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Variables ignoradas para contextualizar el ataque a Turquía

El golpe en el aeropuerto de Ataturk puso otra vez en agenda el alcance del Estado Islámico. Qué hay detrás de esta nueva manifestación de poder.

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En los últimos dos años viajé dos veces a Turquía. Incluso, en una ocasión, pasé toda una noche en el Aeropuerto Internacional de Ataturk, el blanco donde golpeó esta semana el terrorismo, en un atentado que mató a 43 personas y dejó 239 heridos.

Por ese entonces, los ataques de Estado Islámico en Turquía eran impensados. Pese a compartir una frontera caliente de 822 kilómetros con Siria, inmersa en una cruenta guerra civil desde 2011, Estambul y Ankara eran un oasis de calma y tranquilidad, sólo quebradas por esporádicas agresiones del Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK) y los atentados a las sedes partidarias del partido pro kurdo HDP. La larga mano del Califato, que ya había alcanzado otras partes del mundo, evitaba lastimar a los otomanos. El gobierno del presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, repetía que Estado Islámico no era el problema en Siria, al tiempo que culpaba del derrame de sangre a su par sirio, Bashar Al Assad. Pero, ahora, todo cambió.

Para explicar el nuevo de escenario hay que tener en cuenta dos variables: la implicación de Turquía en el conflicto de Siria y, por otro lado, el giro de Estado Islámico (EI), que pasó del control territorial en aquel país e Irak a exportar su violencia a distintos puntos del globo.

Un año atrás, miembros del gobierno turco y expertos en seguridad no consideraban al Califato un enemigo. “El problema no es Estado Islámico. Si se lo derrota, surgirá un grupo igual o aún peor. A quien hay que detener es a Al Assad”, afirmó a PERFIL Mehmet Ozkan, por ese entonces director ejecutivo del Centro de Terrorismo y Crimen Transnacional de la Academia de Policía turca y licenciado en Relaciones Internacionales de la Universidad de Estambul. Más allá de las diferencias que los separan, los yihadistas del Califato son, al igual que la élite política turca, sunnitas. En cambio, los aliados del dictador sirio, Irán y Hezbollah, son chiítas y adversarios de Ankara.

En los días previos a las elecciones generales de junio de 2015, la oposición denunció que Erdogan enviaba armas a los yihadistas, al tiempo que la prensa occidental señalaba la porosidad de la frontera turco-siria, por la que ingresarían a Siria combatientes europeos que, luego, engrosarían las filas de EI.

Tras cuatro años de críticas al rol de Ankara en Siria, Erdogan aceptó bombardear el país vecino, pero ordenó que las bombas cayeron sobre las milicias kurdosirias, conocidas como YPG/J. El ingreso al conflicto no fue gratis para los turcos. Desde ese entonces, nueve atentados conmovieron al país, entre ellos cuatro reivindicados por el Califato. La Mezquita Azul, la Basílica de Santa Sofía y el barrio de Sultanahmet se transformaron en lugares de alto riesgo para los 80 millones de turistas que llegaban año tras año a Turquía.

Aunque suena contradictorio, Estado Islámico es más peligroso en la derrota, que en la victoria. Cuando los bombardeos de Rusia, Francia y la coalición internacional amenazó su dominio territorial en Siria e Irak, la organización se volvió más mortífera y global. Así, se produjeron oleadas de ataques en Francia, el Sinaí, el Cáucaso y Bélgica. La prensa internacional se asustó: ya no sólo morían sirios chiítas, kurdos, yazidíes o cristianos de Medio Oriente, ahora las víctimas tenían pasaporte comunitario.

Pero, contra quién fue el atentado de esta semana: ¿Turquía u Occidente? La respuesta es complementaria, no excluyente. Apuntó contra los dos. Se trató de un castigo a Erdogan por su giro en Siria y un desafío a las potencias que operan en Siria.

El Aeropuerto Internacional Ataturk es un puente que enlaza Oriente y Occidente. Una terminal elegida por las aerolíneas que van a Europa, América, Asia, Africa y Oceanía para que sus pasajeros hagan múltiples conexiones. Atacar ese lugar es atacar a todo el mundo. Para los terroristas de EI es más fácil atentar allí, por logística y proximidad, que hacerlo en Estados Unidos o en las principales capitales europeas, donde necesitan infiltrar varias células y eludir los controles de las fuerzas de seguridad.

Por último, no hay que desdeñar el alto valor simbólico de golpear en Estambul, sede del Imperio Romano, del Bizantino y del Otomano. Atentar allí es golpear a varias culturas y enviar un poderoso mensaje a todo el planeta.

(*) Subeditor de Internacionales de diario Perfil. Licenciado en Ciencia Política UBA. En Twitter: @leandario



Leandro Dario (*)