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aPOLOGIA DEL DELITO

Dar una mano

<p>Alguien se acuerda de Mario Fendrich? Hace unos años, trabajando en una revista de esta misma editorial, tuve que escribir sobre el caso del subtesorero del Banco Nación de Santa Fe, que luego de trabajar durante años en la sucursal de la zona, entró en la caja y hurtó unos tres millones de pesos.</p>

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Alguien se acuerda de Mario Fendrich?
Hace unos años, trabajando en una revista de esta misma editorial, tuve que escribir sobre el caso del subtesorero del Banco Nación de Santa Fe, que luego de trabajar durante años en la sucursal de la zona, entró en la caja y hurtó unos tres millones de pesos.
Tratando de ser original a toda costa, ya que no me sale ser moderno, en mi nota refrité buena parte de la información que circulaba en los diarios y agregué un rasgo de mi propia cosecha: calculando grosso modo su sueldo de subtesorero lo multipliqué por la cantidad de meses y de años que le habría costado hacerse de la misma suma que hurtó con un limpio golpe de mano. Daba cerca de ciento sesenta años.
Por supuesto, las cosas empiezan a interesarnos luego de que creemos haber acabado con ellas.
Tras la nota, tras la amable reconvención del director del medio (“¡Qué elegante apología del delito escribiste!”), empecé a leer en serio sobre la vida de Fendrich antes de su hurto.
Se había convertido en un personaje por derecho propio. Supe que tenía un matrimonio no muy grato pero contaba con barra de amigos, se hacía sus asaditos, navegaba el Paraná, acampaba en islas, se le atribuían gratas amistades del sexo opuesto.
Lo que me atrapaba era un interrogante: ¿por qué alguien que parecía tener una vida satisfactoria se arriesgaba a perderlo todo?
Entretanto, Fendrich estaba prófugo, aparecía, se entregaba, iba preso, era juzgado, pagaba su delito en la cárcel.
Hipótesis: la suma era mayor, en el banco se guardaba además la plata negra del juego clandestino de Rosario, Fendrich había estado escondido en Paraguay, contratado custodia, gastado todo su dinero, sobornado a la Policía para que no lo mexicaneara y asesinara, y a los del Servicio Penitenciario para tener un buen pasar en la cárcel.
Una vida de novela, como cuando las novelas eran de verdad. Así que escribí un guión de cine con el asunto, la película la filmó Sergio Belloti (se llama Tesoro mío y se encuentra en su videopirata de confianza, señora). Años más tarde, Fendrich salió de la cárcel, volvió a su pueblo: al parecer, está separado de su esposa, se convirtió en pintor de obra, trabaja con los hijos.
Un periodista que fue a hacerle una nota me contó que Fendrich lo invitó a pescar y al río y a comer asado, y que estaba enojado porque en el film se lo mostraba como un hombre infiel. Le mandé a decir que se tranquilizara, que él había cumplido un sueño de muchos argentinos y que su personaje –interpretado por Gabriel Goity– también, porque había intimado con Edda Bustamante y Victoria Onetto.
Ahora bien, pasados los años, la pregunta sigue presente: ¿por qué hizo lo que hizo ese hombre? ¿Por dinero? ¿Realmente alguien puede creer que esa suma de peripecias que termina con brocha gorda se construye para quedarse al fin del camino con una suma equis que no tendrá tiempo ni posibilidades de gastar? No. El paraíso de algunos es el infierno de los otros. Yo, trabajando de periodista, imaginaba como dichosa esa vida de bancario despreocupado y casi feliz, mientras que él, posiblemente, durante cada una de sus horas de contar plata ajena soñaba con una vida de aventuras. Quizá, cumplido su sueño, y obtenida toda la satisfacción que anhelaba, Fendrich se resignó a continuar como antes, con la excepción de que, donde había una calculadora, ahora hay una brocha gorda.
Puedo creer que sé lo que piensa: que en cada mano de cal, en cada trazo que su mano va extendiendo en un infinito de paredes sucesivas, Fendrich encontró la serenidad perdida. Vuelto un hito del pasado su momento más delictivo y glorioso, convertido ya, por efecto del olvido colectivo, en encarnación jubilada de una épica que ya no encuentra admiradores (la de los héroes de la rebelión contra la rutina, que exaltaban las películas de los años 60), el hombre blanquea su vida.

*Periodista y escritor.