ESPECTACULOS ENTREVISTAS

Valentía de diva

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La entrevista es un género que investigué desde que inicié mi carrera profesional, hace treinta años. Siempre me interesó atravesar el alma humana y recorrer los laberintos de las personalidades más destacadas del universo del show business. Con los años me especialicé en el arte del espectáculo y tuve grandes maestros que aportaron su expertise y su generosidad:
Francisco “Pancho” Loiácono, Chiche Gelblung, Enrique Torres, entre otros tantos profesionales con los que compartí redacciones y páginas de revistas: La semana, Semanario, Libre, Fama... El final de la década de los 80 y el inicio de los 90, con el lanzamiento de la revista Caras, generó dentro del medio periodístico cambios estéticos y estructurales. Al destacado periodista y escritor colombiano,
Gabriel García Márquez, una vez lo escuché decir “Para hacer una buena entrevista sólo se necesitan dos; el resto es como el amor: hay que saber hacerlo”.
El trabajo periodístico del libro Divas –editado por Caras y Planeta–, donde fueron entrevistadas 17 de las mujeres más relevantes de la Argentina: Susana Giménez, Mirtha Legrand, Graciela Borges, Nacha Guevara, Natalia Oreiro, Sandra Mihanovich, Elena Roger, Liza Minnelli (en su casa de Nueva York), Marilyn Monroe (en un reportaje onírico extraído de sus propios testimonios), Cecilia Roth, Isabel Sarli, Araceli González, Andrea del Boca, Florencia Peña, Patricia Sosa y Valeria Lynch, exalta el género del reportaje en su máxima expresión literaria. Lo acompañan exclusivas producciones gráficas y fotos únicas del archivo personal de las protagonistas. Además, como bonus track, un tributo a la película La Mary, al celebrarse los cuarenta años de su estreno, donde Susana se atreve a recordar su romance con Carlos Monzón, con quien vivió episodios de pasión, fuego y violencia. “Carlos tenía el cuerpo de una pantera y sus besos eran maravillosos”, recuerda de aquella relación Giménez de apenas 29 años.
Desde lo personal, intenté ingresar en cada una de ellas para poder amarlas –como dijo Gabo– con la misma honestidad y precisión que realicé las preguntas más íntimas y filosas. Sólo a través del amor, entendí finalmente, se logró un confesionario donde el maquillaje de las divas se fue diluyendo para dejarlas expuestas y en carne viva. Ser un referente femenino en un imperio manejado –en su generalidad– por hombres, no es una tarea fácil de realizar. Se necesita valentía, coraje, esconderse de los miedos y refugiarse en los impulsos de la valentía, la lucha y la opresión. Cada una de ellas impactó en la sociedad argentina por diversos motivos y fueron impulsadas a defender sus propios logros sin dejarse intimidar por las críticas. Supieron dejar huella e instalar un nombre propio, aún padeciendo infancias interrumpidas, juventudes perdidas, y en casi todas, el sufrimiento del bullying. “Me daba tanta vergüenza mi voz que dejé de hablar”, dice Graciela Borges, hoy una de las voces más emblemáticas del cine nacional. Son mujeres transformadoras, que utilizan la superación para salir airosas de lo más traumático de la vida.
La mayoría de las entrevistas fueron realizadas en sus casas. Fui recibido con mesas vestidas para tomar el té, café, masas, cookies de colores, y una de ellas, cordialmente, me ofreció acompañarla a tomar una copa de whisky. Las charlas se prolongaron por más de dos horas –demasiado tiempo para una diva– y ninguna interrumpió los climas para dar por finalizada la confesión. Algunas lloraron, otras putearon, otras se arrepintieron, pero todas se dejaron desangrar por la puñalada de sus propios dolores. “Yo supe lo que era no tener un mango –confesó la Giménez–. A los 11 años confeccionaba cuellos de lana y me los pagaban por unidad. No recuerdo un beso de mi padre... Para ser sincera, prefiero los besos de uno de mis perros que el de un hombre. Casi todos me estafaron. Me robaron. Puedo pagar a una persona que trabaja para mí, pero a un marido, jamás”. “Fui consciente de que Daniel me engañaba –admitió la Legrand–, pero nunca me iba a permitir destruir una familia. El era infiel, pero yo siempre supe que a la que quería era a mí.
¿Aceptar la sexualidad de mi hijo? A mí me costó más aceptarlo. Jamás lo hablé con él ni con su padre. Ahora todos mis amigos gays me presentan a sus parejas como socios...”. “Yo no soy social –finalizó la Borges–, soy íntima. Prefiero la risa al sexo. Fui virgen hasta los 20 años. Una sola vez en mi vida viví un romance frenético en la Polinesia. Recuerdo que miré al cielo y le dije a Dios ‘voy a disfrutarlo como lo último de mi vida’, ¿y sabés?, cumplió”.
Para ser diva hay que ser valiente. Y en esa valentía y coraje con el que desandan sus vidas, una estela de luz las acaricia como un manto de oro, para ubicarlas en un lugar tan inalcanzable como real y humano.

*Vicedirector de revista Caras y autor del libro Divas.



Héctor Maugeri