ESPECTACULOS NATALIA OREIRO


“Siempre fui fiel a mis impulsos”

PERFIL compartió una jornada de rodaje de Gilda: no me arrepiento de este amor. La actriz revela que adelgazó varios kilos para el personaje.

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Foto:Gentileza Pulpo pr
La mañana del domingo 3 de abril, un día antes de que comenzara el rodaje de Gilda, no me arrepiento de este amor, Natalia Oreiro fue hasta el cementerio de la Chacarita, compró flores en un puesto cerca del ingreso y siguió camino hasta pararse frente al nicho donde descansan los restos de Miriam Alejandra Bianchi Soldi, la popular e inolvidable Gilda. “Le fui a pedir permiso –admite la actriz–. Fue muy fuerte ver que no sólo estaba la tumba de ella sino también la de su hija y la de su madre, que también fallecieron en el accidente. Lloré muchísimo”.
Un mes después, Oreiro está a punto de subirse al escenario de un boliche de Montserrat que se convierte en una bailanta de los 90. En la penumbra, es difícil distinguir si es Oreiro o una visión de Gilda. Luce una pollera roja furiosa, botas y top negros, boca pintada y el flequillo le cae casi hasta las cejas. “Era una fantasía interpretarla y hoy se me está haciendo realidad”, subraya la actriz.
Debajo del escenario, cuarenta extras lookeados como en los 90, la aclaman y en medio de ellos una coreógrafa le recuerda los movimientos a Oreiro, quien a esta altura de la cuarta semana de rodaje le nacen desde el alma. “Canto desde Gilda, desde donde frasea, donde corta, donde respira, y de colocar su tono de voz que era bien distinto porque en realidad ella era cantante de melódico y acentuaba muy distinto”.
Natalia se identifica con la personalidad de la cantante de cumbia. “Además de que yo era fan y que me encanta la cumbia, me identifico en que no se dejaba vencer, de salir a trabajar de noche –algo difícil teniendo hijos–, de esa energía que la llevó a dejar de trabajar a los 30 años como maestra jardinera y profesora de educación física y hacer lo que más la apasionaba: cantar. Yo siempre fui fiel a mis impulsos, de buscar mis sueños”.
Este sueño y desafío de Oreiro que se estrenará el 7 de septiembre, a 20 años de la muerte de Gilda, demoró cuatro años en concretarse. Lorena Muñoz, la directora del film y amiga de Oreiro, fue en varias ocasiones a tocarle el timbre a Fabrizio, el hijo de Gilda que vive en Devoto. “Nunca lograba dar con él. Decidimos escribirle una carta en conjunto con Lorena y le mandamos una canción de Gilda interpretada por mí. Aceptó recibirnos, primero, y luego cedió los derechos para que podamos hacer la película”. Tal fue el compromiso de Oreiro que asumió el rol de co-productora junto a Habitación 1520, de Benjamín Avila que la dirigió en Infancia clandestina, y Telefe.
Para ser Gilda, Oreiro investigó cada detalle de la cantante. Incluso viajó hasta el santuario que se levantó en la vera del kilómetro 129 de la Ruta Nacional 12 donde se produjo el fatal accidente. “No creo que las entidades o las personas puedan hacer milagros, sí creo que la fe de la gente y en donde lo depositan pueden hacer milagros. Ella nunca se atribuyó el poder de curar”. Oreiro está delgadísima y evita decir cuántos kilos perdió. “Tuve que adelgazar porque Gilda era flaquita y yo tengo más piernas, cadera y cola. No hice ninguna dieta, soy vegetariana, llevo una vida balanceada, y sólo dejé de comer chocolates”. Eso sí, no pudo escaparle al gym. “Hago una rutina de ejercicios específica para estilizar piernas y caderas”.  
Hasta el momento, las sesenta personas vinculadas diariamente a Gilda filmaron en el Autódromo de Buenos Aires (viajes y el accidente), el cementerio de Avellaneda (funeral), el Hospital Israelita y el Barrio Cervecero de Quilmes (infancia de Gilda caracterizada por Angela Torres), New York City (premiación), y en una villa cercana al Mercado Central (radio comunitaria).
“Viene Mollo”, anuncia, entusiasmado, un joven asistente de dirección. Al rato, el ex Divididos aparece en el set. “Ricardo me decía que estaba igual a Gilda. ¡Sos otra persona!”, se ríe la actriz. Su marido, en plan de producción familiar, pone su granito de arena en la película. “El me apoya siempre. Me ayudó en muchas canciones, está conmigo cuando le pongo la voz a los temas y tocó la guitarra para la película. Me acompaña y se divierte conmigo”.
El rodaje que retrata el recorrido por las bailantas, son jornadas que empiezan a las siete de la tarde y terminan al alba. “Yo no soy una persona ni madre culposa, trato de disfrutar lo que hago y que mi hijo entienda y sepa que su madre hace esto porque le gusta, no porque sea una necesidad. Claro que es desgastante, el día se hace un chicle”. “Ata”, tal como lo llama a Merlín Atahualpa Mollo, la acompaña al set y en ocasiones al momento de grabar en estudio. “Lleva sus juguetes. Le gusta la cumbia, como otros ritmos. Ata es un ser muy especial. Vive rodeado de instrumentos, le gusta, los toca, la música le gusta pero dice que quiere ser jardinero”.
A la Gilda-Oreiro que canta, la acompañan tres de los históricos músicos de Gilda que aceptaron participar en el film. Danny de la Cruz, en trompeta, y Edwin Manrique y Manuel Vázquez, dos percusionistas peruanos que la propia cantante seleccionó. “Es lindo estar haciendo este homenaje pero triste porque nos da nostalgia”, empieza Manrique, y acomoda las extensiones que le acaban de aplicar. “Era generosa, todos ganamos en partes iguales, cuando la querían contratar sola no iba”, agrega Manuel, quien nunca olvidará cómo también su porvenir y el de todo el grupo se esfumó en un segundo: “Estábamos haciendo una diferencia económica en el 96. El representante Reynaldo Lio nos mostró la cantidad de shows pactados desde septiembre hasta febrero, hasta cuatro por día, más shows grandes en Colombia, Chile, y México y nos dijo: “si quieren saquen un crédito que se van a poder comprar su casa”. Y todo se fue con Gilda, los shows, el cariño, todo”.

Gustavo Mendez