INTERNACIONAL APRENDIZAJE

El día a día en un campo de refugiados sirios en Jordania

Los niños aprenden Capoeira y así evaden por unas horas la dura realidad que les toca. La realidad de los palestinos que llevan años en esas condiciones.

 Nieves y Sidra, una refugiada siria de 12 años que aprende capoeira en Jadal, un centro comunitario en Amman.
Nieves y Sidra, una refugiada siria de 12 años que aprende capoeira en Jadal, un centro comunitario en Amman. Foto:Nieves Zuberbühler
El Holocausto, Cambodia, Bosnia, Ruanda y ahora Siria. La historia se repite y el mundo no aprende. A más de seis años de su estallido, la guerra civil en Siria ha provocado cerca de medio millón de muertos, 6,3 millones de desplazados internos y casi 5 millones de refugiados en otros países.

Me resultó imposible no asumir un compromiso mientras se desplegaba la peor crisis humanitaria de nuestro tiempo, lo que me llevó a involucrarme cada vez más con diferentes personas y organizaciones que brindan ayuda en Medio Oriente. Este verano mi cuñada Bettina y yo nos ofrecimos como voluntarias para viajar a Jordania con una organización llamada Capoeira4Refugees (C4R) que se dedica a enseñar capoeira a refugiados sirios, tanto dentro como fuera de los campamentos. 

La capoeira es un arte marcial brasilero que incluye elementos de danza y música y se utiliza con éxito como método para sanar daños psicológicos causados por la guerra e inculcar los sentimientos de grupo y pertenencia a una comunidad. Durante años ha sido una herramienta sumamente efectiva para rehabilitar a los niños soldados que se rescatan en África, y hoy en día también sirve de ayuda a refugiados sirios.

El propósito principal de nuestra visita era producir material audiovisual para el equipo de comunicación, además de asistir a los entrenadores en las clases de capoeira. Como C4R es subcontratada por múltiples organizaciones que trabajan con inmigrantes sirios, presenciamos muchas y diversas clases, practicadas al tiempo de nuestras visitas a distintos centros comunitarios y campamentos de refugiados. Esto nos ofreció la posibilidad de conocer un amplio abanico de proyectos, soluciones humanitarias y personas que los llevan a cabo. Asimismo, complementamos este aprendizaje mediante reuniones con los equipos locales de organizaciones como las Naciones Unidas y el Comité Internacional de Rescate, entre otras, que facilitaron nuestra comprensión del panorama y los obstáculos a los cuales se enfrenta Jordania.
 
Jordania y sus refugiados
 
Jordania es un país de 9.5 millones de habitantes, de los cuales se calcula que alrededor de un tercio son refugiados. Desde hace casi setenta años acoge oleadas de inmigrantes palestinos, iraquíes y ahora sirios, que escapan de conflictos regionales. Según la ONU, 657,000 refugiados sirios cruzaron la frontera, aunque de acuerdo al gobierno la cifra correcta es 1,400,000. Es interesante comparar estos números con los de Estados Unidos, un país con una población de 324 millones de habitantes que desde el comienzo de la guerra civil en Siria admitió a menos de 20,000 refugiados provenientes de este país.

En esencia Jordania comparte aquella responsabilidad humanitaria con dos países: Turquía, que asila a tres millones de sirios, y el Líbano, aunque aquí el gobierno se negó a permitir el establecimiento de campamentos formales y por lo tanto más de un millón de refugiados vive en condiciones en extremo precarias.

No es difícil percibir el difundido rencor que existe contra Estados Unidos, y el sentimiento generalizado de que la invasión norteamericana a Iraq, el caos que persistió tras la guerra y la radical marginación de los sunitas son las principales razones del nacimiento del Estado Islámico. Durante el viaje varias personas nos transmitieron la creencia de que Estados Unidos es el mayor culpable de la crisis que atraviesan Siria e Iraq, y que sin embargo no asume el costo de sus consecuencias, que corre por cuenta de los países vecinos, incomparablemente más pobres, como Jordania. Conforme al Banco Mundial, los refugiados sirios representan para Jordania un gasto de dos mil quinientos millones de dólares, equivalente al 6% de su PBI. 
En junio de 2016, tras un ataque perpetrado por el Estado Islámico contra una barrera militar en la zona que limita con Siria, Jordania cerró por completo la frontera. En esta zona limítrofe quedaron atrapadas 80,000 personas sin alcance alguno a asistencia médica o humanitaria. Debido a la falta de comunicación y a la imposibilidad de llegar a esta tierra de nadie, se desconoce la cantidad de muertes que han ocurrido desde entonces, pero es escalofriante ver la profusión de tumbas que revelan las imágenes satelitales.

De aquellos sirios que sí lograron entrar a Jordania, una cuarta parte vive en tres principales campamentos de refugiados, con acceso básico a salud, agua y alimentos provistos por el gobierno, la ONU, y distintas organizaciones internacionales. Es importante aclarar que una vez que las personas ingresan a un campo de refugiados y se registran, no se les permite salir y volver a entrar por su propia voluntad.  Quienes conforman las restantes tres cuartas partes viven repartidos en pueblos y ciudades de Jordania, la gran mayoría por debajo del umbral de pobreza del país.
 
Zaatari y los sirios

El campamento sirio de refugiados más grande del mundo se llama Zaatari, y queda a una hora de Amman, la capital de Jordania. Allí se recluyen 80,000 personas y al día de hoy es la cuarta ciudad más grande del país. Cuando fue abierto en el 2012 por el gobierno y las Naciones Unidas, los refugiados vivían en carpas, pero en el transcurso de estos seis años las reemplazaron por caravanas de metal corrugado. Más del 58% de sus habitantes son niños, muchos de ellos huérfanos.

Era emocionante visitar el campamento con los niños que corrían a abrazarnos y las familias que nos invitaban a sus hogares, ofreciéndonos algo para beber y comer. Cuando yo preguntaba a donde querrían vivir la respuesta nunca era Europa o Estados Unidos: siempre contestaban que su sueño era volver a casa, a Siria. Los habitantes de Zaatari creían que estarían alojados allí una semana, tal vez un mes; nadie imaginó que la estadía se prolongaría tantos años.

C4R brinda clases a grupos de hombres, mujeres y niños que viven en el campamento; todos describen cuanto se divierten y despejan cuando practican capoeira, y lo mucho que disfrutan de lo que llaman la hora más feliz de su semana. 
Es fundamental que en los campamentos existan actividades como la capoeira, que ayudan a las personas a transitar por un momento tan traumático. También es esencial que se ofrezcan oportunidades de aprendizaje, no sólo para contrarrestar la sensación de pérdida de tiempo, sino para ayudar a los refugiados a desarrollar habilidades que les sean útiles en el futuro. Creo que una de las mejores formas de ayudar es cooperando con organizaciones que, por ejemplo, ofrecen cursos de inglés, informática, costura o diseño gráfico, tanto dentro como fuera de los campamentos.
 
Baqa'a y los palestinos

En C4R, la persona con quien Bettina y yo trabajamos de forma más cercana se llama Morgane, una joven franco-libanesa de veintisiete años que fue nuestra anfitriona de lujo. El primer día libre que tuvimos nos propuso recorrer Baqa'a, un campamento de refugiados palestino creado en respuesta a la guerra árabe-israelí de 1967. Hoy en día cuenta con una población de más de 100,000 personas, lo que representa el campo de refugiados más grande de Jordania.

En la actualidad Baqa'a es una ciudad y es casi imposible distinguir sus límites con un barrio lindero. Uno advierte que se encuentra dentro del campo cuando comienza a ver en las paredes grafitis de llaves, uno de los símbolos más significativos en la cultura palestina. Cuando en 1948 miles de ellos fueron expulsados como consecuencia del conflicto bélico con Israel, al que denominan Al Nakba (en árabe significa catástrofe, calamidad o desastre), cerraron las puertas de sus casas y guardaron sus llaves, creyendo que eventualmente volverían. Hoy, casi setenta años más tarde, la llave constituye un emblema de su derecho a regresar a casa.

Los índices de pobreza y desempleo son particularmente altos en Baqa'a, y el 40% de sus habitantes tiene un nivel de ingreso por debajo de la línea de pobreza nacional. Hay una convicción unánime entre las comunidades palestinas más indigentes que viven en Jordania y es que, tras el comienzo de la guerra civil siria y el consecuente influjo de refugiados de aquel país, sus problemas y necesidades pasaron a un segundo plano. Sienten que han sido olvidados. Cuando relatamos esta preocupación palestina a los equipos de las ONGs de ayuda humanitaria basadas allí, muchos estaban de acuerdo, y a su pesar admitieron que en el presente la mayoría de los recursos que reciben se destinan a los refugiados sirios.

Fue triste percibir como tantas personas consideran que la crisis palestina es una causa perdida, un problema sin solución. No alcanzo ni siquiera a imaginar la angustiante desesperación que sufriría ante la desaparición de mi país. Por otro lado, no pude evitar preguntarme si Baqa'a no es un anticipo del futuro de Zaatari y los demás campamentos sirios. El conflicto palestino es muy diferente al sirio, ya que Siria aún existe como país, y la esperanza es que el día que termine la guerra el pueblo pueda retornar. Pero nadie sabe cuándo llegará ese día, y tampoco se sabe si la transición hacia la paz será un proceso ordenado o caótico, como es en Irak y Libia. Las incógnitas son demasiadas y demasiado inquietantes.  

Uno de los días que visitamos Baqa'a, Morgane nos llevó a un centro de mujeres en donde elaboran manualidades. Nos fascinaron unas fundas para almohadones con bordados tradicionales palestinos y les compramos la totalidad su stock. Las mujeres no podían concebir lo que ocurría, y con lágrimas emocionadas nos fundimos todas en un abrazo inolvidable. Enseguida subimos una foto de los almohadones a las redes sociales y en menos de una hora vendimos todas las fundas, cobrando un precio más caro para poder donar el excedente entero al centro de niños del mismo campo palestino. Recibimos tanto apoyo de parte de la gente que decidimos continuar vendiendo sus manualidades por Internet, y convertir en un proyecto duradero algo que comenzó como una publicación espontánea en Instagram. 

Estoy convencida de que la principal manera de ayudar a las comunidades más vulnerables es mediante la capacitación de sus integrantes para facilitarles independencia y dignidad. Con esta idea en mente, estamos poniendo en marcha otros proyectos similares junto a Bettina y Morgane, intentando capacitar a la mayor cantidad posible de personas. Creo que, si la ayuda se limita a cubrir necesidades básicas y donar alimentos, se refuerza una subordinación hacia los países más ricos, reemplazando la dinámica del colonialismo por la caridad, pero manteniendo la siniestra lógica de la dependencia.
 
Vincenzo y la bufanda
 
Gracias a Morgane también conocimos a su amigo Vincenzo, un italiano de 45 años que solía ser profesor de filosofía y estética en una universidad de Roma y que a su vez trabajaba como escenógrafo en rodajes de películas. Con su característica vivacidad italiana nos relató la anécdota que cambió su vida. Un día, mientras trabajaba en una filmación, la actriz principal no lograba encontrar su bufanda y comenzó a protestar y a llorar a los gritos, en ese mismo momento Vincenzo recibió en su teléfono una alerta sobre un atentado en la Franja de Gaza que acabó con las vidas de dieciocho niños. Al comparar esta noticia con la ridícula situación de la bufanda de inmediato Vincenzo decidió mudarse a enseñar filosofía en la universidad de Gaza. Su descripción de cómo es vivir en Gaza es espeluznante: falta de agua, comida, electricidad y medicina; atentados, montañas enormes de basura en las calles, edificios destruidos y los barrios colmados de personas muertas en vida. Vincenzo se refiere a Gaza como la prisión más terrorífica del mundo. Cuenta que como  no pudo aguantar ni un año en aquel infierno decidió mudarse a Amman, donde abrió un restaurant y centro cultural con el objetivo de despertar conciencias respecto de las cuantiosas crisis que azotan al Medio Oriente; además coopera con varias ONG locales.
La historia de Vincenzo impactó en lo más profundo de mi ser. Creo que su “momento bufanda” y la toma de conciencia sobre la suerte que él tuvo al nacer donde nació y no en un sitio como Gaza, es el primer paso para darle perspectiva a la vida y a los problemas que cada uno enfrenta, y preguntarnos cuánto estamos ayudando a aquellos que tuvieron menos suerte que nosotros. 
Yo no tengo ningún mérito por haber crecido en un hogar en el que jamás faltaron alimentos ni agua, o en una familia que pudo pagar mi educación. De la misma manera, los niños que llegan a este mundo para toparse con guerras, terrorismo, hambre y miseria son víctimas inocentes de un destino impuesto injustamente sobre ellos. Creo que aquellos que fuimos más afortunados tenemos la obligación de ser agradecidos y de no darles la espalda a las comunidades vulnerables de este planeta. Y comunidades vulnerables las hay en todas partes, por eso la manera más efectiva de empezar —para luego continuar— a aportar nuestro granito de arena y entender con claridad los problemas que buscamos solucionar, es enfocarnos en nuestro ámbito más próximo, en las personas necesitadas del país en que vivimos, con compromiso y empatía.  
Deseo fervientemente que el “momento bufanda” se expanda por todo el mundo.


Nieves Zuberbühler