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El “monstruo de Cleveland” armó una sala de torturas en la casa del horror

Surgieron nuevos detalles macabros en Ohio. El juez puede aplicar la pena de muerte. Habló una hija del secuestrador: “Es el peor criminal”. Las mujeres sufrieron abortos.

De terror. La policía de Cleveland custodia la casa de Castro, en la que durante una década tuvo secuestradas a tres mujeres. |

ap/afp/dpa
Desde Ohio
Los detalles escabrosos parecen no agotarse en el caso del triple secuestro sexual que se descubrió esta semana en la ciudad estadounidense de Cleveland, Ohio, donde tres mujeres desaparecidas hace más de una década aparecieron en la casa de un hombre que las mantenía en cautiverio mientras las violaba y las encadenaba. Una prueba de ADN confirmó ayer que el secuestrador Ariel Castro es el padre de la hija nacida en el encierro de una de las víctimas, Amanda Berry.

Según revelaron fuentes policiales, Castro llegó a crear “una cámara de tortura en su casa, que durante diez años fue una prisión privada en el corazón de la ciudad”. Berry, Michelle Knight y Gina De Jesús –a quienes el captor secuestró por separado, pero en circunstancias similares– sufrieron maltratos físicos, psicológicos y sexuales de todo tipo.

Knight, la primera víctima, declaró a la Justicia que Castro la violó varias veces y que la forzó al menos cinco veces a abortar embarazos. La dejaba varios días sin comer y le pateaba la panza para que perdiera sus bebés. La joven también relató que el “monstruo de Cleveland” la obligó a asistir a Berry en su traumático parto, ocurrido en la Navidad de 2006 sobre una pileta inflable. Castro amenazó a Knight con matarla si su hija no sobrevivía esa noche.

El juez que lleva el caso fijó una fianza de 8 millones de dólares para evitar que Castro recupere la libertad. Al mismo tiempo, el fiscal que lleva el caso evalúa si solicita la pena de muerte, tal como lo permiten las leyes del estado de Ohio.

Ayer rompió el silencio Angie Castro, una de las hijas del secuestrador. “Para mí, él murió: es el peor criminal, vil y demoníaco –dijo la joven a la cadena CNN–. En el pasado conocí a un hombre gentil y amigable. Cuando íbamos a su casa comíamos y escuchábamos música. Papá siempre se mostraba relajado y divertido, y jamás nos apuraba para que nos fuéramos. Pero ahora no quiero volver a verlo en mi vida. No volverá a ser mi padre, no lo puedo aceptar”.

Castro tenía múltiples vínculos con la familia de Gina De Jesús, de origen portorriqueño al igual que su captor. Arlene Castro, otra de las hijas de Ariel, era una de las mejores amigas de Gina y fue la última persona que la vio el día de su secuestro, cuando ambas salieron juntas de la escuela. El abuelo de De Jesús también era íntimo amigo de Julio Castro, tío del secuestrador, y conocía a Ariel y a sus hermanos. El victimario incluso era cercano a los padres de su víctima, a tal punto que participó en campañas para su búsqueda y en festivales solidarios para encontrarla.

Aunque mantuvo encerradas a las tres mujeres durante diez años, Castro no se preocupó demasiado por ocultar a Jocely, la hija de seis años que tuvo con Berry: la llevaba al parque y la mostraba a los vecinos.

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