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COLUMNISTAS / Opinión
domingo 5 agosto, 2018

Aplausos a 'La Nación'

Pasan las décadas y siempre son las mismas empresas desde donde se generan las grandes revelaciones que conmueven al país.

por Jorge Fontevecchia

Puro periodismo al descubrir los cuadernos de la corrupción. Foto: reproduccion

Uno de los antecedentes pretéritos del periodismo, de mucho antes de que se inventara la imprenta, fueron los partes de guerra. Un escribiente redactaba el reporte sobre cómo había sido la batalla para enviarlo a quien correspondiera. La precisión del lenguaje militar ponía énfasis en cuándo, en dónde y en cantidades: bajas, prisioneros, botín. Como si el destino no jugara a los dados, el devenir –además del enorme profesionalismo de su periodista Diego Cabot– hizo que fuera un diario fundado por un militar, Bartolomé Mitre, el que recibiera la mayor primicia sobre el kirchnerismo de las manos de otro ex militar, el suboficial retirado Oscar Centeno, quien, a pesar de los muchos años que se dedicó a la remisería, mantuvo la prosa precisa del reporte militar.

Pocas veces un diario dio una lección de periodismo tan contundente a sus críticos –especialmente el kirchnerismo– como la de La Nación con sus cuadernos de la corrupción. Con la sobriedad y aplomo con que muchas veces corre el riesgo de lucir fuera de época, cosechó con creces su mérito.

Hasta el vacío inicial de no haber explicado cómo habían llegado los cuadernos a las manos de su periodista, Diego Cabot, que generó todo tipo de suspicacias incluso en los no kirchneristas, terminó obrando a su favor dejando descolocados a los que aventuraron hipótesis paranoicas: que fue el propio Bonadio quien había filtrado a La Nación los cuadernos, o que el chofer anotador fuera de algún servicio de inteligencia, o que los cuadernos fueron fotocopiados por algún servicio de inteligencia.

El lenguaje militar de un retirado del Ejército en forma de bitácora de un remís fulmina a Cristina

Pero el golpe más sonoro se lo propinó a quienes ni siquiera llegaron a la paranoia sino que, estupefactos, se habían detenido en el estadio anterior de la negación, desacreditando la verosimilitud de lo anotado en esos cuadernos, tildándolos de fábula. Torpeza aún mayor porque si era verdad lo que allí se había escrito, se podría comprobar su exactitud comparándolo con evidencias obtenidas por otras formas de registro, como hicieron el fiscal Stornelli y el juez Bonadio.

Después de haber abusado de la hermenéutica y el construccionismo social de la verdad, el kirchnerismo se creyó realmente que no solo había interpretaciones alternativas sino, de verdad, hechos alternativos y que podrían seguir devaluando las denuncias de corrupción que se les hacía acusándolas de intencionales por provenir de medios ideológicamente adversos. Pero la irrefutabilidad de una bitácora de diez años plagada de coordenadas de tiempo y espacio que permiten reconstruir los momentos y rehacer la cartografía de los escenarios, más la cantidad de números, terminó de desarmarlos.

Un ejemplo de la perdurable pregnancia con la que el relativismo radical influyó nocivamente sobre el pensamiento de muchos argentinos lo dio el viernes por la noche en el canal de noticias A24 el periodista Rolando Graña, al sostener que cada sector político roba con su método: los kirchneristas con bolsos y los macristas con la patria financiera. Es cierto que verdadero es aquello que es resultado de vidas compartidas en el seno de un grupo y va invariablemente unido a una tradición de valores: por ejemplo, considerar pecado la especulación financiera. Pero recibir decenas de millones de dólares de coimas está más allá de la interpretación.

De la misma forma que también es cierto que, al suceder muchas cosas al mismo tiempo, la sola elección de qué hechos reportar implica una posición, pero no hay hechos que por su importancia son noticia para todos los grupos de afinidad. Por ejemplo, una gran batalla que atañe a todos los vecinos y el reporte en el que se informe tanto la fecha, hora y lugar donde se produjo, como la cantidad de muertos, de prisioneros y saldos materiales.

Eso es lo que hizo el chofer Oscar Centeno y de forma ampliada el diario La Nación: el positivismo de los hechos que son objetivos en tanto son independientes de los sujetos y de la relación que los sujetos establezcan con ellos.

Ascetismo quirúrgico, lenguaje descriptivo y carencia de adjetivo, los valores clásicos de un buen reporte

Esa realidad existente con independencia de los sujetos es objeto de la física y la matemática, son las propiedades primarias como el movimiento, la extensión y el volumen, y no las secundarias como los colores, olores, sabores, gustos y preferencias, que sí dependen de los sujetos. Los cuadernos de la corrupción produjeron impacto porque la mayoría de las anotaciones del chofer Centeno se refieren a esas propiedades primarias asociadas a la concepción absoluta de la objetividad, por ser afirmaciones que son independientes de la mente, de los sujetos, de sus lenguajes y de sus culturas. Hechos objetivos para cualquiera y no para un grupo de sujetos en particular que legítimamente se enfrenten en una discusión sin fin, ni una sola verdad a la que pueda aplicársele la ironía de Leibniz, cuando para mostrar la diferencia entre el campo de universal y lo particular dijo: ¡Basta de disputa! Calculemos quién tiene razón”.

El contenido de los cuadernos de la corrupción sí es del orden de lo calculable en datos puros y contrario a la intencionalidad, que es del orden de la ideología. Para Foucault, cada grupo tiene su régimen de verdad y los tipos de discurso que acoge y hace funcionar como verdaderos, un ejemplo es quienes consideran que la especulación financiera es una forma de robo y que los dólares que el Banco Central cambió por pesos durante la corrida cambiaria “se los robaron”.

El gran aporte de La Nación y Diego Cabot al periodismo fue exponer de manera contundente la diferencia entre datos puros e interpretaciones, trayendo al presente la vieja forma de reporte militar, sin adjetivos, órdenes de causalidad ni porqués. Y no se trata de un trabajo aislado porque La Nación viene acumulando este tipo de aciertos con los trabajos de Alconada Mon entre otros.

Aplausos a La Nación. Los merece de todo el periodismo argentino, al que engrandeció. Y una reflexión final sobre las organizaciones periodísticas tradicionales: pasan las décadas y siempre son las mismas empresas (“la corpo” en el lenguaje despectivo del kirchnerismo) desde donde se generan las grandes revelaciones que en cada momento conmovieron al país.


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