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El periodismo de hoy, y el de antes

Tomas150
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“¿Quién es un periodista? Alguien que no tiene nada que decir y lo esconde escribiendo oscuro.” Así empezaba la columna de Roberto Guareschi, ex director de Clarín, publicada en este diario la semana pasada. Yo tengo otras definiciones, que circulan como bromas internas desde hace años en las redacciones: alguien que sabe un poco de cada cosa y mucho de nada. O su versión más elaborada: alguien que nada en un océano de sabiduría en aguas de un centímetro de profundidad. Son chistes que, como todos, esconden una parte de realidad, aunque las generalizaciones no suelen ser amigas del razonamiento verdadero. ¿Quién es, puede o debe llamarse “periodista” hoy? Eso se pregunta Guareschi, cauteloso pero sinceramente entusiasmado por la explosión de las redes sociales y el uso que cualquiera con una computadora a mano hace de las nuevas tecnologías. ¿Es un periodista sólo quien trabaja en una redacción? Claro que no: el gremio se sostiene en buena medida por los trabajadores free lance que producen contenidos especializados desde sus casas y locutorios, desde cualquier parte del mundo. Pero: ¿puede llamarse periodista (o corresponsal, o crítico, o editorialista) alguien que acaba de crear un nuevo blog, de estrenar página en Facebook o de abrir una cuenta en Twitter?

Buena parte de la crisis que vive el periodismo tradicional hoy se debe a la competencia de Internet, a la merma (o diversificación) de la inversión publicitaria, pero también a los propios periodistas y dueños de medios. Ya no miro televisión: la había abandonado hacía tiempo, pero la última vez que la encendí en un canal de noticias para ver la hora y la temperatura me encontré, un mediodía, con una suerte de documental de cinco minutos sobre la nueva hija de Mariana Fabbiani; y esa misma noche, con un supuesto presentador de noticias que les hablaba a los espectadores como si fueran vecinos oligofrénicos mientras los incitaba a prender y apagar las luces de sus departamentos en un juego de complicidad que no terminé de comprender. Pero si la televisión renunció hace años a la producción de información relevante en pos de un show de frivolidad en continuado, las radios y los medios impresos no hicieron un esfuerzo mucho mayor por mantener los estándares de calidad: primero se embarcaron en una subestimación del lector, reduciendo el tamaño de los textos y aumentando el de las fotos, dibujos, infografias y demás artilugios del diseño. Después, directamente, se olvidaron del lector y se convirtieron ellos mismos (periodistas y medios) en sujetos noticiosos, emprendiendo cruzadas ideológicas y financieras desde las tapas de diarios y revistas. Así las cosas, el periodismo, hasta hace una década una profesión deseada y admirada, corre el riesgo de convertirse en la segunda más aborrecida después de la abogacía.

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El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
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Guareschi tiene razón al afirmar que el periodismo tradicional está sufriendo una inmensa transformación. Pero no creo que se trate sólo de una cuestión de herramientas (teléfonos celulares, fotografía digital, blogs, redes sociales) la que vaya a guiar ese profundo cambio hacia un buen lugar. Para hacer periodismo del mejor nunca se necesitó mucho más que lecturas, inteligencia, razonamiento crítico, información verosímil, imperativos éticos, creatividad, un poco de talento, papel y lápiz. Tanto, y tan poco.