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Defensor de los Lectores

El infierno son los otros

Hace algunas semanas, este ombudsman advirtió a los lectores de PERFIL que existen límites objetivos a las expresiones en apoyo o rechazo a acontecimientos, posturas, proyectos, propuestas o decisiones que están generando debate y ganando espacio creciente en los medios y en la sociedad.

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CITA. “El fanático (…) solo sabe contar hasta uno”. | AFP

Hace algunas semanas, este ombudsman advirtió a los lectores de PERFIL que existen límites objetivos a las expresiones en apoyo o rechazo a acontecimientos, posturas, proyectos, propuestas o decisiones que están generando debate y ganando espacio creciente en los medios y en la sociedad. Esos límites se pueden reducir a la necesidad de neutralizar los efectos de una palabra: fanatismo. A la que se puede adicionar otra, vinculada, que define también posiciones extremas sin argumentación que las fundamente: sectarismo.

Vuelvo sobre el tema porque la virulencia que se viene observando en las posturas transmitidas por vía de cartas a los medios (PERFIL incluido) y posteos y comentarios en las redes sociales parece crecer de la mano de famosos o ignotos autores, incluyendo algunos de altas funciones en sus respectivos ámbitos (político, social, económico, empresarial, sindical, religioso).

Esos límites de lo que se habla en el primer párrafo de este texto también pueden ser definidos con una sola palabra: respeto. Respeto a las ideas ajenas, respeto a las personas con las que no se acuerda, respeto a las instituciones que originan, acompañan o promueven tal o cual posición.

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En un diálogo que tuve el pasado viernes con una estudiante secundaria, en viaje entre Buenos Aires y mi casa costeña, la cuestión del necesario debate sobre la despenalización del aborto fue derivada hacia los ejemplos de fanatismo que venimos –ambos– observando en distintas materias, incluyendo esa discusión. Se manifestaba sorprendida –y agraviada– porque en las conversaciones sobre el tema con algunos de sus pares, el diálogo se espesaba y terminaba abruptamente cuando desde uno u otro sector de opinión quedaban atrás los argumentos y primaban las consignas facilistas, la voz airada por encima del diálogo posible. Adolescentes que ya están instalándose a ambos lados de un abismo. Es grave.

¿Cuánto de estas posturas extremas es favorecido directa o indirectamente por los medios? ¿Acompañan estos un necesario equilibrio para arribar a definiciones que no favorezcan el fanatismo y las posturas sectarias? Una mirada desapasionada sobre lo que se viene publicando y diciendo permite inferir que hay más combustible para avivar el fuego que análisis criterioso en procura del bien común.

En su habitual columna del diario español El País, el periodista Juan Cruz demuestra que esta inquietud que quiero transmitir a los lectores trasciende las fronteras de nuestro país. “Fanatismos y microfanatismos, esos son nuestros padecimientos”, escribió Cruz; y agregó: “En la edad de plata de la supuesta conversación en red, lo que hay es silencio y reconcomo (desasosiego). Queremos que hable el otro, pero hasta cierto punto. Ah, de eso no se habla, eso no se toca, deja de joder con la pelota. En su libro Queridos fanáticos (Siruela, acaba de salir), el israelí Amos Oz explica una frase de Winston Churchill, creador de refranes sabrosos. ‘Un fanático es una persona que de ningún modo cambia de opinión y de ningún modo permite que se cambie de tema’”. Churchill, curiosamente, podría ser catalogado como un fanático si se analiza todo su camino de décadas por la política británica. Juan Cruz vuelve a citar a Oz: “El fanático, de hecho, es alguien que solo sabe contar hasta uno (…), casi siempre tiende a revolcarse por placer en una especie de sentimentalismo agridulce, compuesto de una mezcla de ira ardiente y autocompasión pegajosa”. Y concluye la columna en El País: “Pero que no se hagan ilusiones los otros. Una vez que se enciende el fuego del fanatismo todos nos quemamos del mismo mal. Ahora estamos en medio del incendio, pero, cuidado, solo de un lado se grita fuego”.

En estos tiempos en los que los fundamentalismos de uno y otro signo parecen haberse instalado de manera violenta (aunque en algunos casos se disfrace esa violencia con una pátina de espiritualidad, dogma o como se quiera llamar) cerrar el paso a los fanáticos y sectarios es parte de la misión que nos toca a quienes ejercemos este oficio. El periodismo es el medio, la correa de transmisión entre lo que sucede y el ciudadano de a pie, un permanente buceo que lleve a la verdad. La diversidad de opiniones está en la orilla opuesta a la uniformidad sectaria. No curiosamente, quienes asumen posturas extremas, fanáticas, suelen comenzar sus intervenciones con palabras gruesas para quienes piensan diferente, con afirmaciones que no permiten margen para la discusión o el disenso.

“El infierno son los otros”, escribió Jean-Paul Sartre. No hay un otro respetable cuando el fanatismo elimina la invaluable actitud de escuchar y ser escuchado.