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Autobiografías no autorizadas

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César Aira parece estar en el momento de la cosecha. Traducciones a todos los idiomas, elogios de Patti Smith, candidatura al premio Booker, entrevistas en los grandes medios extranjeros. Sólo parecería faltar para su definitiva consagración internacional que los críticos y académicos americanos terminen de buscar al nuevo Bolaño y se den cuenta de que están frente al nuevo Borges (si es que necesitan encontrar una fórmula que disimule la radical singularidad del escritor). Aira sembró durante mucho tiempo casi en silencio, pero su sistema de publicación basado en la unidad de la escritura y la multiplicidad de títulos, editoriales y formatos está hoy a punto de caramelo.

“A punto de caramelo” podría figurar en El santo (2015), su penúltimo libro, que explora las posibilidades del lugar común, el refrán, las imágenes y metáforas del habla cotidiana. El texto incluye expresiones antiguas como “donde mueren las palabras” o “todo hombre tiene su precio”, se desliza hacia otras más modernas como “estar de salida” y “lamer el culo”, casi impensables en un escritor habitualmente pudoroso. Pero esa transgresión tiene su correlato en el argumento de la novela, cuyas peripecias hacen que Optimus, un monje milagrero al borde de la jubilación, salga al mundo y compruebe que tiene más vigor juvenil del que suponía. Optimus termina descubriendo el amor, el sexo y hasta los usos del dinero y las drogas. Algo descalabrada al principio, la narración se hace suculenta y precisa cuando se ocupa del romance entre Optimus y Poliana, la joven y bella reina. Optimus se parece bastante a Aira: tiene 64 años y en su haber más de ochenta milagros, “en general de poco volumen”, como los libros de su creador. La idea del jubilado que supo ser excelente en un oficio semejante a la literatura (“la redacción de enumeraciones caóticas”) aparece ya en Biografía (2014), donde el protagonista toma una amante muy joven. Está claro que los tabúes de la crítica prohíben afirmar que Biografía y El santo incluyen veladas confesiones del autor, pero nada impide pensarlo.

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También se puede sugerir que los últimos libros de Aira aluden a una encrucijada vital y laboral de las que hablan los tres relatos del flamante La invención del tren fantasma. Los dos primeros cuentos tienen el mismo argumento: los lingüistas (arqueólogos) de un pequeño país se empiezan a interesar por la poesía (los objetos inútiles) y arruinan una economía que los despreciaba pero vivía de ellos. Es difícil no leer allí una metáfora sobre la relación del escritor con la industria cultural cuyo complemento es el tercer cuento, donde un zapatero “dueño de una clara inteligencia y el don de la fantasía” envidia a los burgueses que van a la universidad, ignorando que ésta sólo produce burócratas del conocimiento. El muchacho deja a su muerte un dibujo creado a espaldas del mercado y de la academia “que a falta de otros méritos tuvo el rarísimo de la originalidad”. Es como si en el momento del triunfo y las tentaciones de la celebridad, Aira padeciera de nostalgia por el anonimato, por la posibilidad de transitar las primeras etapas de un camino finalmente irreversible. Como para ratificar que no hay salida, el dibujo del zapatero termina sirviendo también a la industria del entretenimiento.