INTERNACIONAL

El Partido Republicano y la política exterior norteamericana

Los aspirantes a la Presidencia no sólo reúnen poca experiencia en asuntos internacionales sino que también defienden posturas atípicamente duras. ¿Cambia el enfoque?

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Foto:CEDOC.

Los republicanos corrieron con una ventaja sobre sus rivales del Partido Demócrata durante el último medio siglo. Especialmente después de la Guerra de Vietnam, los demócratas cargaron con el estigma de ser acusados de excesivamente ingenuos frente a las duras realidades de la política internacional. Por varias décadas, las encuestas demostraron consistentemente que los norteamericanos confiaban más en el criterio del Partido Republicano para tratar con el resto del mundo. Sin embargo, la lista de aspirantes para encabezar la fórmula republicana en las presidenciales de 2016 exhibe dos anomalías. Los precandidatos no sólo reúnen poca experiencia en asuntos internacionales sino que también defienden posturas atípicamente duras en política exterior.

Una disección del Partido Republicano. El Partido Republicano es una bestia de varias cabezas. Encontrar una doctrina partidaria unificada es una tarea fútil. En su interior conviven tendencias muy diferentes. Un republicano centrista de Nueva York puede compartir pocas coincidencias con su colega del Tea Party en Texas. La plataforma partidaria para la política exterior no es la excepción. Aunque existen varias familias ideológicas en lo que respecta a este campo, dos son las que dominan: los realistas y los halcones.

Los realistas son los que ven a la política internacional como un mundo irremediablemente imperfecto. La lucha por el poder ocupa el centro de escena. Cada estado se atiene a defender sus intereses nacionales. Para ellos, la tarea de Estados Unidos debe limitarse a mantener las bases de su liderazgo mundial y custodiar el orden institucional liberal creado después de la Segunda Guerra Mundial. La virtud cardinal en este juego, más que la osadía, es la prudencia. El realista es un pragmático que busca ahorrar costos y sabe muy bien que recurrir a la fuerza tiene su precio. El estadista exitoso a largo plazo no es el activista incansable sino el diplomático paciente. Este es el que entiende los límites de la mano que le tocó. Hasta la principal superpotencia debe ocasionalmente consultar a sus aliados y negociar con sus rivales.

El segundo grupo considera que una política exterior sin una brújula moral claudica la función de proteger los valores más queridos de sus ciudadanos. Los “halcones” son aquellos que se encuentran imbuidos en el excepcionalismo norteamericano. Como a todos los evangelizadores, les resulta insoportable la brecha entre principios morales y las miserias de la política internacional. Pero el suyo no es un sentimentalismo meditativo. Los halcones proponen una ambiciosa agenda de promoción de la libertad y la democracia. Para ellos es indispensable contar con una política exterior activista -“agresiva”, dirían otros- que revalide el liderazgo de Washington. En un mundo donde el mal es una realidad persistente, donde el Estado Islámico riega el desierto con cabezas cercenadas, no tiene sentido ser tímido en el despliegue del asombroso poder militar norteamericano.

Falta de experiencia. La primera anomalía de la cohorte de pretendientes republicanos es su relativa inexperiencia en política exterior. El Partido Republicano de la segunda mitad del siglo XX gozó de la reputación de ser el hogar de los funcionarios mejor preparados en este área. Pero en la actual interna no figuran ni embajadores ni veteranos con destinos en el exterior ni empresarios de corporaciones multinacionales. Hasta Mitt Romney, el candidato republicano para la elección de 2012, podía razonablemente resaltar sus años como CEO de la inversora global Bain Capital.

La mayoría de los presidenciables republicanos dedicaron sus carreras políticas a temas domésticos. Es cierto que los legisladores Marc Rubio, de Florida, y Rand Paul, de Kentucky, forman parte del Comité de Relaciones Exteriores del Senado. Lo mismo que el senador Ted Cruz, de Texas, para el Comité de las Fuerzas Armadas. Pero el hecho es que los tres ocupan estos asientos desde hace pocos años. Todavía les falta para, razonablemente, reclamar el título de “expertos” en asuntos internacionales.

Esta inexperiencia de los aspirantes republicanos delata una apreciación poco pulida de la política internacional. Algunas declaraciones hasta hacen sospechar de una alegre condescendencia hacia el resto del mundo. Este fue lo que dio a entender la respuesta del gobernador de Wisconsin, Scott Walker, cuando se le pidió que nombrara la decisión de política exterior más trascendental que recordara. Walker pudo haber recurrido al repertorio de grandes momentos internacionales de los presidentes republicanos. El establecimiento de relaciones exteriores con China comunista orquestado por Richard Nixon. O la dúctil diplomacia de George H. W. Bush (padre de George W. Bush) para acordar con europeos y soviéticos la unificación pacífica de las dos Alemanias. En cambio, Walker optó por una medida de Ronald Reagan que empalidece en comparación a los hitos anteriores: el despido en 1981 de 11.000 controladores de tráfico aéreo en huelga.

Pero lo preocupante para los republicanos es que los demócratas cuentan con mejores pergaminos. Hillary Clinton encabezó la diplomacia norteamericana como primera secretaria de Estado de Barack Obama. Y el actual vicepresidente, Joe Biden, además de participar activamente en el gabinete de política exterior de Obama, lideró el Comité de Relaciones Exteriores del Senado en más de una ocasión.

El vuelo de los halcones. La segunda anomalía tiene que ver con la sobrerrepresentación de los halcones en la primaria republicana. Los precandidatos participan de un sparring verbal para demostrar quién es el más duro de todos.

El acuerdo nuclear con Irán es un caso ilustrativo. Realistas dentro y fuera del partido lo aprobaron. Admiten que es un arreglo menos que perfecto pero preferible a la alternativa de cruzarse de brazos o proceder con un ataque preventivo. Pero los republicanos en carrera apostaron por la verborragia. Jeb Bush comparó a Barack Obama con Neville Chamberlain -el primer ministro británico que prefirió apaciguar a Adolf Hitler antes que hacerle frente-; Donald Trump sentenció que los negociadores norteamericanos “deberían estar avergonzados” y que “sólo los muy estúpidos están a favor”; Marc Rubio y Ted Cruz no descartaron una operación militar. Pero el premio se lo llevó el exgobernador de Arkansas Mike Huckabee cuando acusó a Obama de “llevar a los israelíes a la puerta del horno”.

Este comportamiento histriónico probablemente se explique por algunos de los sondeos de opinión que circulan entre los despachos de campaña. Una encuesta del Pew Research Center indicó que 9 de cada 10 norteamericanos opinan que la política exterior de Obama no es lo suficientemente dura (tough).

El caso del senador Rand Paul es indicativo del progresivo endurecimiento del Partido Republicano. Aunque en sentido estricto Paul pertenece a la facción de los republicanos libertarios, los realistas lo abrazaron como su hombre en la carrera. Paul aprobó el acercamiento con Cuba como una decisión razonable. Es también un declarado crítico de lo que considera como aventuras militares innecesarias. En 2011 le bajó el pulgar a la intervención de norteamericanos y europeos para derrocar al dictador libio Muamar Kadafi. Hasta llegó a expresar su beneplácito durante las primeras rondas del diálogo con Irán.

Pero incluso Paul sintió la necesidad de escribir en la revista Time que él no es “ningún aislacionista”, el epíteto utilizado por los “halcones” para descalificar a los que proponen una política exterior menos activista. Finalmente, Paul cerró filas con el resto de sus pares. Aclaró que él también rechaza la versión final del acuerdo con Irán y ve con buenos ojos que Estados Unidos se involucre en Oriente Medio para enfrentar al Estado Islámico.

Quien se encuentra en un juego de equilibrismo todavía más complicado es el republicano con mejores chances para ganar la primaria: el exgobernador de Florida Jeb Bush. Las herencias familiares lo empujan en direcciones opuestas. Su padre George H. W. Bush es uno de los santos patrones del panteón de los republicanos realistas. Y aunque hoy en día los “halcones” prefieran ni siquiera nombrarlo, George W. Bush, el hermano mayor de Jeb, representó el pináculo de la política exterior activista y unilateral durante su primer mandato.

¿Hacia cuál de los dos polos republicanos se va a inclinar finalmente Jeb? Aunque por ahora parece apostar por una vía media, dos episodios recientes sugieren que Jeb siente una identificación más estrecha con el legado de su hermano. Primero, se distanció públicamente de James Baker, uno de sus asesores y exsecretario de Estado de su padre. Baker declaró públicamente que apoyaba las negociaciones de Obama con Irán. También criticó al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, por negarse a negociar con los palestinos. Los “halcones” pidieron, y obtuvieron, la cabeza de este respetado realista republicano.

El segundo episodio también tuvo que ver con su selección de asesores. Jeb sorprendió al anunciar el nombre de su consejero más influyente para la región de Medio Oriente: George W. Bush, su hermano.

¿Son estas anomalías una manifestación momentánea o, por lo contrario, son indicativas de transformaciones permanentes al interior del Partido Republicano? Es difícil determinarlo a partir de una sola primaria. Lo cierto es que ninguno de los actuales contendientes quiere perderse la oportunidad de sembrar su reputación como hombre de acción. El problema es que en el camino dejan a la vista una grave falta de tacto diplomático.

 

(*) Licenciado en Relaciones Internacionales (Universidad Torcuato Di Tella).



Pablo Scuticchio (*)