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COLUMNISTAS / Opinión
jueves 7 diciembre, 2017

¿Es o se hace? Esa es la impresión

Por lo general, al enunciarse en voz alta, la pregunta no se completa con el adjetivo que daría forma al interrogante. La atribución en cuestión es tan evidente, resaltada, que ni hace falta mencionarla.

por Mariano Marquevich

Foto: AFP.

Hay una pregunta que circunda a la mayoría de personajes que atraen la opinión pública. ¿Es o se hace?

El “es” en cuestión está dirigido a indagar sobre una presunción de carácter: idiota, tonto, distraído, forro, ignorante, mentiroso, convencido.

Por lo general, al enunciarse en voz alta, la pregunta no se completa con el adjetivo que daría forma al interrogante.

Se dice ¿Es o se hace...? pero no se aclara qué cosa.

Esto sucede porque la atribución en cuestión es tan evidente, resaltada, que ni hace falta mencionarla.

El extrañado Ricky Fort... el Padre Acuña... Vicky Xipolitaquis... (la lista es interminable) casi todo mediático y muchos referentes de distintos sectores, mas allá de la disciplina que practiquen, suelen ser objeto de ese interrogante que causa un principio de hipnosis, un germen de fascinación que mantiene hacia ellos la atención.

Me animo a pensar que es justamente esa cualidad indefinida la mayor responsable de ubicarlos en ese lugar de atractivo. Que a los que comúnmente se les dice que “atraviesan la pantalla” en realidad les sucede lo contrario. Hacen de pantalla. No es posible “atravesarlos” con facilidad. Sólo podemos arriesgar lo que hay detrás.

Tuve oportunidad de conocer personalmente y en otros ámbitos a distintas personalidades que son víctimas constantes de esta pregunta. Lo que a mi experiencia surgió, fue que (aunque a veces exageren): son... no se hacen. Lo que no resulta tan sencillo dilucidar es si siempre fueron o se hicieron de tanto hacerse.

No debemos olvidar que, sumado a una multiplicidad de variables (psicopatològicas, comerciales, culturales) existen ciertas sustancias que “endurecen” esos rasgos y, al propiciar una deformidad exacerbada, resultan morbosamente atractivos al espectador promedio.

Entonces, inseguridad, baja autoestima, a veces consumo de drogas, trastornos mentales, anhelo por sumar más seguidores, fama, contratos, rating, inestabilidad laboral... van reactivando el fenómeno de presunto éxito en perjuicio del performer. Creando una amalgama entre el personaje y la persona. Dificultando a largo plazo la flexibilidad que requieren, para mejor ventura, los distintos escenarios y actos de la vida. (Escribí ventura con minúscula).

Hace no mucho tiempo los circos tenían su celebrada sección de monstruosidades en donde orgullosamente mostraban personas con defectos de nacimiento y extrañísimas enfermedades. Hoy nos hemos vuelto un poco más sofisticados. Sería utópico, y también algo hipócrita, pretender un espectador promedio absolutamente desinteresado en atractivos vanales y monstruosos. La pregunta es cuánto. ¿Somos o nos hacemos?




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