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sábado 4 agosto, 2018

Alma conceptual

Hay cientos de grandes cineastas que nunca filmaron y no entraron en la historia, porque los casilleros fueron ocupados por almas arrebatadas y vanidosas, como la de Truffaut.

Oliverio Coelho

Hay cientos de grandes cineastas que nunca filmaron y no entraron en la historia, porque los casilleros fueron ocupados por almas arrebatadas y vanidosas, como la de Truffaut. Foto: Marta Toledo

Corría el año 2002. Yo planeaba cruzar Bolivia de este a oeste, es decir, del nivel del mar a los cuatro mil metros de altura de Potosí. El pueblo de Samaipata fue el primer lugar en el que recalé después de dormir dos días en la ciudad de Santa Cruz de la Sierra. No iba con grandes expectativas y quizás por eso la naturaleza circundante –o la eterna primavera– me sedujo al punto de que durante años pensé que ése era un lugar en el que, llegado el caso –si me volviera prófugo o célebre–, podría vivir. Muchos años después me encontré con una novela de Bob Chow, Todos contra todos y cada uno contra sí mismo, que recuperaba el entorno de Samaipata y su relativo cosmopolitismo, para montar un argumento psicodélico/amoroso extraordinario.  

Además del paisaje, me quedó en la memoria la figura de un joven artista repleto de certezas. Ernesto –llamémoslo solo así, ya que nunca supe el apellido– fue el primer cineasta boliviano que conocí en mi vida. Estaba en Samaipata, en una residencia artística, pero no hacía más que tomar cerveza al sol en el pueblo y charlar con visitantes como yo. No había filmado todavía, tenía 23 años y se presentaba ya como cineasta tardío –hasta los 30 se proponía no filmar, solo escribir proyectos y guiones. El verdadero cineasta, decía, no es el que filma sino el que espera. Hay cientos de grandes cineastas que nunca filmaron y no entraron en la historia, porque los casilleros fueron ocupados por almas arrebatadas y vanidosas, como la de Truffaut.

El proyecto que lo había traído a Samaipata era un documental sobre Jorge Sanjinés. No se trataba de esa clase de documental destinado a engordar con clises burgueses el mito de un artista. El verdadero objetivo de Ernesto era un documental apócrifo: falsear la biografía de uno de sus cineastas preferidos dejando intacta su obra. “Sería muy fácil hacer un documental sobre Luca Prodan, por ejemplo. Tiene todos los condimentos del mito. Nació en Italia, estudió en un gran colegio británico junto a un príncipe, se le suicidó una hermana, casi muere de sobredosis de heroína, vivió en Londres en el momento justo y se exilió en Argentina. El resto es historia. Pero de Sanjinés qué se puede decir. Nació en Bolivia, estudió en Bolivia, vivió en Bolivia, su cine casi no trascendió fronteras, llevó una vida calma y fue un artista aplicado, tuvo posturas de izquierda predecibles en Latinoamérica, ¡encima no murió…! No hay nada peor para el mito de un artista que la longevidad. Vivir mucho está mal visto”.

Acto seguido, entre cerveza y cerveza, me recitó el esqueleto de su plan. Por un lado, narrar a partir de un tercero la reacción de Werner Herzog al ver las primeras películas experimentales de Sanjinés: locura, envidia, cita clandestina en el Amazonas para aclarar puntos ciegos. Por otro, producir testimonios –gráficos, radiales y televisivos– que den cuenta del paso de las películas de Sanjinés por Cannes y Venecia. Una voz en off, por otro lado, comentaría su vida aventurera en Berlín, Londres y París, como becario y luego profesor de las principales escuelas de cine. El cierre del documental todavía era indefinido, pero como no lo iba a filmar hasta dentro de varios años, podía especular con la muerte del “verdadero Sanjinés” y hacer confluir ahí realidad y ficción.  

Dejé Samaipata camino a Cochabamba y no supe nunca más nada de Ernesto. Doy por descontado que la escritura de proyectos derivó en crítica de cine.


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