ESPECTACULOS GUILLERMO FRANCELLA

“Pongo la misma pasión en la comedia que en el drama”

El actor más convocante en cine de los últimos años se la jugó con el film Los que aman, odian, en que Patagonik invirtió una fortuna.Mientras filma con Duprat se lanzará a dirigir teatro. Ama que sus hijos, Yohanna y Nicolás sigan sus pasos y reivindica tanto Los bañeros como El clan.

Teatro. Francella comenzará como director teatral con la obra Perfectos desconocidos. Compró los derechos.
Teatro. Francella comenzará como director teatral con la obra Perfectos desconocidos. Compró los derechos. Foto:piemonte

Orgullo”, dice Guillermo Francella. Suena (sin buscar juzgar, claro) más sincero que en otras oportunidades. Y está hablando de aquello que le genera el reciente estreno de Los que aman, odian, adaptación al cine del relato clásico de Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares, que hoy es dirigida en el cine por Alejandro Maci. En el film, Francella es Enrique Hubermann, médico homeopático y un hombre que se va a Ostende para encontrarse, sin quererlo, con Mary, la mujer de la cual escapaba. Mary es Luisana Lopilato. Francella y Lopilato alguna vez fueron el padre y la hija más famosos de la televisión local en Casados con hijos. Francella de inmediato responde: “Trabajamos mucho eso con Alejandro Maci, el director, que nos ayudó a borrar rápido ese vínculo. Nosotros tenemos con Luisana una relación afectiva muy fuerte en la vida, de haber trabajado juntos en un programa emblemático. Pero acá había que mandarse, hacer algo distinto y ser lo más verosímiles posible. Creo que lo logramos, que la convención de lo que está pasando se haga presente. Pero todo nos contiene: en cada rincón, es en gran parte el detalle lo que hace a la película. Tener un marco que cuida la película, cuida ese vínculo, fue algo muy importante”.

—¿Cuál es la pasión, tu pasión, que te puede hacer perder la cabeza?

—Soy muy pasional…pero perder la cabeza depende a qué nivel. Quiero decir: hay pasiones que me pueden cambiar hasta el estado de ánimo. Ahí te puedo mencionar hasta el fútbol. Te puedo mencionar también una traición. Pero desbordado como Enrique Hubermann no, nunca pude vivir algo así. Soy pasional, visceral, entonces me cambian los estados de ánimo, por supuesto, sobre todo cuando quiero mucho algo. Creo que tengo más equilibrio que lo que le pasó a Hubermann, pero lo han trastornado al pobre.

—¿Cuál es tu relación con ese mundo literario que generó la novela?

—Como lector. A Silvina no la he leído, sí a Bioy, sí a Borges. Soy muy lector. Me gustaba su modo de narrar, su modo de escribir, eran tipos muy inteligentes, muy interesantes. Por eso digo que cuando tuve oportunidad de filmar en la casa, en la Villa Ocampo estaban revoloteando sus almas ahí. Yo vi que Victoria, Silvina, Bioy, Borges… estaban ahí. Esa fuga, esas casas con esas escaleras, esos cuartos. Y ese tipo de persona, ese nivel cultural pero que aun así vivían cosas muy intensas.

—¿Cómo ves la película considerando el panorama del cine argentino este año, trazando una línea entre el conflicto en abril en el Incaa y el actual éxito y fenómeno en las salas?

—Se han mejorado mucho los contenidos. Hay muy buen cine argentino. Muy buen cine argentino, de verdad. Al público argentino le gusta ver cine argentino. En una época no era así, porque las propuestas que le daban no eran buenas. O era buena una y la totalidad no. Cada vez se hace cine de más calidad, con talento, y en la interpretación, en el guión, hay contenidos distintos y entre sí que funcionan: Mamá se fue de viaje, La cordillera y El fútbol o yo. Y las tres han caminado. Poseen entre ellas el mismo número.

—¿Cómo te sentís entonces como actor en este momento?

—Acá me gustó verme en un rol diferente. Me gusta verme en roles diferentes. Tengo un presente personal, laboral. Estoy con trabajos distintos. Ahora estoy filmando una película, Mi obra maestra, con Mariano Cohn y Gastón Duprat, y también en una comedia. Me veo distinto a Hubermann. Me veo muy distinto a Arquímedes Puccio. Era mi anhelo este presente. Me gusta que los directores, distintos entre sí, me convoquen, y piensen en mí. Pude demostrar otra cosa, y les gusta. Lo vivo con la misma pasión, eh: desde hacer Los bañeros… a hacer El clan, siempre lo viví así. Siempre me vuelve a doler la panza cuando estoy por empezar algo. No lo puedo hacer de taco. Vivo con mucho amor lo que hago. Pero estoy más sereno gracias a mi proyección y a que mis hijos trabajan en lo que aman.

—¿Qué tal es ver a Luisana en ese sentido, a quien podés considerar una hija de “la vida actoral”? Lo pregunto por la situación puntual que hizo que tuviera que abandonar el rodaje (la enfermedad de su hijo Noah) y cómo todo el rodaje se frenó para esperarla.

—Que crezcan… ver a Luisana en un papel tan difícil, y los problemas que tuvo en su momento en su vida personal… te voy a ser sincero: para nosotros esta película está llena de connotaciones de ese tipo, así que hemos amado y sufrido muchísimo esta película. Y de golpe el mazazo en la cabeza de la situación de Noah. No podíamos reaccionar. Todo el equipo paralizado, sin saber qué hacer, cómo avanzar, cómo continuar. Y luego la enorme bocanada de oxígeno: Noah está sano. Entonces ahí volver a lograr el tono que teníamos cinco meses antes.

—Esa pausa es bastante notable: quieren crear una historia más grande que la vida, pero lo que importa es realmente esa vida. ¿Por eso te sentís tan conectado a esta película?

—Absolutamente. No podíamos concebirlo de otra manera. No me lo imagino. Por supuesto que había escenarios distintos, pero no me lo podía imaginar. Patagonik hizo una inversión millonaria. ¿Y si estábamos en otro proyecto? ¿Con otro look? Todo se alineó y ese estado de infelicidad y de tristeza que nos invadió a todos terminó siendo una verdadera fiesta. Poder estrenar la película es un bingo para todos.

—¿Te quedan sueños como actor o ahora es más pragmático: ver quién te llama y ver qué sale?

—No sé. Muchas cosas que me tracé se fueron cumpliendo y me generan mucha felicidad. Muchas. Creo que en este momento no se trata de sueños, sino de un pragmatismo de tener un presente heterogéneo, distinto. Me gusta volver a hacer cosas: estrenar una película como ésta, filmar una comedia que es una gran película, luego un drama y me enbarque en un proyecto que me tiene muy entusiasmado, que es una obra teatral que voy a dirigir, con una comedia italiana extraordinaria que se llama Perfectos desconocidos. Es un proyecto que me tiene loco. Compramos los derechos y la hacemos en abril del año que viene.


“Esta en mi cabecita dirigir cine”

—¿Qué aprendiste como actor de la comedia que hoy te sirva?

—¿De la comedia? Me dio un timing y un tema de tempos, de hacerla, que me permitió entender tiempos. Me dio mucho caudal interpretativo porque la comedia tiene eso, que tenés que resolver en una baldosa. Eso me ayudó mucho en mi vida. 

—¿Y del drama?

—Me dio la posibilidad de diversificarme. Amo tener esto que tengo hoy: que los directores más importantes del país me llamen para trabajar. Aprendo del paso del tiempo, de ver a mis hijos. Saber que no me gusta quedarme, saber que me duele la panza cada vez que empiezo de nuevo a trabajar. Vivo todo con la misma pasión.

—¿Te imaginás dirigiendo una película?

—Sí, también está en mi cabecita. Vamos a ver. Todas las que me gustan o que pienso, me gustaría también actuarla.

—¿Cómo trabajaron ese encierro del film?

—Hay asfixia porque estamos encerrados, casi hacinados, en un lugar. Las puertas cerradas, el calor, los postigos clavados. Y en ese universo de clase bien, de clase social que te encierra. A nosotros hasta una persona nos enseñó modales, para ver cómo tomar una sopa, y ver la elegancia en el decir, en el hablar, en la riqueza del lenguaje.



Juan Manuel Domínguez