COLUMNISTAS

Apostar al blooper

En un año olímpico, dejamos al talentoen segundo plano. Mientras tanto,subsidiamos al único deporte profesional del país.

Sebastián Crismanich fue medalla dorada en los Juegos Olímpicos de Londres, en 2012.
| AFP
Kim Yeong-nam y Haram Woo son clavadistas coreanos. Del Sur. Se llama clavadistas a los que compiten en saltos ornamentales. No son chinos, que lo ganan todo en este deporte, pero se la bancan.
En el último Mundial de Deportes Acuáticos (2015 en Kazan, Rusia) compitieron individualmente en la prueba de trampolín de un metro. En realidad, a nivel olímpico, el trampolín es uno solo y está ubicado a tres metros del agua. Sin embargo, en el contexto de la FINA (la FIFA del agua), hace años que se incorporó la especialidad a distancia más corta, casi de juguete. Woo anduvo bien. Terminó noveno en la final y dejó detrás suyo a un ilustre del rubro como el mexicano Rommel Pacheco. Kim, no tanto: quedó a más de cincuenta puntos del último de los doce que superaron la fase previa.
Por estos días, Kim y Woo están compitiendo en la Copa del Mundo que se realiza en Río de Janeiro, más precisamente en el complejo Maria Lenk, escenario aggiornado para los Juegos Panamericanos de 2007 y construido en homenaje a la primera brasileña en batir un récord mundial de natación y pionera sudamericana en el rubro al competir en los Juegos Olímpicos de Los Angeles, en 1932. Camino a los juegos que comenzarán en agosto, en Río varios deportes realizarán lo que se denomina Test Event –evento de prueba–, competencia que, aun siendo oficial, sirve de ensayo para evaluar en qué condiciones se encuentran los escenarios que se están construyendo y/o remodelando. El Test Event de saltos ornamentales es, justamente, lo que se está disputando en Río. Y donde Kim y Woo vienen de terminar últimos en la final de la prueba de trampolín sincronizado de tres metros.
No venían demasiado bien, pero en el último de los seis saltos –cuádruple mortal y medio hacia adelante– Woo despegó normalmente de la tabla y Kim, que sintió que había encarado a destiempo el ejercicio, se quedó dando saltitos en el lugar. En este deporte  podés tirarte de panza y, en tanto hayas cumplido con el ejercicio básico –en este caso, hacer cuatro mortales y medio, algo así como vueltas carnero en el aire– algún puntito vas a merecer. No en este caso. Al haber saltado sólo uno de los integrantes de la pareja, los coreanos terminaron la noche con un cero rotundo.
Si no llegó a ver las imágenes en la tele –las transmitimos por TyC Sports ayer y volverán a estar en el aire esta misma tarde–, es muy probable que las encuentre fácilmente en YouTube. La excelencia deportiva no suele viralizarse fácilmente. Entre otras cosas, porque a quienes subimos videos a internet no siempre nos resulta sencillo distinguir esa excelencia. Pero, fundamentalmente, cuando uno quiere tener muchos clicks, si no se tienen tetas a mano, se necesitan nenes haciendo cosas de grande o perros acunando gatos. O deportistas de enorme destreza fallando en el intento. Eso es lo extraordinario en ellos. Que fallen y no que acierten. Así como muchos nos reímos ante el fallido de los coreanos –finalmente, parece un paso de comedia de Buster Keaton– y no prestaríamos ni un segundo de atención a un buen salto de ellos, no me imagino a nadie tomándose el trabajo de verme a mí hacer un rol para adelante sobre una colchoneta. Ejercicio que, por cierto, sería incapaz de hacer sin volcarme hacia un costado.
Estos son los días que nos tocan por vivir y no hay que hacerse demasiado drama al respecto.
Hablando de clavados. Una china llamada Ruolin Chen ganó una medalla en cada competencia mundial que disputó –diez, con siete doradas incluidas– y está invicta en juegos olímpicos. En Beijing y en Londres salió primera en plataforma tanto individual como sincronizada. Para los saltos ornamentales, es Messi, Neymar y Suárez. Todos juntos. Tal vez usted haya visto alguna vez algún salto suyo. Es común en cada torneo que la califiquen con varios diez para un mismo ejercicio.
Sin embargo, difícilmente su talento inconmensurable haya merecido tantas vistas como algún viejo video de cuando, con apenas 15 años, tuvo la desgracia de, al entrar en el agua, se le corriese el traje de baño y quedase al descubierto un pecho casi imperceptible en su inmensidad de 47 kilos de peso.
Casi como en el juego perverso del lado malo de las redes sociales –tienen, por cierto, un lado bueno por el que se termina justificando lo deforme–, el deporte argentino también navega entre lo que nos venden y queremos que nos vendan, o lo que no nos van a hacer entrar ni a palos.
Esta misma semana, rumbo a Río, Germán Lauro compitió en Estocolmo y Germán Chiaraviglio en Glasgow. Mientras tanto, Belén Pérez Maurice sigue dando batalla con su sable por Europa, el seleccionado de natación se prepara en México y Braian Toledo afina la puntería entrenándose en Sudáfrica. El mismísimo Sebastián Crismanich concentra su energía en el Preolímpico de taekwondo, en el que necesita ser finalista para conseguir la plaza que le permita ir en Brasil por aquello que le dio la gloria eterna en Londres.
Es probable que varias de estas referencias estén convirtiéndose en noticia para ustedes en este preciso instante. Tal vez no sea ése el caso de la enorme vuelta de Del Potro en Delray Beach: otra referencia inequívoca cuando pensamos en algún sueño grande para los próximos juegos olímpicos. Difícilmente haga falta recordarles que anoche jugaron Boca y Newell’s o que dentro de unas horas se jugará el clásico de Avellaneda. Nada grave, son cuestiones lógicas vinculadas con la popularidad de un deporte y el anonimato sobre el cual navega la mayoría de las demás disciplinas. Hasta que llegan los juegos. Entonces, todos somos yudocas.
El real desfase no es cuánta energía nos consume un partido de fútbol y la poca bola que le damos al resto. Lo grave es, por ejemplo, que esta lógica se traslade a los recursos. Y el Estado nacional empieza a recorrer el séptimo año subsidiando al único deporte íntegramente profesional que hay en nuestro país: una cosa es garantizar la tele abierta y otra muy distinta pagar con nuestros impuestos los caprichos y la impericia de una banda de dirigentes.
Lo grave es, también, que el testimonio del chofer del micro que volcó con el plantel de Huracán en Venezuela merezca tanta más atención que el esfuerzo de cientos de deportistas, que el juego del fútbol mismo.
O que mientras nadie escuchó las vivencias de Guido Pella en la mejor semana deportiva de su vida –ganándole, entre otros, a John Isner– haya aparecido un médico hablando de la salud deportiva de Osvaldo, Toranzo y Mendoza sin que ninguno de ellos sea su paciente. Detalle no menor es que ese mismo médico haya sido uno de los diez investigados por mala praxis en la causa por la muerte de Ricardo Fort  (www.ambito.com/noticia.asp?id=814964).
Por cierto que nadie salta menos, nada más lento o hace doble falta porque se le pague por el fútbol lo que el fútbol no merece. O porque cada uno elija el tipo de periodismo que quiera hacer. Ni siquiera cuando lo que se haga se parezca a cualquier cosa menos al periodismo.
Pero siempre es importante tener en claro cuáles son nuestras prioridades. Es probable que no sirva de nada que te subsidien la compra de aire acondicionado si hay cortes de luz por falta de infraestructura. Ni que te garanticen un partido por la tele si no tenés cómo prender el aparato. Como les dije. Prioridades.
Entonces, si apostamos al blooper y no al talento –o tapamos agujeros de clubes con patrimonio millonario mientras no tenemos centros de alto rendimiento acordes con el talento de nuestros atletas–, es probable que, cuando nos importe el deporte de verdad, ya sea demasiado tarde.
Camino a un juego olímpico que puede ser de recorrido algo áspero para nuestras ilusiones, es bueno que lo vayamos teniendo en cuenta.