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CAMBIO CULTURAL

Las mujeres japonesas luchan por su identidad, comenzando por su nombre

Están luchando para revocar una ley que prohíbe a las parejas casadas tener diferentes apellidos, lo que crea complicaciones para las mujeres que han establecido carreras y reputaciones.

A couple for Surname Story
A couple for Surname Story | Bloomberg

Las mujeres en Japón atraviesan una crisis de identidad. Están luchando para revocar una ley que prohíbe a las parejas casadas tener diferentes apellidos, lo que crea complicaciones para las mujeres que han establecido carreras y reputaciones.

Cerca de 600.000 parejas se casan cada año en Japón. La ley dice que después del matrimonio una pareja debe tener el mismo apellido. Técnicamente, los hombres pueden tomar el apellido de sus esposas. Sin embargo, en la práctica, solo el 4% lo hace. Algunas mujeres dicen sentir que están borrando su identidad después de casarse.

"Ser obligada a cambiar su nombre no es más que una violación de los derechos humanos", asegura Miki Haga, de 29 años, quien planea estudiar en el Reino Unido este año. Se convirtió legalmente en Miki Ishizawa hace dos años cuando su esposo no quiso cambiar su nombre.

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El tema resonó en el debate público durante las últimas semanas durante la campaña para la cámara alta, donde los partidos de la oposición convirtieron la igualdad de género en una parte clave de su plataforma contra el primer ministro, Shinzo Abe, y su gobernante Partido Liberal Democrático. Las encuestas muestran que el bloque PLD obtendrá la mayoría de los asientos. Si la oposición logra mayores ganancias, puede tratar de usar los temas de género para debilitar el control del poder del PLD.

En un momento llamativo, Abe fue la única persona en un debate a principios de este mes que no levantó la mano cuando se preguntó por el apoyo para cambiar la ley. Su partido conservador argumenta que la ley actual es igual para hombres y mujeres, y es una cuestión de tradición.

"Si usted cree que las tradiciones son importantes, entonces no hay necesidad de cambiar la ley", dijo Shigeharu Aoyama, miembro del PDL de la cámara alta. Pero otros señalan que no es exactamente una tradición antigua. Antes de que la ley actual fuera aprobada en 1898, los japoneses no solían usar apellidos. En 1948, se legalizó que las parejas eligieran el apellido de ambos cónyuges, pero aún así tenían que seguir con uno.

El tema de los apellidos es solo una de varias maneras en que Japón va retrasado en asuntos de género. Japón tiene la tercera brecha salarial de género más alta entre los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. Las mujeres están mal representadas en los negocios y la política. Solo ocupan 4% de los puestos gerenciales, 2% de los puestos en los consejos de administración y alrededor de 10% de los puestos en la cámara baja. El movimiento #MeToo ha tenido dificultades para ganar tracción.

Aunque Abe aumentó aumentado el apoyo a "Womenomics" —la idea de que incluir más mujeres en la fuerza laboral ayudará a la economía en general— el progreso es lento. Una encuesta del gobierno publicada el año pasado mostró que 42,5% de los adultos apoyaba el cambio de la ley —alrededor de 7 puntos porcentuales más que hace cinco años— mientras que 29,3% se oponía a la medida.

Naciones Unidas preseinó a Japón para que levante la restricción sobre los apellidos. Esto ha llevado a algunos arreglos matrimoniales inusuales, incluso divorcios en papel, mientras las parejas permanecen juntas.

Otros eligen vivir en el equivalente de una sociedad doméstica. Yuri Koizumi e Hiroshi Tanaka vivieron juntos durante 26 años, criando a un hijo sin casarse. Koizumi asegura que no podía aceptar cambiar el nombre con el que nació. "No es lo que soy", dice. Mientras tanto, Tanaka, un investigador en ciencias forestales, estaba preocupado por lo que sucedería con su reputación académica si ya no usaba el mismo nombre en sus obras publicadas.

No pueden aprovechar las mismas deducciones fiscales que las parejas casadas. Legalmente, solo uno de ellos tiene la custodia de su hijo. Y se cansan de explicar a nuevos amigos y compañeros de trabajo que realmente son marido y mujer, y que sus hijos son realmente suyos, aunque tengan apellidos diferentes. Así de inusual es la situación en la sociedad japonesa.

Los tribunales en Japón confirmaron recientemente la ley varias veces. En 2015, la Corte Suprema de Japón dijo que la ley no viola la constitución. Un tribunal de Tokio a principios de este año falló en contra de un desafío similar, y los demandantes planean apelar.

Uno de esos demandantes es Yoshihisa Aono, director ejecutivo de la empresa de software Cybozu. Tomó legalmente el apellido de su esposa cuando se casaron en 2001, pero siguió usando su nombre de nacimiento profesionalmente. Sus acciones están registradas bajo su apellido legal, Nishibata, lo que genera confusión entre los inversionistas sobre por qué el director ejecutivo no parece tener una participación en la compañía. Y las reglas sobre qué nombre deben tener los contratos varían según el país.

El apoyo continuo a la ley se basa en parte en el anticuado ideal japonés de que "los individuos son secundarios respecto a las masas", explica Toshihiko Noguchi, abogado de uno de los demandantes. La solución de Abe fue alentar a los empleadores a permitir que los trabajadores usen informalmente los apellidos con los que nacieron. En noviembre, las personas podrán enumerar los dos apellidos en ciertas tarjetas de identificación gubernamentales, lo que les permite abrir cuentas bancarias o solicitar préstamos con su apellido de elección.

No es perfecto. Haga es interrogada en los aeropuertos por funcionarios fronterizos que no entienden por qué ambos apellidos figuran en el pasaporte. Ella tuiteó su frustración, y un funcionario del gobierno respondió y se comprometió a publicar una explicación en línea.

Dice que cada vez que llenaba otro formulario para cambiar legalmente sus cuentas bancarias, pasaporte, tarjetas de crédito y más, algo de ella se desvanecía. Su esposo dice que simpatiza con todo el papeleo que tuvo que hacer y cree que la ley debería cambiarse, pero sostiene que no habría revertido los papeles. "Mi esposo no tuvo que hacer nada", dice Haga. "No me pareció justo".