INTERNACIONAL ORIENTE PROXIMO

Ni Londres ni París: el terrorismo golpea en la guerra interna del islam

La crisis por Qatar y el ataque de EI en Irán elevaron la tensión entre Teherán y los sauditas. La gran mayoría de las víctimas del yihadismo son del mundo musulmán.

Postal de guerra. Un soldado iraquí asiste a una mujer en Mosul, donde las fuerzas regulares, de composición chiíta, libran una cruenta batalla contra los sunitas de Estado Islámico.
Postal de guerra. Un soldado iraquí asiste a una mujer en Mosul, donde las fuerzas regulares, de composición chiíta, libran una cruenta batalla contra los sunitas de Estado Islámico. Foto:afp

Dos episodios ocurridos esta semana dejaron al descubierto la batalla cada vez más explícita que se libra en el seno del mundo musulmán. Cinco países del Golfo Pérsico rompieron relaciones diplomáticas con el emirato de Qatar, al que Arabia Saudita y sus aliados presionan para que desista de su tácita cercanía con Irán. Dos días después, el grupo terrorista Estado Islámico (EI) cometió su primer atentado en territorio iraní, con un saldo de 17 muertos.

Aunque los dos sucesos no aparentan guardar relación directa, ambos tienen como telón de fondo las crecientes tensiones entre la monarquía saudita y el régimen de Teherán. Las dos potencias regionales no sólo expresan intereses geoestratégicos irreconciliables, sino que además representan a las dos vertientes mayoritarias de la religión islámica, sunitas y chiítas, cuya rivalidad es el caldo de cultivo sobre el que EI opera en Oriente Próximo.  

“Ambos hechos son indicios de la frustración de ciertos países ante el éxito regional de Irán –dijo a PERFIL el profesor Meir Litvak, director del Centro de Estudios Iraníes de la Universidad de Tel Aviv–. Estado Islámico está luchando por sobrevivir. Su creciente énfasis en los ataques terroristas es un modo de compensar su retroceso en el campo de batalla, donde es incapaz de enfrentar a las fuerzas chiítas en Irak, auspiciadas por el gobierno iraní. Con su versión radical del sunismo, el grupo intenta ganar puntos ante los países árabes que temen a Irán. A su vez, las medidas de los países del Golfo contra Qatar reflejan la frustración saudita por su fracaso en bloquear a Irán en Siria y, en buena medida, también en Irak”.

La crisis diplomática en el Golfo desató angustias sin precedentes recientes en la región. Envalentonado por el respaldo de Donald Trump, el gobierno de Arabia Saudita lideró la ofensiva de los países sunitas contra Qatar, también de mayoría sunita, aunque reacio a sumarse a la llamada “OTAN árabe” que busca poner límites al liderazgo expansivo –y chiíta– de Irán. Los saudíitas adujeron que Teherán es la principal fuente de financiamiento del terrorismo global y asociaron al emitato qatarí a esos supuestos esfuerzos monetarios. El apoyo de Qatar a los Hermanos Musulmanes de Egipto, así como su ambigüedad frente a las revueltas de la llamada “Primavera Arabe” y su enorme influencia mediática a través de la cadena televisiva Al Jazeera, lo convirtieron en un chivo expiatorio ideal para Riad.

Venganza. Pero nadie está libre de pecado: los propios sauditas son señalados como patrocinadores en las sombras de grupos como Al Qaeda y EI. Tras el ataque del pasado lunes en Teherán, asumido por EI, la Guardia Revolucionaria iraní responsabilizó directamente a Arabia Saudita y juró venganza. Los dos países están enfrentados en todos los conflictos armados que hoy tienen lugar en la región: Siria, Irak, Yemen, Libia.

Tras la firma del histórico acuerdo nuclear con la administración de Barack Obama y las principales potencias occidentales, Irán logró hacer pie en las batallas decisivas que se libran en Oriente Próximo. Su apoyo a las tropas regulares iraquíes es una espada de Damocles sobre EI en Irak. Junto a Rusia, Teherán es además el principal sostén de su aliado Bashar Al Assad en Siria, donde las formaciones yihadistas contrarias al régimen también están en retroceso. En Yemen, la rebelión de los hutíes también subsiste gracias al armamento iraní.

En ese marco, Arabia Saudita adoptó una política exterior de alta agresividad que pretende disputar el liderazgo en el mundo musulmán, ya no sólo en términos teórico-religiosos sino también en un sentido eminentemente militar. Lo cual pone a Washington en una situación compleja. La ruptura saudí con Qatar, por ejemplo, deja pendiendo de un hilo a la mayor base militar estadounidense en el mundo árabe, ubicada en el emirato. Más allá de la diatriba tuitera de Trump, funcionarios del mainstream de la Casa Blanca salieron a pedir calma a los actores involucrados para evitar una crisis peor entre los países del Golfo, que tendría como gran beneficiado a Irán.

Mientras tanto, EI libra su “guerra santa” contra los “infieles” musulmanes, es decir, las comunidades islámicas que no responden a su visión radical y sunita de la religión. Basta con observar las cifras de víctimas de ataques terroristas de EI por país en lo que va de 2017 para comprender que, más allá del interés de los medios de comunicación occidentales por los ataques en ciudades como Londres o París, casi la totalidad de la actividad terrorista del grupo yihadista se desarrolla en el mundo musulmán, con Arabia Saudita e Irán como espectadores privilegiados.