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domingo 13 mayo, 2018

Desnuclearización de EE.UU.

La Casa Blanca exige que Irán y Corea del Norte abandonen sus programas nucleares, al tiempo que moderniza su propio arsenal. El doble discurso de Trump y de Israel.

Jeffrey Sachs*

Protesta. Contra la decisión de Trump de salir del acuerdo nuclear con Irán. Foto: AFP

Hay dos tipos de política exterior: la que se basa en “la ley del más fuerte” y la que se basa en el Estado de Derecho internacional. Estados Unidos quiere tener las dos: estar exento de responder ante el derecho internacional, pero exigir cumplimiento a los otros países. Y en ningún tema esto es tan visible como en la cuestión de las armas nucleares.
La estrategia estadounidense está condenada al fracaso. Como dijo Jesús: “los que tomen la espada, a espada perecerán”. Pero en vez de perecer, es hora de exigir que todos los países, incluidos Estados Unidos y otras potencias nucleares, cumplan las normas internacionales de no proliferación.
Estados Unidos exige que Corea del Norte respete las cláusulas del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), y sobre esa base alentó al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas a imponerle sanciones para lograr su desnuclearización. Asimismo, Israel pide sanciones o incluso una guerra contra Irán para evitar que este país desarrolle armas nucleares en infracción del TNP. Pero Estados Unidos viola el TNP descaradamente, y peor aún Israel, que se negó a firmar el tratado y se arroga el derecho a poseer un inmenso arsenal nuclear, obtenido mediante subterfugios, que hasta el día de hoy no reconoce.
El Tratado de No Proliferación Nuclear se firmó en 1968, y los países firmantes acordaron tres principios fundamentales. En primer lugar, los estados que tienen armas nucleares se comprometen a no transferirlas y a no ayudar a estados que no las tienen a fabricarlas o adquirirlas, y los estados que no tienen armas nucleares se comprometen a no recibirlas ni desarrollarlas. En segundo lugar, todos los países tienen derecho al uso pacífico de la energía nuclear. En tercer lugar, y esto es crucial, todas las partes del tratado, incluidas las potencias nucleares, acuerdan negociar el desarme nuclear (y de hecho, el desarme general). Como señala el artículo VI del TNP:
“Cada Parte en el Tratado se compromete a celebrar negociaciones de buena fe sobre medidas eficaces relativas a cesar la carrera de armamentos nucleares en fecha cercana y al desarme nuclear, y sobre un tratado de desarme general y completo bajo estricto y eficaz control internacional”.
El propósito central del TNP es revertir la carrera armamentista nuclear, no perpetuar el monopolio nuclear de unos pocos países. Menos aún perpetuar el monopolio nuclear regional de países que no firmaron el tratado, como Israel, que ahora parece creer que su apabullante poder militar lo exime de negociar con los palestinos. Tal es la hibris autodestructiva que las armas nucleares alientan.
La mayor parte de la comunidad internacional (con la notoria excepción de las potencias nucleares actuales y sus aliados militares) reiteró el llamado al desarme nuclear con la aprobación en 2017 del Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares, que exhorta a cada uno de los estados que posean estas armas a cooperar “a efectos de verificar la eliminación irreversible de su programa de armas nucleares”. Votaron a favor del tratado 122 países; uno en contra, uno se abstuvo, y 69, incluidas las potencias nucleares y los miembros de la OTAN, no votaron. Hasta la semana pasada, 58 países habían firmado el tratado y ocho lo habían ratificado.
Estados Unidos exige que Corea del Norte se haga cargo de sus obligaciones conforme al TNP y se desnuclearice, y el Consejo de Seguridad coincide. Pero es asombroso el descaro con el que Estados Unidos demanda no una auténtica desnuclearización, sino la continuidad de su propio dominio nuclear. La nueva estrategia nuclear de la administración Trump, publicada en febrero, propugna una modernización a gran escala del arsenal nuclear estadounidense, mientras que de las obligaciones conforme al TNP solo hace una defensa insincera:
“Nuestro compromiso con los objetivos del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares (TNP) se mantiene firme. Pero debemos reconocer que el entorno actual hace extremadamente difícil un mayor avance hacia la reducción de las armas nucleares en el corto plazo (…) Esta modificación [de la estrategia] se basa en una verdad innegable: las armas nucleares tienen y seguirán teniendo, hasta donde es posible prever, un papel crucial en la disuasión de ataques nucleares y en la prevención de la guerra convencional a gran escala entre estados provistos de armas nucleares”.
En síntesis, Estados Unidos exige que solo los otros países se desnuclearicen. Desnuclearizarse a sí mismo sería “difícil” y contrario a la “verdad innegable” de que las armas nucleares sirven a las necesidades militares de Estados Unidos.
Dejando a un lado el incumplimiento estadounidense de sus obligaciones conforme al TNP, otro enorme problema es que las necesidades militares de Estados Unidos en realidad no tienen que ver con la disuasión. Estados Unidos es con diferencia la entidad más belicosa del mundo, contendiente en guerras electivas en Medio Oriente, Africa y otros lugares. En el último medio siglo, su ejército se lanzó a reiterados intentos de cambio de régimen, totalmente violatorios del derecho internacional y de la Carta de la ONU; esto incluye dos operaciones recientes para derrocar a líderes (Saddam Hussein en Irak y Muammar Al Kaddafi en Libia) que habían accedido a las demandas estadounidenses de poner fin a sus programas nucleares.
Digámoslo de este modo: el poder corrompe, y el poder nuclear crea la ilusión de ser omnipotentes. Las potencias nucleares bravuconean y mandonean en vez de negociar. Algunas derrocan gobiernos ajenos a su antojo, o al menos lo intentan. Estados Unidos y sus aliados nucleares se han arrogado reiteradamente el derecho a ignorar al Consejo de Seguridad de la ONU y al Estado de Derecho internacional; por ejemplo, con los ataques ilegales de la OTAN contra el régimen de Kaddafi en Libia y las incursiones militares ilegales de Estados Unidos, Israel, el Reino Unido y Francia en Siria, con el objetivo de debilitar o derribar a Bashar al-Assad.
Debemos, sin ninguna duda, exigir una desnuclearización rápida y efectiva de Corea del Norte; pero también debemos, con la misma urgencia, hablar del arsenal nuclear de Estados Unidos y otros países. El mundo no está viviendo en una Pax Americana; está viviendo en la zozobra, con millones de personas arrojadas al torbellino de la guerra por la maquinaria militar desatada y desquiciada de los Estados Unidos, y miles de millones bajo la amenaza de la aniquilación nuclear.

*Profesor de la Universidad de Columbia. Autor de El fin de la pobreza.


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