COLUMNISTAS
Cristina, Francisco y Macri

El tercer siglo

Bergoglio, Cristina y Macri son los principales significantes de la pugna ideológica entre dos modelos.

Los presidentes y el Papa, principales actores.
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Bergoglio se siente tan incomprendido en su país como Messi. La cancelación de su visita en 2017, adelantada por PERFIL el domingo pasado, y el mensaje conciliador que le envió a Macri en el reportaje de Joaquín Morales Solá en La Nación ese mismo día, fueron interpretados en el Gobierno como un replegarse de Francisco al constatar que su propia tierra es el único lugar donde lo que dice el Papa genera conflictos políticos.

Es lógico, Bergoglio, Cristina y Macri son los principales significantes de la pugna ideológica entre dos modelos: uno supuestamente anticuado y otro supuestamente moderno, con el que comienza este tercer siglo de vida del país al celebrarse ayer en Tucumán el Bicentenario del 9 de Julio de 1816.

Lo de Macri no es nuevo, el conflicto siempre fue entre modernización y tradicionalismo

Las causas del afecto que Francisco le dispensó a Cristina y la frialdad con que trató a Macri, en contraste con el maltrato que recibió del kirchnerismo siendo cardenal en Argentina, son una buena síntesis de las contradicciones entre esos dos modelos en pugna, que se recrearon con distintos nombres este segundo siglo de nuestra patria que dejamos atrás pero que en el fondo fueron siempre los mismos.

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La teoría general de la acción, del sociólogo Talcott Parsons, explica que los valores compartidos modelan la conducta individual y motivan la acción social. Hubo en nuestro último siglo como país dos pares dicotómicos que orientaron el sentido de la acción: el polo de lo racional-impersonal-universal (el liberalismo, el socialismo, la mayor parte del radicalismo y ahora el PRO) por un lado, y el el polo afectivo-personalista-particularista (el peronismo) por el otro. El conflicto siempre ha sido entre la modernización y la tradición.

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Violencia epistemológica. La mirada anticapitalista cree que este sistema produce “especialistas sin espíritu” y “vividores sin corazón”; los primeros saben todo de su pequeño mundo sin querer saber cómo afecta a los demás; y el segundo, empobrecido sentimental y emocionalmente, sólo busca placeres momentáneos e inmediatos. Y que como “los ricos no sólo quieren ser felices, sino que quieren tener el derecho a ser ricos y felices”, para legitimar sus privilegios convierten a la economía en algo sagrado para justificar sus privilegios como algo  funcional al bien común. Usando la ciencia y la palabra del especialista para producir una violencia epistemológica que enmascara las relaciones de poder que permiten la reproducción de ese statu quo.

Para hacer ingresar a la Iglesia Católica en esta tensión de valores vale introducir el pensamiento de Max Weber y su célebre La ética protestante y el espíritu del capitalismo, el mayor tratado sobre la relación del desarrollo económico con la religión, donde se plantea al catolicismo como un entorno menos favorable al capitalismo. Y también el libro Max Weber en Iberoamérica aún no editado en Argentina pero sí en México por Fondo de Cultura Económica, donde se profundiza en el papel de la Iglesia Católica y la cultura hispánica en la evolución económica de Latinoamérica.

El conflicto de fondo entre Bergoglio y Macri (o lo que Macri representa más allá de su propia conciencia) reside en la característica “a-ética” del capitalismo al que Max Weber llamaba esclavitud sin amo: “Toda relación personal entre individuos, incluso la más completa esclavitud, puede ser éticamente reglamentada”, mientras que el carácter racional de las relaciones puramente de negocios dentro del cosmos capitalista crea dependencias impersonales. Hay afinidad negativa porque la ética católica –donde la piedad, la solidaridad  y especialmente la fraternidad (que sólo puede darse entre quienes comparten vínculos) ocupan un lugar central– se desestructura en las relaciones impersonales que se contraen en la economía capitalista, arrancándole a la Iglesia su posibilidad de influencia en la relación entre personas. Esa es la causa originaria de su aversión y su antipatía cultural. La Teología de la Liberación latinoamericana sublima ese rechazo al capitalismo de la Iglesia Católica que en su conjunto no pretende abolir el capitalismo pero sí corregir sus aspectos más negativos. El peronismo tampoco aspira eliminar el capitalismo, pero sí a reformarlo.

El conflicto con la tecnocracia macrista no es por ateísmo o la existencia de Dios, sino por la eventual adoración de falsos dioses expresada en la idolatría del mercado o de la ciencia. Un combate entre el verdadero dios de la vida y el dios del dinero. En esa lucha de dioses la economía pasa a ser una teología del mercado y el capitalismo, una especie de falsa religión.

El peronismo también es una “religión”. Que las sociedades se hayan secularizado durante el último siglo no quiere decir que el pensamiento religioso se haya reducido en esa proporción, sino que desplazó las emociones religiosas a la política y en especial al sistema de liderazgo carismático populista, donde se apela más recurrentemente a los sentimientos.

El líder carismático pareciera tener capacidades sobrenaturales que permitirán la redención del pueblo bajo la guía de un salvador. El propio mesianismo marca el carácter religioso de este tipo de liderazgos que no precisa de la mediación de las instituciones para llegar al pueblo, generando una democracia inorgánica y movimientista.

Los líderes carismáticos no son vistos como políticos normales sometidos a las reglas del sistema y limitados por un período determinado, sino que son portadores de una misión mítica. El peronismo fue la forma que tomó en la Argentina, pero en toda Latinoamérica se dieron fenómenos comparables durante el último siglo. Tampoco es una cualidad única del peronismo la maleabilidad doctrinal que le permitió hacer populismo de “derecha” y de “izquierda” mientras articuló demandas dispersas. Hubo un populismo clásico hace más de medio siglo con Perón, Velazco Ibarra en Ecuador, Gaitán en Colombia y Getulio Vargas en Brasil. Un neopopulismo neoliberal con Menem y Fujimori en Perú. Y un populismo radical con Chávez, Morales, Correa y Kirchner recientemente. El Papa no sólo mostró consideración por Cristina, sino también por Maduro, Dilma, Morales y Correa, y cuando visitó México puso énfasis en visitar la rebelde Chiapas.

Lo que tienen en común los populismos es su antiinstitucionalismo, son ajenos a rendir cuentas y a los tribunales porque sus conductores no se ven a sí mismos como el político tradicional que estará un tiempo limitado en el poder, todo conflicto es dramatizado como una lucha moral y no creen en los derechos de las minorías. Perón dijo: “El pueblo nos ha elegido, por tanto se hace lo que decimos”. Y Cristina provocaba a sus críticos llamándolos a hacer un partido político y ganar las elecciones o mantenerse callados. En su reportaje el domingo pasado en C5N dijo que no se puede liderar aquello que el pueblo no quiere, explicando por qué no volvió a la conducción.

Para el populismo, el pueblo, debido precisamente a sus privaciones, es el depositario de la virtud, de lo auténtico y de lo moral. Que se enfrenta a la oligarquía, que también debido a su riqueza, es lo injusto y lo malo (en ocasiones asimilado también a lo extranjero de países ricos). Otro punto de contacto con Francisco, quien pone especial foco en la Iglesia de los pobres siguiendo la tradición de esperar más virtud en la pobreza y viceversa en la riqueza.

El populismo asume la política como un sacerdocio, un darse a los otros, y no pocas veces el líder pareciera consumir literalmente su vida atribuyendo la causa de enfermedades a ese suplicio, como fue en los casos del cáncer de Evita y Chávez o el infarto de Néstor Kirchner: alguien que muere para que otros renazcan. Chávez, el año antes de su muerte, dijo por cadena nacional: “Dame tu corona, Cristo, dámela, que yo sangro. Dame tu cruz. Cien cruces, que yo las llevo”.

El discurso político es distinto al discurso de la técnica porque las argumentaciones son menos útiles a la hora de impulsar la acción que las apelaciones emotivas. Pero si el líder populista no les aporta bienestar a sus seguidores, más tarde o más temprano su autoridad se disipará. Por eso el populismo surge en los momentos en que la economía permite mejorar contundentemente la calidad de vida de las personas y se agota al acabarse esas condiciones.

La singularidad del peronismo entre todos los populismos latinoamericanos está en su durabilidad fundada en la organización sindical que creó. Pero los cambios en la forma de producir de este próximo siglo, sumado a que la mayoría de los líderes sindicales emotivamente peronistas conforman una gerontocracia que la sola biología superará, ponen en duda la perdurabilidad de ese sistema en el futuro.

El populismo se asume como portador de una ética caritativa, por tanto la distribución de la renta es más importante que la creación de valor. Y su conflicto con la economía se hace inevitable en la medida en que se acaban los recursos.

Manejar los fondos públicas para mantener la lealtad de sus seguidores le impone no tener en cuenta la racionalidad económica cuando escasean los recursos y lo obliga a instrumentar medidas cada vez más cortoplacistas e inviables a largo plazo.

Pero religiosidad no quiere decir irracionalidad, y éste es el punto donde el pensamiento carismático y mítico en la política se separa netamente de la Iglesia. Max Weber no representó a la ética religiosa como irracional en contraposición con el racionalismo económico del capitalismo, sino que distinguió dos tipos diferentes de racionalidad: una formal y otra material, lo que décadas después la escuela de Frankfurt llamó “sustancial” e “instrumental”. Este puede ser el punto de encuentro de la tecnocracia que representa Macri con el Papa, siendo el PRO instrumento de lo material al servicio de lo sustancial y formal, dejando espacio para alguna forma de metafísica que vaya surgiendo de un nuevo relato nacional que le quite la levedad que hoy tiene el macrismo. Y viceversa, la Doctrina Social de la Iglesia podrá ir mutando con las décadas, adecuándose a las problemáticas de la economía de cada época, pero manteniendo inalterable el fin de promover la fraternidad de los que tienen con los que no tienen.

Macri dijo que si terminara su mandato sin haber reducido la pobreza se consideraría fracasado. A la Iglesia le preocupan aquellos que estén en el decil más bajo de la pirámide, no importa cuánto haya progresado el promedio de todos los deciles.

El populismo carece de la previsibilidad y la calculabilidad que el capitalismo precisa para desarrollarse.

El patrimonialismo. Para Max Weber había tres formas legítimas de dominación social: la tradicional, la carismática y la legal-burocrática. Estos tres tipos ideales se podrían resumir en dos: el patrimonial y el legal-burocrático. Simplificadamente, distintas formas del tipo patrimonialista se dan en los países en vías de desarrollo, mientras que los países desarrollados lo son, en gran medida, porque alcanzaron el tipo legal-burocrático.

En el patrimonialismo hay una expectativa de cierta reciprocidad en el vínculo, mientras que el legal-burocrático es impersonal. El capitalismo requiere la calculabilidad de las reglas y la previsibilidad que no son capaces de sostener los sistemas basados en una resolución de conflictos no mediados por instituciones. La democracia sería esa competencia civilizada entre intereses.

Una de las características de la dominación carismática (populismo) es la poca profesionalización de su burocracia, donde no existen criterios de carrera, jurisdicción, competencias o reglamentos, lo que hace menos efectiva la administración de sus gobiernos. Cuando Macri coloca tanto énfasis en “el equipo”, el “mejor” equipo, y hace gala de su propia falta de carisma, contrapone el carácter efímero y extraordinario del líder irremplazable frente a la estabilidad de lo rutinario y de la continuidad en una especialización del experto. Un sistema patrimonialista es preburocrático porque no obedece a reglas abstractas puestas al servicio de una finalidad objetiva e impersonal sino que se entrega a la arbitrariedad del momento. Imperfecciones que, entonces, sólo pueden terminar siendo resueltas por un líder paternalista. Si no se puede delegar, el poder se centraliza.

El patrimonialismo se apoya en un ejercicio del poder propio del clientelismo, donde se producen relaciones verticales y asimétricas. Ese sistema de intercambio de favores difusos e informales incluye también al Estado con los más poderosos produciendo ineficiencia ante la falta de competencia por calidad/precio y hasta la más temida corrupción estructural.

Lo que hoy vemos en  Argentina más que nunca y que se promete cambiar.