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El lenguaje del poder

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En 1962, el escritor japonés Kan Shimozawa creó un personaje maravilloso: Zatoichi, un viejo vagabundo, ciego, muy pobre, que se gana la vida dando masajes y jugando a los dados. Pero Zatoichi guarda un secreto: además de ser ciego y pobre, es un samurái con una habilidad sin límites para pelear con la espada. Zatoichi huele y escucha hasta los más mínimos detalles de sus adversarios y eso le permite ensartarlos con su afilada arma de guerrero.

Además de una larga saga de libros, hay muchas versiones de Zatoichi en cine y en televisión. Es especialmente recomendable la que dirigió y protagonizó el gran Takeshi Kitano en 2003. Seguramente, Kitano filmó la historia de Zatoichi porque no conoció a otro personaje maravilloso y sobrenatural: un humilde ferretero de Sarandí que fundó un club modesto, de barrio, fue presidente de otro, más grande, llegó al mando de la Asociación del Fútbol Argentino y alcanzó así la cima del negocio del fútbol mundial.

¿Cómo hacía Zatoichi para vencer a los guerreros más expertos, siendo ciego? ¿Cómo llegó Julio Grondona a ser el vicepresidente de la Federación Internacional de Fútbol Asociado, sin hablar una palabra de inglés? Con un sentido sobrenatural que poseían ambos.

Zatoichi tenía una infinita habilidad para utilizar el oído, el olfato y el tacto; Grondona tenía la infinita habilidad de utilizar el sentido del ejercicio del poder. No importa si Zatoichi no ve, no importaba si Grondona no habla inglés: hay algo que es más fuerte, otra dimensión de la comunicación, que termina imponiendo las condiciones que se desean.

Grondona sobrevivió a Videla, a Alfonsín y a Menem. Sobrevivió a Havelange y supo cómo manejar a Blatter y a Platini. Fue aliado y socio de Clarín, primero, y del gobierno kirchnerista, después. Para Grondona no había grieta: había poder y había poderosos. Siempre estaba del lado de los poderosos.

Hoy, la desigualdad en el fútbol mundial es mucho más profunda que cuando Grondona asumió en la AFA, en 1979. Hoy, los clubes tienen muchas más deudas e ir a la cancha resulta muchísimo más peligroso. Hoy, los barras manejan muchísimos más negocios. Sin embargo, Grondona parece inevitable en el fútbol argentino y mundial.

Tal vez de eso se trate ejercer el poder: de perpetuar unas condiciones nefastas, hacer como que eso es lo natural e inevitable y administrar las migajas jugando con la ilusión y la pasión inextinguible de un montón de fieles. Hinchas, en este caso.

Julio Grondona fue un invento de nuestras limitaciones, de nuestros miedos, de nuestros lados oscuros. De una parte de nosotros que va a seguir viva mientras nos sigamos fascinando con otros que sepan hablar el lenguaje del poder, como si eso fuera sobrenatural.

El espíritu de Grondona va a seguir perturbándonos mientras sigamos viendo como guerreros heroicos y superpoderosos a los miserables a quienes dejamos que administren nuestra fe.

*Periodista.


Pablo Marchetti


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