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grietas y cambios

El enigma del mal menor

Nicolás Maduro 05072019
Nicolás Maduro | Bloomberg

Si algo faltaba para confirmar que “la grieta” en Argentina, aún con sus particularidades, refleja un fenómeno mundial, la confirmación de Boris Johnson como primer ministro británico colma el vaso. Tan parecido a Donald Trump que hasta luce el mismo pelo, está en guerra con la Unión Europea y en conflicto con las dos Irlandas y Escocia, sin contar las consecuencias económicas de todo ese entuerto.

El fenómeno se reproduce: Salvini, Bolsonaro, Netanyahu, Maduro… varios más y para todos los gustos. Imposible detallar aquí las consecuencias políticas y sociales y las muchas variantes en cada país o región. La prensa internacional lo hace hora por hora, aunque con las excepciones del caso, se interesa más por aprovechar la situación que por profundizar en las razones materiales –económicas, científicas, tecnológicas– que están en la base de estos fenómenos políticos. La “grieta” tiene audiencia y genera ingresos, por no hablar de las adhesiones políticas de algunos medios o de los lobbies económico-financieros que controlan a otros.

El problema, tanto para los nuevos autócratas como para los defensores del republicanismo, sean estos conservadores, liberales o socialdemócratas, es que el sistema de producción, intercambio y reparto en que las modernas repúblicas asientan sus acuerdos sociales y políticos, hoy requiere cambios estructurales. Se trata de un fin de época; por lo tanto también de un albor, aunque por ahora no reluzca.

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Abundan las comparaciones con la Gran Depresión, el crack económico-financiero de 1929 y todo lo que vino después. Según este esquema, ahora estaríamos en el punto en que Mussolini se consolidaba en Italia, los alemanes votaban a Hitler y Franco preparaba su revuelta en España. El Japón representaba entonces a la China de hoy.

Por supuesto que las diferencias son enormes; hoy para peor. Trump en lugar de un F.D. Rooselvet en la primera potencia, por ejemplo. Y no hay comparación posible entre la revolución que representan la robótica, la informática y la velocidad a que se mueven y evolucionan, con las “innovaciones tecnológicas” de los años 30. Aún así, el desempleo mundial también explotó entonces, con las variantes y fugaces “recuperaciones” del caso en cada país. La comparación se apoya pues en dos ejes comunes: prolongada crisis económica mundial, predominio de la especulación financiera y crisis social como telón de fondo; en escena, retroceso político republicano y surgimiento de líderes fuertes que prometen el paraíso “al pueblo”.

La Gran Depresión concluyó en otra gran guerra, y a las puertas de algo así podríamos estar ahora, esta vez con muchos Hiroshima en perspectiva. La impotencia republicana ante la crisis, que entonces y ahora incluye el crecimiento exponencial del poder económico y político de la delincuencia organizada, acaba en el auge populista, cualquiera sea el discurso ideológico con que se presente. Hubo teóricos de eso en el pasado, como Heidegger. Los hay ahora, muy menores por cierto, como Laclau y Mouffe, entre otros. En cuanto a equivalentes de una Rosa Luxemburgo, si existen apenas se los oye. Y deben cuidarse, porque también hoy hay mucha izquierda desconcertada que se ha pasado al populista “ellos o nosotros” y podría, llegado el caso, ocurrirles lo que a Rosa.

Se me ha ido la mano con esta introducción y debo disculparme por apenas sobrevolar cosas tan importantes. Pero no he hecho más que expresar mi propio desconcierto, que es hoy el de tantos ciudadanos en el mundo, ante la profundidad de la crisis y la cuasi ausencia de alternativas racionales a los peligros que se avecinan.

Como argentino, y ante la muy posible segunda vuelta en las próximas elecciones presidenciales, espero haber confirmado, siguiendo la evolución de las cosas después de las PASO, mi conclusión actual ante el enigma del “mal menor” para la República. Como sea, votaré tapándome nariz, ojos y oídos.

 

 *Escritor y periodista.