ESPECTACULOS HIROMI UEHARA

“Soy apasionada como un samurái”

La pianista japonesa de visita se presenta hoy en un dúo con el arpista colombiano Edmar Castañeda. Se resiste a las categorías que la encasillen y asegura que en sus intervenciones musicales hay mucho de improvisación.

Fenómeno. La japonesa Hiromi con millones de seguidores, verdaderos fanáticos de su música.
Fenómeno. La japonesa Hiromi con millones de seguidores, verdaderos fanáticos de su música. Foto:lola barredo

En agosto de 2014, la pianista y compositora japonesa Hiromi Uehara –conocida internacionalmente sólo como Hiromi– se presentó por primera vez en la Argentina. Una nueva actuación ocurrirá hoy en el Teatro Opera a las 20. En su primera visita, la inclasificable artista, desbordada e impecable improvisadora, había aterrizado con el Trio Project, integrado por bajo y batería. Ahora, después de pasar por Cali y Río de Janeiro, y antes de recorrer las principales capitales europeas, lo hace con Edmar Castañeda, una asociación acaso impensable entre piano y arpa, con este intérprete y compositor colombiano radicado en Nueva York, que tocó para, entre otros, Wynton Marsalis. Sobre su compañero de cuerdas, Hiromi declara con pocas y contundentes palabras y algunos suspiros elocuentes: “Lo conocí el año pasado y… guau… ¡ahhhh…!Piano y el arpa. Grabamos un álbum juntos [Live in Montreal] y estamos de gira desde mayo”.

—¿Y qué van a tocar en Buenos Aires?

—Cuando yo toco, sin importar el formato que sea –en solo, en trío, en dúo– hay un montón de improvisación. Tocaremos canciones, sí, pero con improvisación. Habrá algunos standars, aunque no sé qué cuáles porque no sabemos qué vamos a tocar: lo decidimos ese día. Así lo hice toda mi vida: decido qué tocar ese día.

—¿Trabajar con Castañeda la puso más en contacto con la música latinoamericana?

—El es colombiano, tiene un ritmo en el que ha nacido y sin dudas eso lo ha influido. Pero en realidad no pienso en eso; yo dejo que suceda, de manera natural, porque la música latinoamericana estuvo siempre en mí, incluso antes de encontrar a Edmar. Ahora al tocar con él, volvió esa esencia más fuerte, porque la tiene en su cuerpo.

—¿Cómo se entrena?

—Toco todo el día. Toco toda vez que tengo tiempo. También, tengo tiempo para mi vida personal.

—¿Le gusta que su trabajo sea catalogado como jazz?

—Me gustan todos los nombres, no me importa cómo la gente llame a lo que yo hago; yo solamente toco.

—¿Qué la moviliza para componer, para tocar, para improvisar?

—Me inspiran muchas cosas diferentes. Puede ser un hecho, un acontecimiento o algo que mueve mi corazón, que mueve mi alma.

—¿Qué opina sobre las plataformas de internet, desde donde se consume música, como Spotify o Youtube?

—No me preocupa la vía por la cual la gente comienza a conocer la música. Esas vías son como una entrada, una puerta que permite llegar a la casa. Luego, cuando encuentras algo que te gusta en internet –no importa si es Spotify o Youtube o lo que sea–, es la puerta para la verdad, que es un concierto en vivo. Es una manera de conocer, yo creo.

—¿Cómo recuerda al público argentino?

—Los argentinos son uno de los públicos que más me gustan. Cuando veo que en mi agenda está Buenos Aires, me alegra, porque son uno de los públicos más apasionados, energéticos; con ellos me siento realmente viva. La última vez que toqué, parecía un estadio; gritaban mi nombre “¡Hiromi!, ¡Hiromi!”. Fue un momento inolvidable. Estoy esperando volver para compartir aventuras emocionales con ellos.


“SIENTO LAS TECLAS”

Nació en Hamamatsu, Japón, en 1979. Fue a Estados Unidos y, en Berklee College of Music en Boston, alumna de, entre otros consagrados, de Ahmad Jamal. Su misterio es que antes de sentarse al piano y de tocar, se la ve pequeña, calmada, dulce pero parca. Se presenta, en los más elegantes teatros, calzada con zapatillas y modernos vestidos y extraños peinados. Y su gestualidad da cuenta de un volcán musical.

—¿Cómo explica esa transformación ?

—[Se ríe]. Siempre soy una persona apasionada…Quizás es mi cultura...Somos [los japoneses] como samuráis: no lo mostramos, pero tenemos todo adentro. Lo mantenemos, lo guardamos hasta el momento exacto en que necesitamos usarlo y lo sacamos.

—En ese estado de apasionamiento con los ojos cerrados…

—Muchas veces no miro las teclas pero sé dónde están; las siento y puedo tocar un montón sin tener que mirarlas.



Analía Melgar