ESPECTACULOS VALERIA BERTUCCELLI

“Un éxito se disfruta, pero no enseña como el fracaso”

La actriz estrena el jueves Me casé con un boludo, donde comparte cartel con Suar, su marido. Confiesa que es una persona insegura y que jamás imaginó la carrera que terminó por edificar.

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Foto:Sergio Piemonte
Ocho años después del gran éxito de Un novio para mi mujer, la película de Juan Taratuto que vieron en Argentina un millón y medio de espectadores, Valeria Bertuccelli se reencuentra con el mismo director y con el otro protagonista de aquella comedia, Adrián Suar. Bertuccelli y Suar vuelven a ser pareja en Me casé con un boludo, título por demás elocuente de una nueva producción de Patagonik que tendrá estreno importante el próximo jueves: 250 salas en todo el país. En esta oportunidad, Bertuccelli encarna a Florencia, una actriz jaqueada por sus inseguridades que conoce en un rodaje a Fabián Brando, estrella de cine que terminará conquistándola muy pronto. Con el paso del tiempo, ella irá descubriendo las mañas y superficialidades del personaje encarnado por Suar y se irá desencantando. “Me gustó mucho hacer esta película –dice Bertuccelli–. Me divertí filmándola, y me siento identificada con mi personaje. Quiero decir: entiendo absolutamente a Florencia, sé muy bien lo que son las inseguridades. Lo veo en mí y en muchas otras personas, sobre todo, en las de mi profesión”.
—¿Sos realmente tan insegura?
—Sí, pero también cuando estoy segura de algo lo defiendo mucho. Pero definitivamente me siento mucho más cerca de este personaje que de la Tana Ferro que hice en la otra película de Taratuto. Fue muy divertido armar aquel papel porque era muy diferente a mí. Yo soy medio rara: cuando no me piden algo, me sale; y cuando me lo piden, me bloqueo. Creo que este personaje tiene algo de Las hermanas Nervio (dúo que tenía con Vanesa Weimberg y se presentaba en el mítico Parakultural), un humor un poco sórdido, que incomoda.
—¿Se entienden bien con Suar?
—Sí, aunque sólo trabajamos juntos en estas dos películas. Ya nos conocemos y nos entendemos.
—¿Cómo reaccionás cuando critican tu trabajo?
—Valoro mucho que sean sinceros conmigo. Pero la sinceridad no tiene por qué ser brutal. Me parece una escuela medio vieja esa de los maestros que te dicen todo salvajemente. Se puede decir lo mismo de buena manera. No hace falta que te griten en la cara “¡No te creo!”. En ese sentido, tuve mucha suerte con mi primer profesor de teatro, Alberto Cattan. Lo tengo en el recuerdo como alguien muy importante.  
—¿Imaginabas cuando empezaste tu carrera que iba a ser tal como se desarrolló?
—No, ni a palos. No pensaba que existiera la posibilidad de ser actriz de cine y televisión. Mi sueño era tener una compañía de teatro importante. Estudiaba con maestros que me hablaban de gente como Eugenio Barba. Fue una casualidad total... Llegué al cine justamente por sugerencia de una directora de teatro, Vivi Tellas, quien me propuso para 1.000 Boomerangs, la película de Mariano Galperín (N. de la R.: Valeria conoció a Vicentico filmando esa película). También le llevé a Gasalla un VHS de lo que hacíamos en el Parakultural porque moría por trabajar con él. Y lo vio y nos llamó para hacer una temporada. Al mismo tiempo, Atilio Veronelli estaba haciendo un piloto para Suar que nunca salió, pero ahí me vio Adrián por primera vez y me llamó para la televisión.
—¿Y hoy descartás el teatro?
—Para nada. Pero ahora estoy dedicada a full a la escritura del guión de una película que voy a protagonizar. La va a dirigir la española Mar Coll, con quien ya trabajé en 2013 en Todos queremos lo mejor para ella, y se llama Los buenos mueren primero, al menos por ahora, quizás ese título cambie. Se trata de una mujer que tiene que destruir todo para poder ser quien es.
—¿Se puede trabajar bien un personaje en televisión o el contexto no da para profundizar demasiado?
—Bueno, hace mucho que no trabajo en una tira por eso, justamente. La última vez fue en Cuatro amigas, de Ideas del Sur, en 2001. Desde ese momento hasta hoy, las cosas cambiaron. En 2001 todavía no existía el minuto a minuto y no había tantas alteraciones en los libros, desaparición de personajes, etcétera. La aparición de Netflix también agudizó el problema: es una competencia de otra altura, de otro nivel.
—¿Qué series ves?
—Me gustan mucho House Of Cards, Modern Family y Sense 8.
—Cuando dejás de estar un tiempo en la televisión, corrés el riesgo de que se olviden de vos, se dice.
—Haciendo dos películas por año yo puedo vivir perfectamente. No estoy pensando en forrarme de plata. Este esquema me sirvió para trabajar un año en el guión, por ejemplo. No me preocupa que digan que desaparecí, no me preocupa “estar”. Está bueno borrarse un rato largo, de hecho. Y está bueno también volver con algo que suponga algún riesgo. En esta película corro riesgos. Tiene un humor raro, no el que ves más frecuentemente en una comedia argentina. Pero tenía ganas de quitarme los prejuicios de encima.
—¿Le tenés miedo a los fracasos?
—Es más fácil salir bien parada de un fracaso que de un éxito. El fracaso enseña mucho. Un éxito se disfruta, pero es difícil que enseñe algo. Y la vida es una sola, se termina pronto y no es sólo lo que hiciste en tu trabajo.
—¿Qué ambiciones tenés?
—No tantas. Alguien que me orientó mucho en ese sentido es mi marido. Y sin decirlo, sin hablar de eso específicamente, porque Gabriel habla poco. Lo he notado yo sola, observándolo. Para mí, es de las personas que mejor saben vivir: no tiene grandes aspiraciones, no le interesa romperla ni hablar todo el día de lo que hace, no busca “pegarla” como sea... Eso te hace sentir los pies sobre la tierra. Hay una frase que le escuché a Shirley McLaine, un poco cursi pero muy acertada: “La cabeza en las estrellas y los pies en la tierra”. Cuando te empieza a ir bien en una profesión, te podés poner muy ambicioso. Ese es el camino a la perdición, porque tenés que empezar a calcular muchas cosas, dejás de volar.
—¿Cómo te llevás con la edad? ¿Es algo que te preocupa?
—No me llevo mal, pero a los 46 empezás a sentir que se termina (risas). Pasa demasiado rápido la vida. El problema es con la finitud de la vida, más que con la vejez.
—¿En qué aspectos de la crianza de tus hijos te enfocás más?  
—Estudiar teatro no fue lo más fácil. Mis viejos no me apoyaban demasiado al principio. Me decían “bueno, ¿pero aparte qué vas a hacer?”. De ahí viene la inseguridad, creo. Mis hijos me tienen a favor en ese sentido. Obvio que me voy dando cuenta de cosas en las que me he equivocado, pero también está bien para ellos que tengan que pelearse con mis equivocaciones.

Alejandro Lingenti