ESPECTACULOS MARIO PERUSSO

Un artista con los pies en la tierra

El director de orquesta repasa sus comienzos como ferretero y colectivero hasta su paso como director del Teatro Colón. Considera que los cambios ejecutivos en el coliseo no logran verdaderas transformaciones.

Brillante. El músico asegura que los divos sólo pueden serlo con la prensa o el público, pero luego deben trabajar.
Brillante. El músico asegura que los divos sólo pueden serlo con la prensa o el público, pero luego deben trabajar. Foto:aballay

Este sábado 18 de febrero a las 20, en el Teatro Colón se realizará el concierto La música y el cine. En él, Mario Perusso estará al frente de la Orquesta Estable, que interpretará fragmentos musicales de películas famosas, como los compuestas por Max Steiner para Lo que el viento se llevó, Nino Rota para La Strada, Maurice Jarre para Dr. Zhivago, Luis Bacalov para Il Postino, Ennio Morricone para La Misión, John Williams para La guerra de las galaxias o Leonard Bernstein para West Side Story. Así comenzará la temporada 2017, marcada por el cambio de director general entre el saliente Darío Lopérfido y el entrante Enrique Arturo Diemecke. Al respecto de estas transiciones, que el propio Perusso vivió –fue director artístico del Colón entre 1998 y 2000–, y su peculiar trayectoria artística y humana, conversó con PERFIL.

—¿Desde cuándo tiene vínculo con la música?

—Desde mi infancia. Yo soy de familia italiana; en mi casa se escuchaban óperas. A mis 7, 8 años, me encantaban las romanzas de las óperas e imitaba a los cantantes antiguos, como Beniamino Gigli. También jugaba a la pelota como cualquier chico. Luego entré al Coro de Niños en el Teatro Colón en el año 48 y enloquecí con el Teatro. Canté en el estreno de Turandot, con Mario del Mónaco y María Callas. Y dije: “Yo quiero ser músico”. Mi papá tenía una ferretería, y yo, hasta que hice el servicio militar, trabajé en el comercio. Estudiaba y trabajaba, hasta que me pude independizar y gané la beca del Instituto Di Tella que me permitió, por dos años, estudiar con grandes maestros que venían del exterior.

—¿Qué otras profesiones realizó mientras intentaba dedicarse a la música?

—Y… hasta trabajé de colectivero, en la [línea] 12. Después pasé, de cajero, a La Cantábrica, que era una metalúrgica que estaba en la calle Murguiondo. Trabajé en Viviendas Argentinas, con Lanusse; después, en Giménez Zapiola, hasta que me independicé y entré al Teatro Argentino. Después ya entré al Teatro Colón como maestro interno. Llegué hasta director artístico. Así que del Coro de Niños a la Dirección Artística: pasé toda mi vida acá. Ya estoy jubilado, [pero] por suerte me siguen llamando.

—¿Qué piensa de artistas que son divos, que consideran que, por ser artistas, están por encima de otras personas?

—Toda la gente es igual. Esto es un oficio, un oficio de arte, que lo puede hacer la gente que tiene talento. Hay gente que tiene talento para trabajar en computación, por ejemplo, gente que tiene una gran facilidad para enseñar. Yo puedo dirigir una orquesta. Los divos se harán los divos cuando salen del teatro o cuando hacen las entrevistas periodísticas, pero en su fuero íntimo, cuando trabajan, están ensayando, trabajando. De mis otros trabajos, aprendí mucho sobre el trato humano, lo cotidiano con la gente. A la ferretería, venían clientes de toda clase. Ahí uno aprende a tratar al público, a conocer a la gente. A todos los oficios que hice, les debo mi formación como persona.



Analía Melgar