ESPECTACULOS DOBLAJE

Un retroceso cultural notable

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Foto:Cedoc Perfil

Muchos de quienes viven en el sur y en el oeste del Gran Buenos Aires o en el interior del país si quisieron ver Perdida (David Fincher) en el cine sólo pudieron acceder a su versión doblada al castellano. Sí, se trata de una película calificada como sólo apta para mayores de 16 años. En el caso de producciones destinadas a un público más amplio (de Los Muppets a Capitán América) el problema es aún mayor y la falta de opción absoluta. Es claro que para quienes deciden qué podemos ver en las salas, gran parte de nuestro país es un territorio ganado por el analfabetismo.
Desde la década del 30 que se intenta imponer el doblaje en nuestro país (¿cómo no recordar el filoso texto en su contra de Jorge Luis Borges?), con la idea de tratar a toda América Latina como un solo mercado. Lo que en ese entonces no se consiguió con una avanzada frontal, paso a paso, casi de manera inadvertida, ha logrado minar la que desde siempre fue nuestra cultura en relación con el cine. En los 30 y en los 90 los intentos fracasaron. Pero no hay tiempos, sino objetivos; y la realidad actual resulta ominosa.

Se nos dice que “la gente” (esa entelequia que se utiliza para justificar cualquier cosa) prefiere ver el cine doblado a tener que leer subtítulos. Pues bien: no hay datos concretos que avalen esa afirmación. Además, como se dijo, la opción es cada vez menos real. Es cierto que esta política comercial, si no hacemos algo al respecto, terminará por hacer que se cumpla esta profecía. Pero más allá de la subestimación o de las estrategias comerciales, hoy pareciera que o nos acostumbramos a no escuchar nunca más las voces de los actores o actrices que nos apasionan o dejamos de ir al cine. El doblaje hiere y contamina la obra cinematográfica. No sólo porque suprime y suplanta un elemento tan esencial de la actuación como es la voz, sino porque modifica por completo el diseño de sonido del film. Se pierde además una herramienta, una habilidad cultural adquirida y mantenida durante generaciones: la de decodificar simultáneamente las imágenes en pantalla y el texto escrito en el subtitulado.
Hace no tanto tiempo, la idea de poder seguir de corrido el subtitulado de una película era un aliciente que nos impulsaba a leer y aprender. Hoy pareciera que se premia la pereza y, como en tantas otras cuestiones, la carencia de políticas culturales hace que los que manejan el negocio dispongan también los lineamientos de dichas políticas. A este ritmo, en un futuro no muy lejano ir al cine será optar entre el cine nacional que excepcionalmente llega al gran público y los tanques de Hollywood doblados en México. O aquí, para generar una “nueva industria”. ¡Ojo!, este espejismo ya nos engañó en su momento con la obligatoria inclusión de “números vivos” antes de la proyección de películas. El asunto llegó hasta la Corte Suprema (“Cine Callao”), pero los eufemismos no pudieron contra el peso de la realidad: la falta de apoyo del público terminó por sellar la suerte de esa práctica.

De allí podemos extraer una enseñanza: pensemos en lo que podemos hacer por nuestra cuenta, ya que el Estado no ha demostrado mayor interés hasta el presente en el asunto. Primero, dejar de consumir lo que intentan imponernos. Y educar a nuestros hijos, aportándoles herramientas que favorecerán su lectoescritura y comprensión de textos, que les permitirán una formación cultural suficiente para gozar de un cine no intervenido. Y hacernos oír; el lobby de los actores intentando generarse una fuente laboral es fuerte y la Administración parece proclive a escucharlo. Nuestro respeto hacia ellos y su trabajo no llega al punto de tolerar que en el futuro destrocen las películas locutores o actores argentinos en lugar de mexicanos.

Todavía estamos a tiempo de proteger la posibilidad de que exista una opción real. Una manera de evidenciar nuestra postura es firmando la petición en www.change.org “detengamos el avance del doblaje en el cine”. Eso nos permitirá ver cuántos pensamos que éste sí es un tema relevante para nuestra cultura. Otros modos tienen que ver con la iniciativa popular o la petición para que el Incaa tome cartas en el asunto. Deberíamos pensar en recorrer esos caminos.
El avance del doblaje, aunque pueda parecer un problema menor, expone una creciente decadencia cultural. Así como mejorar la educación es una tarea que excede a la escuela, garantizar el acceso a la cultura de manera diversa, respetuosa y plural se vincula con cómo se termine decidiendo esta puja de intereses.

*Crítico de cine. Especialista en Derecho Público. Juez de la Cámara Contencioso Administrativa y Tributaria de la CABA.



Fernando E. Juan Lima