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Oscar Martínez: “El artista no debe ser oficialista”

Lo afirma el actor, a poco de estrenar Amadeus, sobre la relación entre Mozart y Salieri.

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Oscar Martínez parece un experto en Wolfgang Amadeus Mozart. Rodrigo de la Serna lo mira: cada vez que habla del compositor recupera un dato nuevo. Que cuando murió descubrieron que tenía una colección de pelucas que ni el emperador alcanzaba, que uno de sus hijos quedó al cuidado de su supuesto asesino, Antonio Salieri.

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Los actores estrenaron Amadeus, la obra de Peter Schaffer que cuenta la relación entre Salieri y Mozart. Martínez, que esta vez está en la piel de Salieri, interpretó a Mozart en 1983, en la versión dirigida por Cecilio Madanes.

Adaptada y dirigida por Javier Daulte, Amadeus se basa en la sospecha de que el italiano mató a su colega, cegado por la envidia de su talento. “Dicen que Mozart –cuenta Martínez– murió diciendo que Salieri lo había envenenado, y que Salieri mismo, en su lecho de muerte, confesó haberlo hecho.” La envidia, la admiración y el genio atraviesan la obra y definen a los personajes.

—¿Hay personajes como Mozart hoy?
MARTINEZ: Eso sólo se puede saber con el tiempo. Cien años después de que murió Shakespeare alguien escribió en un prólogo que quizás había sido bueno. Lo mismo con Mozart.
DE LA SERNA: El que lo supo fue Salieri.
M: Pero sí hubo genios en el siglo XX. Para mí Chaplin, Bergman, Picasso, Dalí... Yo creo que Los Beatles fueron geniales y produjeron un cambio histórico.
—¿Hoy Mozart sería reconocido como un genio por las discográficas o la crítica?
DLS: No sé si habría un Mozart hoy. Ya no existen más esos compositores, con esa complejidad y ese nivel musical.
—¿Y Salieris?
DLS: De alguna manera somos todos Salieris. Es el Santo Patrono de la mediocridad.
—¿Alguna vez se sintieron Salieris frente a un colega?
M: Gracias a Dios, siempre tuve capacidad para admirar y el talento no me produce ninguna envidia.
DLS: A mí me pasa que admiro con devoción. Pero la envidia al nivel de Salieri, por suerte, me pasa muy lejos.
—¿Creen que hoy se envidia más el dinero que el talento ajeno?
M: Salieri tiene todos los valores más perseguidos en la actualidad: dinero, fama y poder. Y es un desdichado, porque daría todo eso por tener la mitad del talento de Mozart.
DLS: Hoy es al revés. Yo no soy actor hace muchos años, pero cuando empecé a ser reconocido, hace unos diez o doce años, me preguntaban cómo hago para ser actor, y ahora me preguntan cómo hago para ser famoso.
M: Yo creo que eso se produjo en los 90. Yo vi el proceso en 42 años de teatro. Lo mediático, la gente que es famosa porque sí, que no sabe hacer nada más que ser famosa. Pero no perdura. Es una industria que consume como un pacman a la gente. Agarrás un diario de hace un año, y una persona que era tapa y no podía caminar por la calle hoy pasa por acá y nadie se da cuenta. Eso no ocurre con los artistas: Alfredo Alcón, Héctor Alterio, Norma Aleandro.
—Entre la cantidad de mediáticos que inundan la pantalla, ¿cómo se logra que la actuación siga siendo un arte y no se devalúe?
M: Es triste que antes en los medios esa gente no existía y el espacio lo ocupaban los estrenos teatrales, los músicos, los escritores, la gente que tenía algo para comunicar. Ahora esos espacios se redujeron y la banalidad cobra una importancia tremenda. Pero hay gente que hace arte. Siempre hay.
—¿Cuáles son los temas que le dan vigencia a “Amadeus”?
M: La partitura de la obra en realidad es un pretexto para hablar de otras cosas.
DLS: Son temas muy universales. La envidia es lo que primero se trasluce, pero se habla también de la admiración que un hombre puede tener hacia otro, del amor y el odio que puede generar eso. Aparece la imagen de Dios, del padre. Mozart es padre de Salieri en lo artístico y musical, pero Salieri es su padre en otros niveles.
M: También se muestra lo efímero de la vida humana y la posibilidad de trascender a través de la obra. La trascendencia es algo que a algunos artistas les quita el sueño.
—¿Ustedes tienen ambición de trascender?
DLS: Yo en algún momento, cuando era más chico, por ahí sí. Ahora no.
M: Es que para el intérprete es distinto. El escritor, el compositor, el pintor, pueden apelar a la posteridad, pero al actor le queda solamente el éxito inmediato.
—¿Creen que los artistas tienen que comprometerse con el momento político en que viven?
DLS: Para mí en un momento fue muy necesario hacerlo. Con Yotivenco (grupo de tango) opinábamos mucho, y las notas después de Crónica de una fuga o Diarios de motocicleta daban para opinar. Ahora necesito expandir otras dimensiones. Uno no tiene que olvidar que no es un político, es un artista. La visión política es hermosa y es necesaria, pero es sólo una parte de ese abanico de dimensiones que un artista debe tener.
M: Bernard Shaw decía que la política se hace o se padece. Yo nací para padecerla. En casos específicos sí me expresé. Por ejemplo, apoyé claramente a las Madres en momentos muy difíciles, con Viola en el gobierno, plena dictadura, en una marcha de menos de una cuadra. En esas causas no hay medias tintas. En lo demás, creo que los artistas y los intelectuales no deben ser oficialistas nunca –aun cuando simpaticen con el gobierno de turno– para poder decir siempre lo que piensan. Yo, desde la vuelta a la democracia, he sido invitado por todos los gobiernos a participar en actos, a comer a Olivos, y no fui en ningún caso. Me gusta defender mis valores y no circunstancias coyunturales. Y cuando estás muy comprometido con un partido político, muchas veces estás obligado a defender cosas indefendibles.
—Los dos van a filmar con Damián Szifrón...
M: Yo voy a estar en Relatos salvajes. En una de las siete historias de la película, soy un empresario que está durmiendo plácidamente y lo despierta su hijo adolescente para decirle que, con su auto, mató a una embarazada. Después, ya en enero, voy a filmar El ciudadano ilustre, de Gastón Duprat y Mariano Cohn.
DLS: Yo con Szifrón voy a hacer una comedia romántica después de que él termine Relatos salvajes. Se llama La pareja perfecta. La leí y terminé llorando. Está muy bien escrita, es una comedia deliciosa con algo de clásico.



Lucia Marroquin