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COLUMNISTAS / OPINIÓN
sábado 21 julio, 2018

Cuando la experiencia le gana a la esperanza

Muchas personas votaron a Macri no por las ideas que expuso en campaña para justificar su promesa de un futuro mejor sino, simplemente, porque le asignaban tener “buena estrella”.

por Jorge Fontevecchia

MACRI-DUJOVNE: las conferencias de prensa de ambos esta semana, presas de una voz debilitada. Foto: NA

“El hombre no es nada, la obra es todo”, decía Nietzsche en El crepúsculo de los ídolos. Las conferencias de prensa de Macri y Dujovne dejaron en muchos una sensación de vacío superior al silencio porque la “obra”, en este caso la economía del Gobierno, no aparece. Para algunos nunca aparecerá: “En 2019 el país tendrá la misma inflación que en 2015, mayor déficit comercial, mayor deuda externa y comparable déficit fiscal, porque lo que se ahorró en subsidios a los servicios públicos se compensó con la eliminación de las retenciones y los intereses de la deuda”.

Para otros, “la foto en 2019 podrá ser, en determinados indicadores, la misma de 2015 pero la tendencia será totalmente distinta porque la eliminación de los subsidios de los servicios públicos y de los controles al mercado de cambios permitirá que la Argentina deje de ser dependiente del precio de la soja pasando a exportar todo tipo de alimentos, energía y minerales e iniciar el círculo virtuoso al haber solucionado el problema histórico argentino, que fue siempre la falta de dólares”.

Esto último recién se podría comprobar si Macri fuera reelecto entre 2019 y 2023. Lo anterior se cristalizaría como la verdad de la historia si la oposición desalojara a Cambiemos del gobierno en 2019. El pasado siempre tiene final abierto porque puede terminar desarrollando cualquiera de sus potenciales, y por eso la historia se redacta en función del resultado que resignifica los mismos hechos como causa del acierto o del error. La historia es interpretación del pasado en función de la consumación de algunas de sus varias posibilidades.

Mientras tanto, la palabra del actual Macri y del actual Dujovne suena a bla, bla, bla, como si hablaran hoy Sturzenegger, Aranguren o Pancho Cabrera, los “pararrayos” eyectados del Gobierno. El problema de Macri y Dujovne es que ellos son los mismos y su palabra solo volvería a valorizarse si los hechos –la obra– recuperaran su poder de fundamento. El medio (en este caso el Gobierno) es el mensaje.

Citando estas columnas, uno de los tres conductores de la CGT, Juan Carlos Schmid, dijo esta semana: “La palabra del Gobierno está más devaluada que el peso”.

Las palabras y las cosas es un libro de Michel Foucault cuyo título es bien apropiado para circunscribir el mayor déficit actual del Gobierno, que es la relación distante entre las palabras que dice y las cosas que pasan.

Muchas personas votaron a Macri no por las ideas que expuso en campaña para justificar su promesa de un futuro mejor sino, simplemente, porque le asignaban tener “buena estrella” y confiaron en ella: ser un ganador, lo que según el observador pudo ser por su contexto de nacimiento, en la vida, con las mujeres, en Boca, en la administración de la Ciudad de Buenos Aires, por encontrar un Bianchi en Boca, un Rodríguez Larreta en la Ciudad, o por el motivo que fuera.

El problema de Macri es que su atributo de “buena estrella” solo se puede confirmar en la obra: le sale o no le sale. Al revés de Alfonsín, para quien había algunas derrotas que podían tener más grandeza que ciertos triunfos, un Macri perdedor sería algo peor que un fracasado, un farsante para quienes lo votaron por exhibición, aunque fuera tácita, de buena fortuna.

Esa suposición de buena estrella también se relaciona con la palabra, en el sentido de ser performativa: si la gente cree en su buena estrella, es más fácil que se cumpla la profecía; lo mismo que si la gente no lo cree, que no se cumpla. Si a los ojos de los demás se pierde ese atributo, como un anillo mágico, no queda nada sólido que exhibir. Lo explica magistralmente en su última columna (Ahora Macri es transparente) el sociólogo Luis Costa, discípulo del padre de la sociología argentina y columnista de PERFIL, fallecido en 2017, Manuel Mora y Araujo. Macri dejó de ser el “faro abrumador repleto de seguridad” del inicio de su presidencia. Y, como si se le hubieran desvanecido esos poderes mágicos, ahora se lo juzga por su obra.

La equis que muestran todas las encuestas donde la línea de la desaprobación del Presidente cruzó en forma ascendente la línea descendente de la aprobación se puede expresar también en palabras. La mayoría de los argentinos llegó a 2015 acumulando una experiencia de fracasos y frustraciones pero la “buena estrella” de Macri hizo que la esperanza le ganara a la experiencia. Dos años y medio después (las neurociencias sostienen que el enamoramiento no dura más de tres años), la experiencia acumulada de muchas desilusiones le volvió a ganar a la esperanza.

“Sobre las palabras ha caído la responsabilidad de representar el pensamiento”, escribió Foucault en Las palabras y las cosas. La devaluación de la palabra del Gobierno significa la devaluación del pensamiento del Gobierno. La historia, madre de todas las ciencias por ser la más antigua y nacer junto con la memoria humana, convierte el error en acierto y el acierto en error, en función del resultado. La experiencia es eso, resultado acumulado. Un experto en fútbol no podría quejarse de la suerte (“tormenta”) que le toca, solo debe concentrarse en “ganar”. Lo único que lo redimirá.


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