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COLUMNISTAS / Opinión
sábado 8 septiembre, 2018

Entre fantasmas

Fui parte de esa crítica de cine cuyo epicentro fue El Amante, y mis posiciones políticas difieren radicalmente de las de Tabarovsky.

por Quintín

default Foto: CEDOC

Leía El fantasma de la vanguardia, el ensayo en el que Damián Tabarovsky retoma la línea de pensamiento iniciada en Literatura de izquierda, cuando me encontré con este pasaje: “¿Por qué se habla (o se habló) de nuevo cine argentino y no de nueva edición argentina? Quizá porque a la nueva edición le faltó su crítica, su campo de reflexión intelectual para pensar –e instalar– ese concepto, como sí lo tuvo el cine”. Y a continuación, de pronto, sin aviso, con esta frase entre paréntesis: “Curioso: buena parte de los críticos de cine que en los 90 siguieron de cerca ese devenir renovador, hoy se han convertido básicamente en reaccionarios políticos”. Desde luego que me sentí aludido, ya que el sayo me cabe como un guante: fui parte de esa crítica de cine cuyo epicentro fue la revista El Amante y mis posiciones políticas difieren radicalmente de las de Tabarovsky, que en su columna anterior habló aquí de: “Esta guerra civil solapada y mediática en la cual no hay buenos, pero hay un bando que es mucho peor.” Hace mucho que pertenezco al bando que él llama peor: el que cree en el sistema democrático y desconfía de las soluciones populistas y revolucionarias como cura para sus dificultades, ya que la historia no conoce excepciones al común destino de terror, corrupción y tiranía en el que derivan esas soluciones.

Pero no quería continuar aquí una discusión política con mi compañero de página sino pensar a partir de lo que él llama una curiosidad (curioso: no hay otras curiosidades en un libro donde nada escapa a una ilación sin digresiones). Siempre me pregunté por qué pudimos hacer en El Amante una crítica que se las arregló para dar cuenta de lo que pasaba en el cine argentino de esos años mientras que no hubo fenómenos equivalentes en la literatura ni en la edición, para seguir el razonamiento de Tabarovsky. Una de las causas que encuentro, probablemente la principal, fue que éramos libres de la presión del ambiente: no nos sentíamos herederos (ni siquiera enemigos) de otra generación de críticos, ni tampoco discípulos de las teorías académicas en boga. Escribíamos en una época en la que, además del populismo de taquilla del que renegábamos, había muy poco: la semiología aplicada al cine se había demostrado como una broma y el marxismo no era capaz de explicar un plano. Dicho de otro modo, había que remar, construir un pensamiento a partir de las películas y de nuestros modestos recursos intelectuales. En ese camino ripioso pero despejado, entendimos la crítica como la transcripción de un diálogo imaginario con los autores y pudimos estar atentos a lo que ocurría en una cinematografía que no tenía siquiera un canon.

Y ahora devuelvo la pregunta: ¿no será que una postura estética pero también política como la de Tabarovsky, una postura que parte de anhelar la vanguardia como sinónimo de revolución, aunque sea como fantasma del futuro, inhibe el pensamiento crítico porque no puede abandonar la tutela de los maestros ni el prestigio de la teoría ni la hospitalidad de un medio que piensa parecido? Tabarovsky reclama una literatura “menor, polémica, programática y excéntrica”. Lo demás, insiste, no le interesa. Hay algo que tanta exigencia a priori impide definitivamente y es leer en libertad. Pero la libertad es un fantasma aun más inquietante.


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