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COLUMNISTAS / UN PAIS EN SERIO
domingo 12 junio, 2016

El segundo semestre son los padres

El Gobierno nunca especificó de qué año, pero no importa: siempre se puede pedir disculpas, a lo Prat-Gay. No nos tiren con Isamel Serrano.

por Redacción Perfil

—¡Dale, corré! –me grita Matías, mi personal trainer.
—¡No puedo más! –digo con el último aliento, con el último hilo de aire que sale de mis pulmones.
—¡No llegaste ni a 300 metros! –se queja Matías–. No transpiraste ni una gota.
—Es que hace mucho frío. Pero sí, un poco transpiré. Aunque no tanto como cuando me enteré de que Macri tuvo una arritmia.
—Imaginate si queda Michetti como presidenta –dice Matías–. ¡Eso sí te hace transpirar!
—Es como cuando le daba algo a Cristina y comenzaba a dar vueltas el fantasma de Boudou.
—A vos lo que te hace mal es el fantasma del sedentarismo –dice Matías–. Le huís más a la actividad física que un taxista a Uber.
No puedo responder nada. Me quedo parado, con las piernas abiertas, mientras toso e intento balbucear algo, pero no me sale ni una palabra.
—Dijiste que te ibas a poner bien físicamente, pero no hacés nada. ¿Cuándo creés que vas a mejorar?
—En el segundo semestre, obvio. En el segundo semestre voy a parecer Usain Bolt –digo entre toses.
Vuelvo a la productora, entro a mi oficina con Matías y está Carla mirando algo en su iPad, con las luces apagadas, totalmente a oscuras.
—¿Qué hacés a oscuras? –pregunto, sorprendido.
—Cuidándote –responde–. Vas a ver que cuando venga la factura de luz no sólo no me vas a preguntar nada: me lo vas a agradecer.
—¡Pero es ridículo! ¿Y la tableta qué es? ¿Me vas a decir que no gasta energía?
—Sí, por supuesto –responde–. Pero ésa es la luz al final del túnel de la que habla Michetti.
—¡La presidenta! –dice Matías.
—Callate, que ya recuperamos el ritmo.
—No me parece bien que asuma Michetti –sigue Matías–. Si le pasa algo a Macri debería asumir Duran Barba.
—El Ekeko al final del túnel –dice Carla.
Mientras, yo comienzo a sacarme las zapatillas, para cambiarme.
—¡Qué olor! –se queja Carla.
—¿Viste que sí transpiré? –le digo a Matías–. ¡Qué bien que voy a estar en el segundo semestre!
—Mirá que para el segundo semestre falta poco –aclara Matías.
—Pero yo no aclaré en el segundo semestre de qué año. En ese sentido, soy como el Gobierno.
Carla me mira con cara de asco.
—Tenés un olor espantoso. Me parece que te aplicaron la ley antilavado.
—¡Ese es un buen tema para mi columna política en PERFIL!
—¿El olor que tienen tus medias? –pregunta Carla.
—No, la ley antilavado. Porque pensá: cuando gobernaba, el kirchnerismo lanzó una y el PRO le dijo de todo, porque estaba a favor del lavado de dinero. Y ahora que gobierna el PRO, impulsa su propia ley, y el kirchnerismo le dice de todo porque impulsa una ley que está a favor del lavado.
—¿O sea que el lavado sólo sería malo cuando estás en la oposición?
—Sí, pero hay algo más profundo que eso…
—¿Qué?
—¡La grieta!
—¿Qué grieta?
—La grieta entre Suiza y Panamá.
—¡Ma qué grieta ni grieta! –se queja Matías, que está revisando sus mensajes de WhatsApp en su teléfono–. Acá la única grieta es la que se va a abrir en el piso si no te das una ducha y lavás esas medias.
—Tiene razón Mati. Mirá que por mucho menos a algunos países los acusaron de tener armas químicas y los invadieron.
—O lo que es peor, vas a tener que pedir disculpas públicas.
—¿Como Prat-Gay? –pregunto.
—¿Qué dijo el bombonazo de mi ministro favorito? –pregunta Matías.
—Le pidió disculpas a España –responde Carla.
—Che, pero no era para tanto –dice Matías–. Pensemos que Cornelio Saavedra era un hombre serio, que Mariano Moreno era un patriota y que Juan José Paso… en fin, se la bancaba. Creo. Además, el virrey Cisneros era un corrupto. Tampoco da para pedir disculpas.
—No, no le pidió disculpas por haber desalojado al virrey. Fue algo mucho más reciente.
—Ah, entiendo: pero bueno, a Maxi López lo compró el Barcelona, no es que nosotros los obligamos. No hay por qué pedir disculpas por eso. Además, después se fue a Italia, jugó poco tiempo en España y…
—¡Tampoco pidió disculpas por Maxi López!
—¿La Mosca? ¿King Africa? ¿Daniel Osvaldo?
—¡No! –grito, algo cansado–. Prat-Gay pidió disculpas en España porque les sacamos Repsol.
—¿Y los españoles qué hicieron? –pregunta Matías.
—Contraatacaron, obvio.
—¿Cómo?
—Con Ismael Serrano.
—¿Nos mandaron a Ismael Serrano para que cante? ¡Eso es muy cruel!
—No, algo peor: mandaron a Ismael Serrano a tuitear –responde Carla.
—¡Qué horror! –se queja Matías–. ¿Y no se puede hacer nada? No sé, denunciarlos en la Corte Internacional de La Haya, mandar Cascos Azules, a Martino de vuelta a dirigir al Barcelona, algo...
—Me parece que no –respondo, sin saber demasiado.
—¡Esto no puede ser! –se queja Carla–. Nosotros ponemos la otra mejilla del perdón y ellos responden con la violencia tuitera de Ismael Serrano. ¡Deberíamos declararles la guerra!
—Sí, pero ¿cómo?
—Muy sencillo: así como Estados Unidos dijo que en Afganistán estaban las cuevas de los talibanes, nosotros podemos hacer correr la bola de que en España están las cuevas de Uber. Y ahí seguro que vamos a tener al Ejército Revolucionario de Liberación Taximetrista invadiendo la Madre Patria.
—¿Y eso de qué serviría?
—Digamos que vendría muy bien para disimular un par de detalles menores, pero que podrían ser un problema para el
Gobierno, como los aumentos de las tarifas, la desocupación y el crecimiento de la pobreza.
—¿Y si la invasión de taxistas a España no funciona? –pregunto.
—¿Por qué no habría de funcionar? –pregunta Matías–. Es un plan perfecto.
—Bueno, pero ponele que por algún motivo extraño no funciona –insisto.
—Claro, y hasta tal vez sea mejor que no funcione, así no se enoja el bombonazo de Alf.
—¿Quién?
—Alf. Alfonso. ¡Prat-Gay!
—Si la invasión de taxistas a España no funciona, siempre nos quedará Lázaro Báez –responde Carla–. En lugar de ir a buscar las cuevas de Uber, seguiremos buscando las cuevas de Lázaro en Santa Cruz.
—Todo eso mientras esperamos el segundo semestre, ¿no? –pregunto–. Porque está claro que en el segundo semestre se va a arreglar todo, ¿no?
—Mmm… me parece que no –dice Carla.
—¿Cómo que no? –pregunto, desconsolado–. ¿Vos decís que en el segundo semestre no se va a arreglar todo?
—Algo peor que eso.
—¿Peor? ¿Qué puede ser peor?
Carla hace un largo silencio, mira hacia arriba como buscando una explicación, finalmente clava su mirada en mis ojos, me toma las manos y dice:
—El segundo semestre no existe: son los padres.

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