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El retorno del catador solitario

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La semana pasada se conoció la noticia de que un vino argentino había ganado el premio al “mejor tinto del mundo” en un concurso organizado por la Unión de Enólogos Franceses. Clarín anunció que eso era equivalente a que una película argentina ganara en Cannes (nunca ocurrió).

Como llevo años escuchando a los productores de cine sostener que un triunfo en el festival de Biarritz o el de Huelva es una hazaña extraordinaria, desconfié un poco y pregunté en Twitter cuán importante era el premio. Se produjo un silencio elocuente. Off the record, me dijeron que no se trataba de un gran concurso ni tampoco de un gran vino, y que lo del “mejor tinto del mundo” era más bien un disparate. Pero todas las personas con las que hablé coincidieron en una frase: “De todos modos, un premio siempre es bueno para la industria”. La frase me sonaba: podría haber estado en boca de cualquier representante de la industria del cine argentino ante una película que ganara en un festival menor. Supongo que la clave de todo esto es la palabra “industria”. En nombre de la industria (y la prensa se siente parte de la industria) se exagera y se calla, por no decir que se miente. Es bueno, en nombre de la industria, ir al Salón del Libro de París y difundir la literatura argentina, aunque la delegación tenga un indebido sesgo político.

La conducta corporativa proscribe la crítica a los colegas o al Estado cuando éste es socio, promotor o simplemente capaz de represalias. Por eso, volviendo a la industria del vino, es rarísimo encontrarse con un libro como la Guía Austral Spectator, que edita anualmente Diego Bigongiari. La descubrí en 2009 y hablé en esta columna de la sorpresa que me produjeron su calidad literaria y la audacia de sus juicios. En la edición 2014, después de asociarse durante un par de años con otros colegas en busca de una aproximación “más juvenil y comercial”, Bigongiari parece haberse radicalizado definitivamente. Ahora cata solo (siempre a ciegas) y escribe solo: no quiere hacer concesiones ni promedios entre su gusto y los ajenos. Esta vez, la publicación promete ser “la guía teórica y práctica de los 500 vinos de Argentina que vale la pena beber” (más los mejores aceites de oliva nacionales), incorpora una nueva obsesión de Bigongiari –que es catar los vinos después de abiertos para seguir su evolución durante varios días– y mantiene la costumbre de mirar, oler y degustar con atención, capacidad descriptiva y certeza, además de sus contundentes artículos de opinión. Bigongiari no escribe como un opositor caprichoso a la industria local: valora especialmente a los enólogos y bodegueros capaces de producir cientos de miles de botellas de una marca, y sostiene que entre los espumosos (los vinos que se fabrican como el champagne), los argentinos son los mejores después de los franceses. Pero el epígrafe de la guía es una frase de San Agustín que empieza así: “Si de los gobiernos quitamos la justicia, ¿en qué se convierten sino en bandas de ladrones a gran escala?”.

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Se comprende por qué es tan difícil encontrar referencias a la Guía Austral, pero los lectores agradecemos que la lucidez de Bigongiari la mantenga al margen de la regla de oro de la literatura corporativa: “Cuanto más oficial, más bella y enfática es la prosa”.