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COLUMNISTAS / opinion
sábado 6 enero, 2018

El Ministerio del Deseo

El deseo, además de mirar al futuro, como prescribe Cambiemos, es el gran motor de la economía de un país.

por Jorge Fontevecchia

Ecos de aquella conferencia de prensa del 28/12. Foto: CEDOC PERFIL

¿Qué es un político? Es un vendedor de felicidad. Un escritor podría construir una gran novela con el argumento de un presidente ambicioso que, para ser reelegido continuamente, coloca en el agua corriente de las ciudades de su país Prozac, el medicamento que permite el aumento de la serotonina, el neurotransmisor que baja cuando hay depresión, calificado como la droga de la felicidad y que tuvo un uso tan generalizado que motivó el best seller Mas Platón y menos Prozac, uno de los libros más vendidos de la última década escrito por el profesor de Filosofía Lou Marinoff.

En lugar de invertir capital político, se lo gastó haciendo una conferencia de prensa pomposa

Quizás inspirado en el Ministerio del Amor de la novela de George Orwell 1984 y en la anterior de Aldous Huxley Un mundo feliz, pero sumada seguramente cierta imposibilidad de Nicolás Maduro de comprender la diferencia entre representación y representado, se creó directamente un Ministerio de la Felicidad en la ya destruida Venezuela de 2013.

Cincuenta años antes, el rey del pequeño Bután, tratando de llevar a la física la metafísica del budismo, sustituyó el índice del Producto Interno Bruto por el de Felicidad Nacional Bruta. Y a principios del siglo XXI, varios países desarrollados crearon métodos para medir la felicidad según variables de la cultura occidental. Lo hizo Francia en 2004 y luego Inglaterra, con la colaboración de los premios Nobel Joseph Stiglitz y Amartya Sen al construir un sistema de medición que tomaba en cuenta no haber sentido restricciones en el consumo de ciertos bienes y servicios deseables o haber podido pagarse vacaciones.

Pero ya sea la felicidad budista del “no necesitar” o el bie-nestar occidental de “tener lo que se necesita” y hasta una hipotética sociedad totalmente adormecida por dosis masivas de Prozac, de convertirse esa sensación en un estatus y una paz permanentes, dejaría de generar motivaciones electorales. Lo adecuado para la política y la economía sería –metafóricamente– que Macri desarrollara un Ministerio del Deseo. Algo que consciente o inconscientemente hizo a modo de relato en sus campañas electorales y seguramente le valió el voto de todos aquellos que, sin odiar a Cristina Kirchner, eligieron a Cambiemos esperanzados en un futuro económico mejor. En la medida en que Cristina Kirchner deje de ser una amenaza, Cambiemos precisará que quienes lo voten en los próximos años sean cada vez más quienes lo hagan propositivamente por el futuro y no defensivamente contra del pasado.

El deseo tiene la ventaja de que nunca se completa del todo, alimentándose continuamente de esa propia falta. La retroalimentación de energía se puede visualizar en el Péndulo de Newton, donde dos bolas, una golpeando sobre la otra, se mantienen en movimiento infinito una vez “encendidas” con un impulso inicial (hay una versión comercial como adorno de escritorio con cinco bolas con el mismo procedimiento, ver: El péndulo de Newton en movimiento).

El deseo, además de mirar al futuro, como prescribe Cambiemos, es el gran motor de la economía de un país. El deseo impulsa a los actores económicos como a las personas a la acción, a tomar riesgos, a emprender. Y al revés, se podría decir que la falta de deseo es equivalente en economía a la recesión. Por eso no se entiende qué quiso hacer el Gobierno con la conferencia de prensa del 28 de diciembre, donde anunció innecesariamente y con pompa el relajamiento de las metas de inflación. Porque hay mucha relación entre la pérdida de deseo y la pérdida de futuro, y lo que esa conferencia de prensa hizo fue crear temores sobre el futuro.

Ayer el secretario de Industria y Servicios del Ministerio de la Producción, Martín Etchegoyen, le dijo al diario El Cronista que “el cambio de las metas de inflación va a producir más crecimiento”. Más allá de lo discutible del argumento sobre que un poco más de inflación promueve el crecimiento, más aún cuando pasa el veinte por ciento, esa opinión oficializa la interna que hubo dentro del equipo económico los últimos años: no se corrigen las metas de inflación porque no se alcanzaron en el pasado, sino porque no se quiere intentar alcanzarlas en el futuro.
 Pero así como el deseo una vez encendido se retroalimenta, el Gobierno corre el riesgo de que un horizonte económico más volátil lo apague. Es cierto que frente al mismo escenario hay personas que desean más que otras pero, aunque el deseo no dependa exclusivamente del entorno y de la prospectiva del deseante, un futuro amenazante inhibe el deseo de la mayoría.

Se podría decir que un político que llega a presidente también es un fabricante de deseo, que alienta a su sociedad a creer en el futuro y en el propio potencial (como hacen los padres, los maestros y los psicólogos). Macri lo hizo todo el tiempo sosteniendo que confía en las capacidades de los argentinos para generar progreso. Su propio éxito en Boca y el éxito económico de su familia en el pasado fueron un significante de deseo aspiracional en muchos argentinos de clase baja.

Después del bajón de fin de año producido por esa conferencia de prensa del equipo económico, que solo se puede explicar por cuestiones de ego de un sector del Gobierno, Macri precisa recrear una narración esperanzadora para recuperar la pérdida de aprobación que reflejan todas las encuestas. Si la economía no mejora, corre el riesgo de poner en peligro su hoy descontada reelección de 2019. El capital político es para consumirlo, como explican quienes sostienen que Macri lo invirtió en que se aprobaran leyes tan antipopulares como necesarias. Pero el capital político consumido en aquella conferencia de prensa fue un gasto, y no una inversión, que requerirá agregar nuevo capital político para equilibrar su stock.

"El cambio de las metas de inflación va a producir más crecimiento", dice el Gobierno

Sin llegar a la literalidad esquizofrénica de Maduro en Venezuela, debería concentrarse en crear un equivalente a un Ministerio del Deseo que encienda con fundamentos no mágicos el ánimo. Esencialmente, no cometiendo más errores como los de esa conferencia de prensa del equipo económico el Día de los Inocentes.


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