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COLUMNISTAS / opinion
domingo 4 marzo, 2018

El PBI no muestra todo

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TRISTAN RODRIGUEZ LOREDO

ARENGA. Macri cerró su discurso sin leer y con tono exaltado. Foto: cedoc perfil
La formulación de las políticas económicas podría remitir a tres objetivos principales para medir el éxito de gestión: el crecimiento del producto por habitante, una mejor distribución del ingreso y la sustentabilidad del proceso. Otras metas, como el crecimiento de las exportaciones, la renovación de la infraestructura o una mayor competitividad de la economía también son apetecibles a la hora de sacar chapa con grandes zanahorias en la elaboración de planes plurianuales. Pero todo sucumbe frente a los tres objetivos básicos iniciales. Si la economía no crece, nada cierra y menos cuando la contabilidad creativa presupuestaria despeja incógnitas con cifras de aumento en producción, empleo y recaudación que son creíbles, pero no necesariamente reales.

También la mejora en la distribución del ingreso: que se cierre la brecha de igualdad entre los que más y los que menos ganan. Más difícil que la anterior, debido a la diversidad de fuentes, el timing de las fotos y también con la piedra en el zapato que supo introducir el entonces ministro Kicillof: si medir la pobreza es estigmatizar a los pobres, nos despedimos de los indicadores en la ejecución. Pero como se parece más a una película que a una foto, los guarismos solo se ven cuando caen abruptamente (como en las crisis de 1989 o 2002), queda casi siempre en una expresión de deseos a la que pocos se animan a poner en términos operativos.

La tercera cuestión es la de la sostenibilidad del proceso. De poco sirve esgrimir picos históricos (como la distribución del ingreso de 1975 o las tasas chinas de 2003 a 2007) si la propia dinámica trae consigo el germen de la crisis posterior.

Por lo tanto, enumerar estos grandes objetivos de la política económica es un no lugar en la ciencia económica. Nadie invitaría a los votantes y agentes económicos a seguirlos en una cruzada que deteriore el nivel de vida, empobrezca a casi todos y no asegure bienestar futuro. Lo que sí se omite son dos aspectos claves en esta discusión para pasar de nivel y elevar la conversación a la adultez social: cuál es el precio a pagar para conseguir ese premio y si hay stock para todos o solo para algunos (en este caso, queda en modo oculto quiénes estarán de un lado u otro de esta frontera de la felicidad).

Reducir la medida de una política económica a una cifra de crecimiento en el PBI es claramente insuficiente, no solo por todos los demás indicadores que se dejan fuera sino por la complejidad de sectores, aspectos y dinámicas de muchos de los agentes económicos intervinientes. Pero también es harto necesario, porque sin crecimiento económico nada cierra. Nos referimos al crecimiento real y no al que se coloca ad hoc en las planillas de cálculo en plena negociación presupuestaria. Queda la duda sobre si como sociedad estamos dispuestos a costear de verdad el crecimiento o seguirá siendo una consecuencia fortuita de alteración en los términos del intercambio y un adorno más en los discursos de apertura de sesiones, de cierre de campaña y de memorias de los ministros de turno que nadie le presta atención.n

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