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COLUMNISTAS / cultura / opinion
domingo 6 mayo, 2018

Barrios editoriales

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por Damián Tabarovsky

Marc Auge Foto: Cedoc Perfil

En los años 90, Marc Augé propuso el concepto de “no lugares” como un modo de pensar la posmodernidad. Por “no lugares” entendía a los shoppings, los aeropuertos, las estaciones de servicios con cafetería y minishop incluidos, etc. Es decir, lugares sin identidad, pero a la vez fácilmente reconocibles, sin historia, cómodos. Sin gracia pero a la vez de fácil interpretación (nadie se pierde en una estación de servicio). Esos no lugares se definen también por su carácter global: están en todas las ciudades, idénticos a sí mismos. Los shoppings son iguales en Bombay y en Buenos Aires. Esos “no lugares” borran las huellas de la densidad histórica de cada lugar, de su identidad, de su tradición. Augé extraía la conclusión de que los “no lugares” son una buena metáfora de la vida contemporánea, de la globalización.
Ahora bien, al mismo tiempo que esos “no lugares”, comenzó a darse un fenómeno inverso, o tal vez complementario (saber si son fenómenos inversos o complementarios es el dato crucial). Este fenómeno inverso o complementario es el surgimiento en muchas ciudades –entre ellas Buenos Aires– de barrios o zonas que se llaman a sí mismos “Soho”. Primero fue el Soho de Londres, luego el Soho de Nueva York, luego en todo Estados Unidos, y en Europa, zonas parecidas. En el México DF son La Condesa y la Colonia Roma, en Buenos Aires obviamente es Palermo, etc.
Estas zonas se presentan como lo contrario de los “no lugares”: en vez de ser fríos son cálidos, en vez de ser impersonales son personalizados, en vez de ser estándares se presentan como artesanales. Casi que podríamos decir que si las estaciones de servicio son “no lugares”, los Soho son “sobrelugares”: lugares sobrecargados con un exceso de personalidad, de subjetividad, de sensibilidad. Son lugares que se presentan como una defensa del valor de lo único, de la singularidad, de lo artesanal, contra lo estándar, lo mainstream y lo global. Pero a la vez que se exhiben como lo opuesto a lo industrial y lo global, están en todas las ciudades y en todas las ciudades son parecidos. El Soho porteño se parece mucho a la Condesa en el DF, que se parece mucho a Chelsea en Nueva York, etc., etc. Todo ocurre como si hubiera, en términos urbanos, un doble fenómeno: de un lado los “no lugares”, globales e impersonales, y del otro, los “sobrelugares”, definidos por su sobreidentidad, pero al mismo tiempo iguales en todos lados.
Pues: ¿qué son los “sobrelugares” en relación con los “no lugares”? ¿Son lo opuesto o su complemento? ¿Los Soho son lo opuesto o el complemento ideal del shopping? ¿Son el escalón más alto de la cadena? (vender lo mainstream como único y especial).
Pasemos ahora a lo nuestro, a la literatura y la edición. ¿Ocurre algo similar en el ecosistema editorial? Al mismo tiempo que en los últimos años –o décadas– ocurrió un tremendo y trágico proceso de concentración editorial, surgieron en casi todos lados, por supuesto también en la Argentina, un gran número de pequeñas editoriales, de editoriales independientes, quizás como nunca antes. ¿Son los grandes grupos multinacionales los “no lugares” de la edición? ¿Y son las editoriales independientes como el Soho? Esa es la pregunta que cualquiera a quien le interese la edición independiente debería hacerse a diario. Es preferible quebrar a convertirse en Soho.


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