria, ¿a quiénes le dio placer vestir?
—Me fascinó vestir a Josephine Baker [bailarina afroamericana, 1906-1975]; a Maia Plisetskaya, a quien le hice una túnica plisada de colores; a Lola Flores, a quien le hice una bata de cola de seda natural… También a Graciela Borges; a “Chiquita”, Mirtha Legrand; a Susana [Giménez]…

—¿Y a quiénes no le gustó vestir?
—A las mujeres que no piensan no me excita vestirlas. Hay mujeres, como hay hombres, que no piensan. No sé si busco la belleza, busco el cerebro.

 

La moda no es frívola

Con décadas de experiencia,  Bogani reflexiona sobre la extendida acusación de frivolidad que carga el mundo de la moda: “Todo está muy tergiversado, hay mucha confusión. Yo no sé qué van a hacer los que están estudiando Diseño. Cada vez que me convocan a darles una charla, les digo: “Ustedes estudian Diseño, pero nadie quiere aprender a coser”. En la costura, frivolidad puedo asegurar que no hay. Eso sí: yo no estoy haciendo aparatos de precisión para salvarle la vida al ser humano, por eso me “genuflexo” ante los médicos, los científicos. A mí me tocó la parte que parece frívola, pero aquí están la creatividad, la fantasía. Es un trabajo lleno de sacrificios. Es mucho menos frívolo de lo que la gente cree. Hay que tener una cultura general, porque se necesita inspiración. Cuando me preguntan: “¿Qué se viene?”, yo les retruco: “No sé quién viene, ¿quién llegó?”. Eso de qué se viene me parece una cachiruleada. Lo mismo que “¿Qué colores se usan?”. Los que le quedan bien a cada uno, digo yo. Otra cuestión: esto de la moda no es solamente lo que yo trabajo, sino que doy trabajo a otras personas, esto genera trabajo. Hay países que viven de la industria de la moda. Ahora, si usted me dice que hay gente frívola y estúpida, sí, claro, en todos los órdenes. Pero el que trabaja seriamente no lo es”.



Analía Melgar