INTERNACIONAL UN GIGANTE ETERNO


Mandela por Mandela

En su autobiografía, el gran líder sudafricano inmortalizó los pensamientos y las motivaciones que lo guiaron. Lucha contra el apartheid y reconciliación.


Foto:Cedoc

El día de la investidura presidencial me sentí abrumado por la sensación de que nos encontrábamos en un momento histórico. A lo largo de la primera década del siglo XX, poco después de la amarga guerra anglo-bóer y antes de que yo hubiera nacido, los pueblos blancos de Sudáfrica habían resuelto sus diferencias y erigido un sistema de dominación racial sobre los pueblos de piel oscura de su propia tierra. La estructura que crearon fue la base de una de las sociedades más duras e inhumanas que el mundo haya conocido. En la última década del siglo XX, y en el octavo decenio de mi vida, aquel sistema había sido derribado para siempre, siendo sustituido por otro que reconocía los derechos y las libertades de todos los pueblos al margen de cuál fuera el color de su piel.

Aquel día había llegado gracias a los inimaginables sacrificios de miles de los míos, gente cuyos sufrimientos y valor jamás podrán ser evaluados ni recompensados. Aquel día sentí, como he sentido tantos otros días, que no era más que la suma de todos los patriotas africanos que me habían precedido. (...)

Jamás perdí la esperanza de que se produjera esta gran transformación. No sólo por los grandes héroes que ya he citado, sino por la valentía de los hombres y mujeres corrientes de mi país. Siempre he sabido que en el fondo del corazón de todos los seres humanos hay misericordia y generosidad. Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, su procedencia o su religión. El odio se aprende, y si es posible aprender a odiar, es posible aprender a amar, ya que el amor surge con mayor naturalidad en el corazón del hombre que el odio. Incluso en los momentos más duros de mi encarcelamiento, cuando mis camaradas y yo nos encontrábamos en situaciones límite, alcanzaba a distinguir un ápice de humanidad en alguno de los guardianes, quizá tan sólo durante un segundo, pero lo suficiente para reconfortarme y animarme a seguir adelante. (...) No nací con hambre de libertad, nací libre en todos los aspectos que me era dado conocer. Libre para correr por los campos cerca de la choza de mi madre, libre para nadar en el arroyo transparente que atravesaba mi aldea, libre para asar mazorcas de maíz bajo las estrellas y cabalgar sobre los anchos lomos de los bueyes que marchaban por las veredas con andar cansino. Sólo cuando empecé a comprender que mi libertad infantil era una ilusión, cuando descubrí, siendo aún joven, que mi libertad ya me había sido arrebatada, fue cuando comencé a añorarla. (...) Durante aquellos largos y solitarios años, el ansia de obtener la libertad para mi pueblo se convirtió en un ansia de libertad para todos los pueblos, blancos y negros. Sabía mejor que nadie que es tan necesario liberar al opresor como al oprimido. Aquel que arrebata la libertad a otro es prisionero del odio, está encerrado tras los barrotes de los prejuicios y la estrechez de miras. Nadie es realmente libre si arrebata a otro su libertad, del mismo modo en que nadie es libre si su libertad le es arrebatada...

La verdad es que aún no somos libres; sólo hemos logrado la libertad de ser libres, el derecho a no ser oprimidos. No hemos dado el último paso, sino el primero de un camino aún más largo y difícil. Ser libre no es simplemente desprender de las cadenas, sino vivir de un modo que respete y aumente la libertad de los demás. La verdadera prueba de nuestra devoción por la libertad no ha hecho más que empezar.

(Extractos de El largo camino hacia la libertad, de Nelson Mandela.)



Redacción de Perfil.com