INNOVACION TECNOLOGICISMO UTOPICO


Quién es quien y cómo diferenciar entre economía colaborativa y neocapitalismo

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Foto:Faccion

¿De qué hablamos cuando hablamos de “sharing economy”? ¿Tiene sentido traducirlo como “economía colaborativa”, e identificar bajo ese nombre a empresas millonarias basadas en plataformas online, como Uber o la que revoluciona el mercado hotelero, Airbnb? Este fue uno de los ejes de discusión del encuentro Comunes, una iniciativa del Goethe-Institut junto a Minka y el portal El plan C, que reunió en Buenos Aires a destacados especialistas internacionales.
Uno de los más solicitados fue Neal Gorenflo, cofundador de la revista online y nodo de cultura colaborativa Shareable, y creador de la iniciativa Sharing Cities Network. Gorenflo vive en Mountain View, California, muy cerca de los cuarteles centrales de Google, y conoce de cerca a las grandes corporaciones de Silicon Valley. En el debate “Los escenarios de la colaboración”, marcó diferencias entre lo que hoy conocemos como “sharing economy”, donde se usan herramientas tecnológicas para conectar recursos disponibles y disrumpir industrias tradicionales sin prestar atención al factor humano, y la “verdadera economía colaborativa”, orientada a la gente, donde se distribuye el capital y el poder. “Hay estructuras corporativas muy agresivas en la sharing economy. Son ‘business as usual’, monopolio, competencia y explotación”, afirmó.
Algunos críticos proponen llamar “capitalismo de plataformas” a esta cepa reciente de grandes empresas que basan su éxito no en los bienes que poseen sino en los datos que conectan. Lo dijo Tom Goodwin el año pasado: “La compañía de taxis más grande del mundo, Uber, no posee vehículos; el dueño del medio más popular del mundo, Facebook, no produce contenidos; el retailer más valioso, AliBaba, no tiene inventario, y el proveedor de alojamiento más grande del mundo no tiene inmuebles”. Todas disrumpen las industrias tradicionales, pero eso no las hace “colaborativas”.    
En Comunes, Neal Gorenflo propuso como antídoto a estos nuevos monopolios una solución a la vez antigua y moderna: cooperativas de plataforma. Es decir, plataformas online donde aquellos que proveen los bienes y el trabajo (los choferes de Uber, los anfitriones de Airbnb) sean a la vez los dueños y los que toman las decisiones, en una estructura cooperativa. Ya existen antecedentes en EE.UU. y Europa. Y cerró con un llamado urgente: “Las cooperativas tienen que apurarse a actualizarse porque las grandes empresas son una amenaza real”. Desde una visión más académica, Jorge Bragulat, director del posgrado en Economía Social de la UnTreF, coincidió: “Para llegar a un consumo no alternativo sino alterativo, donde se elimine el lucro, hay que asociar personas, no capitales.”
El punto en estas compañías es justamente la extrema centralización de las ganancias. “En la sharing economy hay empresas muy centralizadas. Uber, Airbnb y e-Bay siguen siendo los dueños y jefes de sus compañías”, dijo Carolina Ruggero, representante de la Sociedad de las Indias Electrónicas. “Esto pone en juego hasta la soberanía: imagínense si el sistema de transporte de Nueva York se manejara desde Buenos Aires”. Ruggero presentó la propuesta de Las Indias: sharings, un prototipo de herramienta de software libre para generar una economía colaborativa verdaderamente distribuida, gratuita y autónoma, que descanse en los servidores de cada integrante de la red. “Nunca en la historia fueron tan baratos los medios de producción”, cerró Ruggero. “Las herramientas son las que queramos que sean.”

“A Uber no hace falta prohibirlo: suele ser ilegal”
—¿Por qué aconseja a las ciudades que prohíban Uber?
—NG: Bueno, no hace falta prohibirlo, porque en general es ilegal. El punto con Uber es que no distribuye las ganancias; tiene la prepotencia de las empresas globales, y no aporta nada a la ciudadanía.
—¿Por qué cree que se impone como “inevitable”?
—Ese aura de inevitabilidad creada a base de capital y prensa es una falacia. Puro determinismo tecnológico. Lo determinante en Uber no es la tecnología; la tecnología es pedestre y cualquiera podría reproducirla para crear una aplicación adaptada a las necesidades locales. Los millones que Uber recauda se gastan en lo que ellos llaman “botas en el terreno”: lobby y marketing. Así es como entran a las ciudades sin respetar reglas. Cuantas más reglas rompen, más clientes y prensa consiguen, lo que les permite levantar más inversiones. Y si los taxistas hacen huelga, ¡bingo! Es emprendedorismo de shock y pavor.
—¿Cuál es la alternativa?
—Las herramientas tecnológicas ya están disponibles. Las comunidades no son todas iguales. Cada una debe diseñarse sus propias soluciones colaborativas a medida. No hay que dejar que Uber marque la cancha.



Marcela Basch