ESPECTACULOS OPINION

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A diferencia de su gran novela negra Galveston, o de lo mejor de los siete primeros episodios de la anterior True detective, Nic Pizzolatto abandonó este año algo que es distintivo en su pluma: la inserción de flashbacks. En esta temporada hay apenas dos. Y ni siquiera tienen impacto, por más que ambos estén revelando cosas importantes de los personajes. Pizzolatto, un amante del género, toma y homenajea lo mejor del noir. En temática y estética. Pero descuida la historia. Por un lado simple. Rutinaria. Por otro confusa por la cantidad de intervinientes y de cabos sueltos.
True detective 2 tenía el partido perdido antes de entrar a la cancha por la inevitable comparación con la temporada anterior. Por lo que lograron generar esos ocho episodios y sobre todo esos dos personajes principales. Es el hermano menor que crece a la sombra del que llegó antes y se ganó el amor incondicional de todos los que asistimos y celebramos el nacimiento de la primera criatura de la familia. La que se lució. Es aquel al que le va a costar el doble poder destacarse con lo que es. Pero, a diferencia del primogénito, llega al final del caso sin traicionar su esencia. Quizás su mérito más grande. Aún falta verse el último episodio. Pero difícil es que den tremendo volantazo como sucedió con la primera temporada. En la que uno intuye, casi aseguraría, que ésa fue una decisión ejecutiva. No artística. Por si alguna vez convencen a Matthew McConaughey y a Woody Harrelson de volver a interpretar a sus detectives. En la temporada que va a finalizar este domingo ya han demostrado que no hay redención posible para ninguna de estas almas. Y no les ha temblado el pulso a la hora del sacrificio. Que lo poco que tenían cada uno lo han perdido. Y que lo único que les queda es ir al frente. Por eso hacen partido. Y así y todo jamás pueden dar vuelta ese uno a cero abajo con el que arrancaron. Ni siquiera empatarlo. Pero lo intentaron. Y eso merece respeto. Y que uno se saque el sombrero.

*Escritor.



Leonardo Oyola