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COLUMNISTAS / SITUACION DE CRISIS
domingo 9 septiembre, 2018

El Presidente en su laberinto

Es difícil imaginarlo como piloto de tormentas. Más aún, descifrar si Mauricio Macri tiene una dimensión cabal de la crisis por la que atraviesa y sus potenciales peligros.

por Bernarda Llorente

FMI. El fin de la ilusión, en una memoria colectiva plagada de fantasmas. Foto: cedoc

Es difícil imaginarlo como piloto de tormentas. Más aún, descifrar si Mauricio Macri tiene una dimensión cabal de la crisis por la que atraviesa y sus potenciales peligros. En la última semana se desvanecieron eufemismos ante el dramatismo de una realidad que se plasma en números y se niega en discursos. La disputa comunicacional cambió de eje: ya no se pelea el “diagnóstico” sino a quién endilgar la responsabilidad de tanta impericia.

Cambiemos llegó al poder con una jerga electoral abundante en recetas fáciles para cuestiones complejas. Si los problemas estructurales no habían sido resueltos en una Argentina cíclica y recurrente se trataba de males de gestión, no de política. Con la liviandad de aquellos que creen no deberle nada a nadie y mucho menos tener que rendir cuentas, las promesas electorales que supieron construir expectativas y empatías cayeron como naipes.

Recurrir al FMI representó el fin de la ilusión, en una memoria colectiva plagada de fantasmas. El intento de construcción de la “épica del ajuste” solo pudo ser el resultado de una mala lectura política. Al Presidente se lo expuso, o se expuso, al simulacro de la “calma” pidiendo “sacrificios”. Sus intervenciones, ensayadas y leídas con dificultad, fueron más de lo mismo: decepcionantes, contraproducentes. Los mercados dejaron ver que los traspiés económicos habían minado la confianza. Para una nutrida parte del resto de la argentinidad crítica, que en-globa a votantes y no votantes, la gestualidad compungida y la respiración entrecortada, mostraron a Macri tratando de imprimir una autoridad que se ha ido desvaneciendo a la par del desencanto. La supresión del discurso político en pos de la receta del ajuste, segmenta a la “audiencia” entre los actores económicos (los que verdaderamente importan) y los “otros”, como parte de una coreografía desacompasada y secundaria.  

El PRO no está entrenado para aguantar crisis ni sortearlas. Nació etéreo, conceptualmente esquelético y con respuestas binarias. Ello explica el derrumbe tan abrupto. Descoordinado, contradictorio, irresponsable, improvisado. La debacle de la administración estatal se define, en parte, por el profundo desprecio a la “vieja política”. Las “nuevas formas”, comprimidas principalmente en el marketing y la “antipolítica”, se vieron plasmadas la semana pasada no tanto en su intencionalidad como en sus desaciertos.

El poder suele ser engañoso, pero aún más los parpadeos de un “despoder” que se va tornando evidente. Cuánto lo percibe el propio Presidente es un verdadero enigma. Su “popularidad” se retrotrajo a un pasado en el que los elevados niveles de rechazo lo alejaban de la presidencia. Macri suele ejercer su cargo de lunes a viernes. Pero no por ello deja de asombrar que el último domingo se haya esparcido en “Los Abrojos”, jugando al paddle, gambeteando un picadito, viendo a Boca y ofreciendo en soledad algún ministerio. En contraste,  Olivos fue un “hervidero”, el lugar donde sus aliados radicales trataban de ser escuchados acerca de cómo apagar el incendio.

La sensación es que “el rey está desnudo”, replegado sobre sí mismo. La imagen mediática que supo construir como una de sus fortalezas más solidas se resquebraja y no logra reinventarse. Con una gestión vaciada de política, la comunicación aparece como la mueca de un gobierno que dilapida sus apoyos internos en función de los externos, que se cierra incluso a sus aliados y que de la oposición solo espera que acate y comparta los costos políticos.

Macri no es un líder en sentido estricto y tampoco derrama carisma. Es por eso que el fracaso en la “gestión” de gobierno, del “equipo”, en la transparencia institucional, en la eficiencia, en la entrada al siglo XXI y en una modernidad que implicaba, al menos, crecimiento, deja mal herida a Cambiemos como fuerza política. El ajuste y sus consecuencias –inflación, pobreza, desempleo, devaluación, recesión, deuda– remite a un pasado que degrada el presente y condiciona el futuro. Einstein decía que en los momentos de crisis solo la imaginación es más importante que el conocimiento. El Gobierno hoy parece no poder echar mano a ninguno.

*Experta en Medios, Contenidos y Comunicación. Politóloga.


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