ESPECTACULOS

Sin etiquetas y sin prejuicios

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Foto:Renata Prati

La danza clásica, la neoclásica, la moderna tienen identificaciones y distanciamientos, a partir de las rupturas, los legados, los “no” a esto y los “sí” a lo otro, a partir de la tradición, las tendencias, las modas, el mercado, podemos remontarnos a una acción espontánea donde se cruzan el cuerpo y el soplo anímico. Tiempos y espacios orgánicos, espirituales y meditativos. Aún sin etiquetas artísticas. Precisamente, Miriam Winslow, la verdadera madre de la danza moderna en nuestro país, hablaba de una danza.
Específicamente, la danza moderna es producto de un proceso coherente con la liberación de formas, conceptos y una nueva mirada con la llegada del siglo XX. La historia de las culturas impregna, en las expresiones artísticas, sus ideas, batallas, valores estéticos, morales y políticos. Los procesos parecen ser cíclicos; hoy la danza contemporánea se distancia de aquella danza moderna como los hijos que pelean para construir sus identidades. Así guardan una secuencia histórica que va y viene en su linealidad, desde el ballet académico, las diferentes graduaciones del neoclasicismo, la danza moderna y la danza contemporánea. ¿Y cómo no mencionar el eje fundamental, el teatro? Teatro, término que espanta a algunos como una carga contaminante. No para el espectador, verdadero autor que rubrica el fenómeno con su percepción. Los ciclos se aceleran, como la información, y aparece una Babel de lenguajes donde las etiquetas no tienen tiempo de adherirse.
De manera personal, fueron los conceptos posteriores al gesto con los que fue formada en parte mi generación. Sin conclusiones, sospechamos como clásico en la danza –y todo depende del cuándo se diga– lo que busca su centro, su proporción justa y equilibrada. Pero afortunadamente los límites se esfuman con facilidad y aparecen zonas impuras. Las palabras retrocan sus contenidos y podemos vagar sin rumbo, inconscientes de nuestro horror a la incertidumbre. Sin certeza, hablamos de una contemporaneidad en la que parece bien alinearse. Se diría una preocupación excesiva, ya que sólo ser hoy-aquí nos imprime esa categoría de contemporáneos, con todas nuestras contradicciones, creaciones originales, evasiones, negaciones, imitaciones o convenciones ultrasuperadas.
 En este contexto, mi producción –no obstante me inquietan algunas palabras como obra y creador y la seriedad con que se utilizan–, que es un largo ejercicio tejido con otros-en sus circunstancias, fluctuó entre aquella modern dance y la academia, abrevando sin preconceptos en el folclore, el sainete, el melodrama, lo luminoso y lo oscuro, lo popular, el humor, lo sinfónico o lo camarístico. El rigor no estuvo en el estilo ni hubo manifiesto. Sí, un deseo y curiosidad por moverme entre las categorías y sin prejuicios. Inscripto en el arte como sistema, construí identidades mutables, supervivencias, juegos espectaculares y de los otros, me dibujé a mí mismo para olvidarme. Imité, copié, aprendí, mezclé, repartí, ordené, eliminé, vestí y desnudé.
Ahora bien, la utilización del desnudo o de la violencia por sí mismos en la danza no me resuena a nada en particular. Creo más en el cómo que en el qué. En los intérpretes que en los autores. Aunque hay una autoría tácita en cada intérprete. Las implicancias de la violencia pueden ser tantas y servir a tantos fines –testimonio, catarsis, denuncia, erotismo, provocación, curaduría, mercado–, que podemos perdernos si no puntualizamos.
Algunos ejemplos. Recuerdo la aparición del grupo inglés DV8 Physical Theatre en los ‘80 como algo muy revelador. Por su parte, el argentino Pablo Rotemberg es un atractivo jugador de formas, sonidos, emociones, con una sensibilidad ultraperceptiva, dominio de diversos lenguajes y solidez cultural. Lo conocí como autor e intérprete de El lobo, que me fascinó emocionalmente. La desnudez de Pablo se aproxima más a un desenmascaramiento, que lo que hace la alemana Sasha Waltz, más cerca de una motivación estética. Pero éstas son mis interpretaciones personales; me incomodan un poco las determinaciones.
Mientras tanto, me concentro en mis objetivos de trabajo como director del Area de Danza en la Universidad Nacional de San Martín, que son utilizar los medios que me brinda la institución, para estimular la afinación y ampliación de las herramientas que puedan utilizar los futuros licenciados en Artes Escénicas con orientación danza, para alcanzar verdaderas y profundas compensaciones en sus elecciones profesionales, sobre todo en el trabajo colectivo imbricado en la comunidad, o sea, una mejor calidad de vida como individuos y en la sociedad.

*Coreógrafo. Director del Area de Danza de la Unsam, cuyo Grupo de Danza se presenta: hoy en el Galpón de Guevara (Guevara 326); el 30 de abril y el 7 de mayo en el Centro Cultural de la Cooperación (Av. Corrientes 1543); y en mayo, gratis, los días 2, 3, 9, 10, 23 y 24, en el Anfiteatro del Parque Centenario.



Oscar Araiz